Garner le apoya el juguete contra la mejilla sin pensarlo dos veces y él, que no hace intento alguno de alejarse del contacto con el plástico, se ríe en voz baja. Luego de dar un último trago al líquido dorado, ya tibio después de un largo rato de aguardar pacientemente, pasa de una mano a la contraria la lata de cerveza vacía y libera así la diestra. Al levantarla para tomarlo él mismo entre los dedos percibe la vibración de la estructura contra la piel, las cosquillas en las yemas pálidas. La sensación se percibe extraña… hace que sea incapaz de imaginarse lo que se sentirá usarlo verdaderamente. Detrás de la mesita, cubierta por una tela de color violeta oscuro e improvisada con un tablón de madera y un par de caballetes que a simple vista lucen un tanto desvencijados, Christine esboza una media sonrisa al verlo. Después de acomodar un mechón del largo pelo rubio detrás de la oreja, una pequeña argolla plateada destellando en cada una de las muchas perforaciones del cartílago, la chica cruza la pierna izquierda sobre la contraria. ‘¿Probaste el lubricante?’, dice, en tanto el castaño mesura entre las manos el peso y el tamaño del objeto en cuestión. Sobre la mesa hay dispersos una serie de productos que, de la gran mayoría, Evan sólo podría vislumbrar parcialmente el uso. Botellitas plásticas de lubricantes, arneses y correas de cuero, accesorios, juguetes de todos los tamaños y formas imaginables.
Si bien él no había, hasta el momento, utilizado nada de todo aquello que reposa frente a sí (a tal punto que es ésta la primera y única oportunidad en que ha tenido un consolador entre las manos, de ahí la risa ajena y la leve extrañeza del propio gesto), no es inusual que se deje vencer por la curiosidad de mirar y preguntar cada vez que la mayor lo arrastra consigo a este tipo de eventos. Y nunca se ha encontrado con otra cosa más que entusiasmo en las respuestas para esas preguntas que en otro lado, para cualquier otra persona, podrían resultar estúpidas. Esa es una de las cosas que más le gustan de este ambiente. Esto se usa para ésto y esto, aquello hace tal y tal cosa. La última vez que concurrió (sucedida hará ya un par de meses atrás, con el sueldo recién cobrado y las cervezas danzándole en la lengua y el paladar de forma sugestiva) mantuvo una larga conversación con la joven rubia y uno de los chicos del espectáculo de poesía y se dejó convencer porque ¿cómo negarse si, después de todo, cada palabra parecía bendita? Así que se dejó aconsejar y compró algo para sí aunque a la mañana siguiente, emergiendo ya del adormecimiento generado por la hierba y el alcohol, encontrarse con la botellita transparente y su contenido le provocó un tanto de vergüenza— Sí —asiente con la cabeza y, de nuevo junto a la sonrisa, resaltan los hoyuelos en las mejillas—. Sabe bien —la queja de Madeline, ‘¡no me dijiste nada!’, se ocupa a continuación de ocultar parcialmente el comentario en agradecimiento de la rubia. Cuando Evan encoje los hombros, depositando después el juguete nuevamente sobre la mesa, ella le da un golpe suave en el brazo. Poco después, volviendo la vista desde la otra fémina, que fuma un cigarrillo con los ojos cerrados, la mayor le pregunta si no va a llevárselo—. Me encantaría, pero estoy quebrado ahora mismo —‘Te voy a dar uno para navidad. Cambiando de tema… Chris, ¿tienes hora?’, ‘Seguro, aguarda… pasan de las doce. Son y cinco.’. Madeline da un salto y, absolutamente despreocupada del destino de la falda de tela escocesa que lleva puesta, lanza los brazos alrededor de su cuello y se trepa, encerrando su cintura con las piernas. ‘¡Ya es tu cumpleaños! ¡Mi bebé, feliz cumpleaños!’. Christine, que los mira con una sonrisa, lo felicita y pregunta, por encima del sonido de la música, cuántos está cumpliendo. Evan responde que veinticinco y, al pronunciarlo se da cuenta, el número se siente extraño.
