Una línea que cede texto de Marco López Valenzuela
En el trabajo de Pablo Querea, hay múltiples intereses que se entrecruzan. Está, por ejemplo, la incansable persecución de la perfección técnica. Líneas y más líneas que se sobreponen hasta formar rostros, figuras humanas que, aunque no siempre están por completo definidas, siempre son identificables.
En este sentido, Pablo camina siempre al filo de la abstracción. Aunque en algunas de las piezas que conforman la instalación los rostros son identificables con claridad, en lagunas otras son sólo un par de líneas las que dibujan un ojo, un diente, una nariz. En este sentido, observarlo todo como un conjunto se vuelve interesante, pues pone de manifiesto la naturaleza intangible del dibujo como práctica. Es decir, que no importa si se trata de retratos perfectos, o aproximaciones libres a lo que un retrato constituye, pues a nivel macro, lo micro pierde importancia.
Pero esa constante búsqueda y exploración técnica no es ni de cerca lo más interesante de su trabajo. Aunado a la abrumadora naturaleza de las piezas de Querea, es la profundidad conceptual de la serie la que la convierte en algo relevante. Porque cuando el espectador tiene que enfrentarse ante esos cientos de dibujos que se despliegan frente a él, se vuelve imposible concentrarse en una sola imagen. Una extensión de rostros y fragmentos de caras que no hacen más que reflejar el dolor, la miseria de quienes viven y mueren sin nombre, los cientos y cientos de seres humanos que son víctimas de la violencia, de las enfermedades, el despojo de la sociedad. Que reflejan la dimensión del dolor que caracteriza a la vida humana.
Porque esto es lo que le interesa a Querea, convertir sus trazos en expresión total del dolor, de la violencia a la que el capitalismo salvaje nos ha arrojado. No obstante, no es sangre lo que las heridas en la página escupen, sino tinta. De esta manera, cada uno de los dibujos se convierte en un trozo de carne, e igual que el el tejido humano, se conectan unos con otros para formar algo más grande, más profundo, una experiencia sensorial total.
Para abordar esta transformación del dibujo en una experiencia sensorial, Pablo se vale de una práctica que tiene años desarrollando: la del dibujo como ensayo, pero no entendido como acción repetida con la finalidad de desarrollar una destreza u habilidad, sino del dibujo como herramienta para comprender el mundo. Así como los escritores ensayan el mundo que habitan para dejar constancia del mismo, Querea ensaya el mundo a través de sus dibujos.
En este sentido, la práctica dibujística se ha convertido en él en una metodología de trabajo, más que en un resultado final. Por eso, poco importa si el medio que utiliza para explorar la línea es el grafito, la tinta china o la aguja de tatuar: importa más mostrar el procesos mediante el cuál trabaja, capas y capas de líneas que se expanden y escapan de la hoja, de la placa de metal o de la piel misma.
Además, en el trabajo de Pablo hay siempre una exploración introspectiva. Se trata de hablar del mundo, sí, pero para hacerlo, primero hay que comprenderlo. Y para comprender el mundo, primero hay que comprenderse a sí mismo, y Querea lo tiene claro. Por eso, en la construcción de sus imágenes hay siempre autoreferencias; a viejos dibujos, viejos temas, el mismo rostro, repetido una y otra vez hasta que pierde sentido.
Y de esta manera, Querea logra hablar de la universalidad de la experiencia de ser humano desde su visión personal. En sus piezas, cada rostro descarnado es el suyo, cada víctima de la violencia es él mismo, cada muerto, cada desaparecido. Es decir, que al estar en cada imagen, él se convierte en una gran ausencia de; no importa lo que vemos, sino lo que no vemos; lo que subyace, en este caso, es la sensación agobiante de que hay algo que está mal, sin que bien a bien sepamos a dónde voltear a buscarlo.

















