Vincent apaga el estéreo para poder concentrarse mejor en la autopista. Luna, abotonándose el último botón del cardigán verde, dice ‘¿por qué lo sacaste? Amo esa canción.’ —No sabía que te gustaba Kylie Minogue. —Contesta, sin mirarla. Con precaución, se desvía a la derecha para salir de la carretera en lo que ella, luego de mirarse la uña que se le rompió hace rato, cuando bajaron del auto para ir al baño y tomar un café., abre la guantera del auto y saca los cigarrillos. Los prende con el encendedor de auto y, antes de poder bajar la ventanilla, ve a su marido ahuyentar el humo con la mano derecha. Alzando una ceja, frunce los labios, pero no dice nada. —Estoy dejando de fumar y no me ayudas en nada, Luna. — ‘Vaya, no estabas con este malhumor cuando entramos a Oregon, ¿sabes?’ Contesta, más está demasiado divertida con la teatralidad de De Medeiros como para enojarse en serio. — Ah, sí, bueno, y yo a ti no te notaba tan simpática hace años. — ‘Oh, no me quieras meter en tu vibra de mierda’. —Entonces no te hagas la graciosa. — ‘¿Perdón?’ Pregunta, mirándolo. Él ladea el rostro para devolverle la mirada y se la sostienen un rato, como si fuera un concurso y el premio un millón de dólares. Es Luna quien no se la aguanta más y pasa a mirar al frente, gritando ‘¡cuidado!’ al instante. Ante eso Vincent frena el auto en seco, ocasionando un ruido insoportable en los neumáticos del Ford. ‘El semáforo se puso en rojo, Vincent, casi te lo pasas’. —Lo siento— ‘Me asusté , mierda’. —, lo siento, lo siento.
Cuando se aproximan al vecindario de Lachance y Hann, el malhumor de Vincent se ha disipado del todo. El papel protagónico de tal ocurrencia se debe, por supuesto, a la casi casi experiencia cercana a la muerte. Esa es la clase de eventos que a uno lo hacen poner las cosas en perspectivas. Aparte, el modus operandi de Luna posiblemente no sea el más saludable del mundo pero luego de la ira inicial lo hace darse cuenta de la forma en la que se está comportando. Mierda, sí que se molesta por estupideces. ¡Es que odia manejar tanto! No sólo se le contractura todo el tiempo sino que, a diferencia de la mayoría de la gente, se le dificulta poder mantener una conversación cuando maneja. Si se permite divagar termina virando en cualquier lado, y ahí a ver quién te salva. Ya está, sin embargo, da igual. Que ella lo tome del pelo y que él se la aguante porque después de todo no es que se equivoque. Sí estás portándote como un idiota, hombre, qué te puedo decir, hasta tú terminas dándote cuenta de ello. Pero ah, cómo le gustaría que por una vez le dijera ‘yo manejo, mi amor’. Luego de cinco años, ¿hay margen para que cambie la dinámica?
Se mira el anillo dorado en la mano izquierda, que sostiene el volante con convicción. No suele quitárselo, pero cuando lo hace siente que la mano está vergonzosamente desnuda. Es raro. A los dieciocho no se le hubiera ocurrido ni de casualidad llevar uno alguna vez, si bien eso cambió rápido no mucho después, aunque Luna no fue la culpable de ello. A pesar de los roces, le gusta el anillo. Le gusta estar casado, es lindo. Y últimamente se llevan bastante bien. La clave es la paciencia, que a veces le falta pero que esgrime hasta cuando piensa que no hay más en ningún lugar. Es complicado, pero uno se maneja… y cuando, por ende, las cosas marchan bien, es de verdad placentero. A uno lo hacen pensar que la eternidad juntos está a la vuelta de la esquina. Eso es lindo, también. Verla y pensar que podría encontrar la paciencia siempre (y si no la encontrase, pensar que podría inventarla), para siempre.
