Los escenarios de mi vida en más de 7 décadas de utopías....
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AMADER y PABLO EL ENTERRADOR
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INTRODUCCION
Año de especiales celebraciones este, en el que cumplen el medio siglo un par de gestas icónicas: ‘AMAdeR’ y ‘Pablo El Enterrador’, estrechamente ligadas ambas a una azarosa (y un tanto extensa ya) historia personal. Obviamente, ello moviliza (es inevitable) innúmeras cuestiones en mi fuero más íntimo, vulnerable por defecto a impactos emotivos de semejante naturaleza.
Del mismo modo en que una cosa suele llevar a otra y ésta a otra más, un cúmulo de imágenes y sonidos y pensamientos puede también derivar en algo inusitado (a veces, hasta sorprendente). Así es que, casi sin proponérmelo declaradamente, pasé a encontrarme de pronto inclinado sobre el papel (es un decir…) garabateando retazos de memorias de aquel grato antaño, sumido en lucubraciones de lo más dispersas y de lo más preciadas.
Y el conjunto de palabras (en principio sueltas, casi reducidas a lo onomatopéyico), sumadas a las fotos (afanosamente buscadas en olvidados arcones) y grabaciones (tan valiosas, a pesar de su escasa calidad), fue adquiriendo cuerpo de un modo natural, hasta concluir en este impulso y esta impertinencia: la de elaborar una suerte de reseña ―enteramente subjetiva, por cierto― que tentaré desgranar acá a título de modesto homenaje.
Entiendo que medio y coyuntura presuponen alguna brevedad en el tratamiento del tema, desafío más bien difícil para quien (como yo) nunca se caracterizó por la capacidad de síntesis. Eventos como los referidos adquieren en mí una especial relevancia y deberé a mi condición de hijo único esa recurrente avidez por los testimonios de vida, los mojones, los anclajes y cosas por el estilo. Con seguridad, eso mismo explicará lo que me ocurre ahora con estos… ‘Aniversarios de Oro’.
Ambos se cumplen prácticamente en sintonía ya que remiten a un nacimiento casi común, si bien uno de ellos ―el fenómeno AMAdeR (Ateneo de Músicos y Amigos de Rosario)― quedó circunscripto al segundo cuarto de los ‘70s en tanto que el otro, aún con variantes, se fue extendiendo en el tiempo hasta nuestros días. No obstante, estos ociosos devaneos míos estarán enfocados en la década de los ‘70s en exclusividad, período del que percibo menor existencia de datos y por ende en el que (acaso) más significativo podría resultar mi aporte.
En cuanto a Pablo El Enterrador, importa aclarar que estas palabras para nada se pretenden precisas acerca de muchas de las vicisitudes experimentadas durante aquel tiempo iniciático en que éste era una suerte de magma en constante transformación. Lo mío es apenas un conjunto de impresiones afectuosas, de recuerdos difusos, seguramente romantizados, atravesados por un devenir personal también en ebullición por aquellos jóvenes años.
Siempre me interpelaron ciertas zonas enigmáticas que supieron merodear nuestros '70s, a veces existencialistas, experimentando búsquedas interiores, a veces oscuras, coqueteando hasta con la autodestrucción. Cosas como esas son las que me hacen vernos hoy como sobrevivientes. Por eso, a nada demasiado tangible apunto con estas reflexiones, no más (si cabe) a ensayar otro posible abordaje en esa procura por entender un poco más ‘de qué va esto de la existencia nuestra’ (no es poco…). Por eso, aún sin expectativas superiores, no podía permanecer ausente de instancias como ésta.
