Palabras...
¿Y tú… cuántas veces has cometido un homicidio?
No con sangre en las manos, sino con palabras.
¿Cuántas veces empuñaste una daga invisible y la clavaste con precisión?
¿Cuántas veces sonreíste mientras amenazabas, mientras herías, mientras decías “tengo la razón”?
¿Cuántas veces alegaste inocencia siendo culpable,
refugiándote en la excusa de que sabías más,
de que lo hacías mejor,
o de que también te dolía?
Porque existe un arma más peligrosa que cualquier cuchillo:
las palabras.
Con ellas juzgamos, criticamos, condenamos.
Con ellas desgarramos a personas que no estaban listas para sangrar.
Las palabras no dejan marcas visibles,
pero carcomen, destruyen, matan lentamente.
Y el castigo para quienes hemos usado esa daga
no llega en forma de cárcel,
llega en forma de dolor.
Un dolor que se queda, que vuelve, que pesa.
Entonces vuelvo a preguntarme:
¿cuántas veces he cometido ese homicidio?
¿Y si no fue a otros a quienes apuñalé…
sino a mí misma,
una y otra vez,
clavándome el puñal desde adentro?