Vincent estaciona el auto dos o tres cuadras antes de la casa de Julien y Wendy. Luna lleva el vino –que eligió ella, por supuesto, porque su marido no tiene la más mínima idea de nada- y De Medeiros carga el regalo, envuelto y pesado. Espera que le guste. La verdad es que no se cree muy bueno para eso de saber qué es lo que quieren los chicos. — ¿Tocas tú? —Pregunta, una vez que llegan a la puerta. ‘¿Cómo me veo?’ —Hermosa, por favor ¿tocas? Me pesa esto. —Ella se echa el pelo sobre los hombros, supone que tratando de dar un aire desestructurado, y toca la puerta. Pasa un momento, se oyen las voces de los anfitriones y luego, con una sonrisa de oreja a oreja, Julien les abre la puerta. Mierda, por Dios, hace cuánto no lo ve. Desde el último cumpleaños de Holden, seguro. No pudo visitarlos cuando nació Camille a principio de año, aunque sí pudo tocar la panza de Wendy, ahí en septiembre. —Jules—dice, y deja el regalo en el suelo para abrazarlo un momento. Lachance le da un par de palmadas en la espalda y luego saluda a Luna con un beso. Toma el vino y, una vez que Vincent toma el regalo nuevamente, emprenden camino adentro. ‘¿Cómo estuvo el viaje?’ Pregunta Lachance, entrando a la sala. ‘Largo’ responde ella, y mira a su marido. Él no dice nada, vuelve a dejar el regalo en el suelo. — ¿Y Holden? —Pregunta. ‘Oh, con Evan y Amanda, en el patio. Le regalamos una bicicleta nueva, sabes, está como loco’ — ¿Y Camille? — ‘¿Quieres pasar a verla?’ —Sí, me gustaría. ¿Ya llegaron los demás? — ‘Oh, no todavía. Matt, Victor y los chicos estaban viniendo. Sam fue a comprar cigarrillos… Bianca está con Wendy en la cocina… ¡Amor, llegaron Vince y Luna! y… bueno, Elías no sé.’ —Ah, Alicia me llamó hace un rato. Se les averió el auto pero ya estaban a hora y media, más o menos. Hubiéramos venido juntos pero no hay manera de meternos a todos…—Calla cuando ve a Wendy emerger de la cocina y, acercándose, le da un beso. — Hola, Wen, querida, ¿cómo estás? — ‘Hola, Wendy’ saluda Luna, sonrisa de por medio. ‘Ven, Vince.’
Escaleras arriba, Julien abre la puerta. Con piezas de madera que dictan Camille sobre una de las paredes lilas, un móvil que gira apaciblemente, mostrando al sistema solar, la pieza de la más pequeña de los Lachance a Vincent lo golpean como un tsunami. —Oh, Julien…—Empieza, más no continúa. Julien lo lleva a la cuna. La bebé no está dormida más sí está tranquila. ‘Hola, mi vida’ dice el blondo, y la pequeña se ríe (¡papá!). La toma en brazos, cuidándole la cabeza con la mano, sosteniéndola con dulzura. ‘Hola peque… Hace un rato estaba dormida. Es muy inquieta, sabes, con Wendy decimos siempre que es porque es acuariana’ pausa, espera la reacción de Vincent y, al no obtener más que una ceja alzada, se ríe ‘. Chiste, chiste. Hola, mi amor, hola… ¿quieres cargarla? Te va a dejar, ¿quieres? —Sí, a ver…—Ya sabe cómo hacerlo. Le enseñó Giulia después de pegarle un grito allá por el noventa y ocho (‘¡la cabeza, Vincent, la cabeza!’). La sensación es siempre extraña, sin embargo. Hay razones obvias y otras no tanto. La verdad es que a veces tiene miedo de que se le caiga. Pero a Camille la sostiene bien. Vincent le sonríe. —Hey, hola, hola Cammie… Soy Vince… ¿cómo estás? Qué grande es, ¿cuánto tiene ya? Seis, siete meses, ¿no? — ‘Siete, sí.’ —Woah. Dos hijos, Jules. — ‘Sí. Tendría cincuenta más, sabes. Es hermoso.’ —Sí, me imagino—dice, pero no tiene idea. Ni se le ocurre. Vuelve a sonreírle a ella, le sostiene con cuidado la cabeza y la espalda y Camille le devuelve la sonrisa con dulzura. —Oh... Tiene los ojos de Wendy. No sólo por el color, de verdad tiene sus ojos. —Julien le sonríe, luego asiente con la cabeza. ‘Sí, la verdad es que sí.’ — ¿Y Holden qué piensa? — ‘Ya sabes. A veces no le gusta pero ama ser el hermano mayor.’ Vincent sonríe, la mira devuelta. —Vamos abajo, quiero saludar a Evan y a Holden. —Y Julien recibe a su hija de vuelta en brazos.
— ¡Enano! —Suelta, en la puerta al patio. Holden deja la bicicleta a un costado, sobre la hierba, y se deja cargar. A Vincent le pesa un poco (no es el más fuerte ahí, eso seguro), pero poder puede. —Feliz cumpleaños, Holden, ¿cómo estás? — ‘Bien, bien’ —Ya son cuantos, ¿cinco? — ‘Ja-ja, qué gracioso, son siete’. —Vaya, qué carácter. ¿Cómo es que cada vez que te veo te molestas menos con mis chistes? —Le pone los ojos en blanco, a lo que De Medeiros contesta poniéndoselos él también (Luna, a un costado, se ríe) y luego lo deja bajarse, para alivio propio (ya es más que obvio que no tiene cuatro años, seguramente este sea el último cumpleaños en que pueda hacerlo. Con Kaylee le pasó lo mismo cuando cumplió seis, hace dos años). —Mierda, ¿no está pesado? —Pregunta, mirando hacia Evan y Amanda. — ¿Cómo están? —Y se acerca a saludarlos. Luna lo sigue, aunque no los saluda por, seguramente, haberlo hecho antes.