LOS INICIOS
Los tempranos ‘70s fueron años atravesados por los ecos y reverberaciones de eventos singulares heredados de la década anterior, así como otros nuevos, en pleno surgimiento; todos, si bien de dispar magnitud, de impacto indudable. Eventos que promovieron cambios trascendentes en variopintos aspectos. Desde las revueltas del mayo francés a la llegada del hombre a la Luna, desde la épica del Che al fin de Vietnam, desde la beatlemanía, Woodstock, su psicodelia y su amor libre, al rock sinfónico, la música progresiva, contemporánea. Todo conducía a vislumbrar una nueva realidad global en gestación. Desde ya, todo lo que en ese convulsionado mundo acontecía tendría su correlato a nivel nacional… y también local. Así las sucesivas dictaduras vernáculas, así el Cordobazo y el Rosariazo, así los movimientos revolucionarios, el Di Tella, la primavera camporista, Perón y Allende. Y los primeros atisbos aquí de una cultura de la resistencia, de una ‘contracultura’, subterránea, manifestándose, eclosionando…
Paradigmas sólidos de la época devinieron revisables. El sentido común, la moda, el arte en general encararon su proceso de resignificación. Y es en este contexto que una generación ―desde los márgenes mismos, en una Rosario portuaria, proletaria y difusa― buscó proyectar en hechos su necesidad de expresión… y su fantasía de ser músicos. Surgieron así, como hongos, muchas bandas, muy chicas, de barrio, sin comunicación entre sí; aportante cada una de ideas nuevas, esas que acariciaba y podía, con más ganas que medios, supliendo carencias con creatividad. Entonces, fue el turno de la aventura…
AMADER
Un primario intento de nuclear tanta energía dispersa, de aglutinar tanto esfuerzo individual, tuvo su canalización y un gestor: Ricardo ‘Richard’ Grassi, un joven diligente (22 años en los tempranos ‘70s) que procuró replicar localmente la experiencia de un reciente B. A. Rock II. Con aquella imagen en mente, propuso a un grupo de adherentes ―que tuve la suerte de integrar― fundar una especie de cofradía de músicos ‘under’ en Rosario. A plena intuición (y pulmón), entre todos acometimos un virtual rastrillaje por barrios de la ciudad en procura de propuestas musicales en similar sintonía (menuda empresa considerando la amplitud del campo en estudio). Repartidas las zonas, la búsqueda de especímenes de pelo largo, de ‘ruidos de batería a la hora de la siesta’, de bandas de rock casi cuadra por cuadra arrojó sus frutos. De boca en boca una bola fue corriendo: la de conformar entre todos un movimiento nuevo, independiente, una suerte de cooperativa de músicos.
La primera cita fue un sábado de mayo de 1973, en el aula magna del colegio María Auxiliadora. Cada grupo enviaría un representante y allí se encontrarían todos, dando inicio formal a un colectivo rosarino de música joven. Nos sumaríamos personas que, aun no siendo músicas ―tal mi caso―, deveníamos entusiastas con un proyecto en el que asumiríamos responsabilidades anexas: difusión, asistencia técnica (iluminación, ‘plomos’), etc. Al diseño del ‘Conejo’ González Rubio se debe el logo que pasó a identificar a aquel nucleamiento emergente, autodenominado AMAdeR (Ateneo de Músicos y Amigos de Rosario), que funcionaría como centro de gravedad que atraería y conectaría al resto de esa fauna rara vinculada a la música ‘under’. Cobraron allí visibilidad personajes legendarios de la ciudad, como Adolfo ‘Koky Antón’ Brandolini, uno de los míticos fundadores de ‘Pablo El Enterrador’, y todo un semillero de nombres, muchos de los cuales años después fulgurarían en distintos escenarios, del país y más allá.
Así, el recital inaugural del flamante AMAdeR, que tuvo lugar en el colegio Santa Unión (de Salta y Callao) el 20 de julio de 1973, contó con la presentación estelar de aquellos primigenios ‘Pablos’, en un recital convocante que sumó mucho público. Esa misma noche tocaba Vox Dei en el ex Teatro Real (de Salta y Bvd. Oroño) y, concluido el mismo, toda la gente que se había dado cita allí se aproximó hasta el cercano colegio donde AMAdeR desarrollaba su evento.
Así, AMAdeR se constituyó en marca registrada de un sueño juvenil de vocación artística, en materialización de una aspiración colectiva. Tuvo la virtud de unir a artistas y grupos (no sólo músicos, también hubo lugar para muestras de plástica en la antesala de los recitales). Como experiencia, si bien breve, señaló un hito en la construcción colectiva y colaborativa, en la canalización de propuestas que no cuadraban con los estándares comerciales vigentes por aquellos años. Permitió foguearse en relaciones humanas entre pares, organización de recitales y demás menesteres para un ingreso exitoso al mundo adulto. Finalmente, contribuyó también a la visibilización de la obra de artistas mujeres.
Exhibió ejemplaridad en la organización a pulmón (procura de salas, sonido, iluminación, prensa, difusión…) de cinco recitales durante 1973 con éxito de convocatoria. Hasta que el último debió suspenderse ante un reclamo legal del Sindicato de Músicos, que veía peligrar su primacía. Poco después, si bien bajo el sello Grassi Producciones, se llevó a cabo un último encuentro ese mismo año (cuyo registro de audio, precario, conservo) con los Pablos en el Auditorio San Martín.