Se despierta con el pelo enredado frente a los ojos y el aroma de la canela inundándole el pecho, tan fuerte y dulce que cree incluso percibirlo en la lengua. Parpadea un par de veces y, aún entrecerrándolos, mueve los orbes celestes hasta la ventana y las cortinas amarillas delante de ésta en las que, si se acercase a comprobarlo, descubriría rastros del olor característico del incienso. Piensa en apartar las hebras castañas del rostro y al mover la mano para llevarlo a cabo, con un tanto de retraso entre la idea y el realizar la acción, se percata de que ahí, junto a él sobre los almohadones, yace Lila hecha un ovillo. La manta que lo cubre (una que Loise cosió a partir de un tejido de lana y una tela peruana de colores brillantes que Loana le regaló tiempo atrás), sumada al peso del animal, le impiden moverse. Así, es únicamente después de empujar con absoluta suavidad a la gata que puede remover el brazo de bajo el cobertor. Ella, por su parte, apenas se remueve frente al gesto. Siempre impávida, estira las patas, arquea la espalda y vuelve a quedarse dormida tan pronto como cierra los ojos. Evan la acaricia durante un momento, pasando los dedos entre el largo pelaje marrón del lomo, y piensa que todavía puede oír la voz de su madre contándole, diez años atrás, cómo apareció debajo del porche en el patio trasero con los ojos infectados y muerta de frío y hambre. A pesar de que podía ser una hija de puta con el resto del mundo (se acuerda perfectamente de que era asustadiza y muy arisca al principio, que costó abundantes rasguños, mordidas y el ardor consiguiente que confiara en él o, por lo menos, no le tuviese tanto miedo), Bennett fue la única con la que jamás se portó mal. Las razones son obvias, y él las entiende como si fuesen las suyas propias. Un momento después de que la pregunta atraviese su mente, fugaz, la mujer aparece por encima del respaldo del sillón, apoyando los codos en él para mirarlo. Tiene el pelo lacio y oscurísimo enlazado en una trenza que cae sobre el hombro izquierdo y un poco más allá. Las manos, unidas en torno un paño de cocina, adornadas con pulseras plateadas. ‘¿No tienes que ir a buscar a Vincent?’, él asiente con la cabeza y luego mueve la mano para acariciar la cabeza y después el cuello de Lila, que levanta el mentón de forma que pueda hacerlo con mayor libertad. Al bostezo siguiente intenta reprimirlo, mas termina escapándosele entre los labios. Ella estira el brazo y le acaricia la mejilla, para después desaparecer de su vista sin más. ‘Te hice café.’ anuncia, su voz medio perdiéndose por el pasillo que lleva a la cocina. ‘Levántate y tomamos una taza, ¿quieres?’
Cerca de media hora después, el motor del Chevelle arranca con un ronroneo y Evan lo hace descender con suavidad por la entrada del garaje. El clima durante los últimos dos o tres días ha estado lindo, con el cielo despejado y una temperatura que, aunque todavía es baja, es más que agradable para un inicio tan prematuro del verano. Ahora incluso algún rezago de la luz del sol le acaricia el rostro al bajar (empleando tan innecesaria fuerza en girar la manivela que lo hace pensar, casi sin darse cuenta, en que tendría que removerla y engrasar las tuercas del mecanismo y que luego estará cumpliendo con su tarea más que bien) la ventanilla de su lado. Llegar al King Soopers le lleva un par de minutos de más al tomar una ruta que evita con cautela el área que, a esta hora, implica tanto mayor tránsito como demora. Una vez ahí estaciona en dos o tres maniobras concisas (de esas que Evan jamás practicó en demasía sino que, de uno u otro modo, aprendió durante la adolescencia observando y deduciendo de los movimientos de su madre) y baja del coche luego de quitar las llaves del contacto. Al cigarrillo lo enciende luego de dar un par de pasos por la acera y junto a la primera calada se permite reclinarse, tomando la precaución de sacar primero la billetera y las llaves del departamento del bolsillo trasero, en el capó del auto. Con el Marlboro entre los dedos índice y medio de la mano derecha, acaricia la pintura amarilla perfectamente cuidada a pesar de los veintitantos años que ha pasado el coche en la familia. Recuerda que lo compraron usado el mismo año que nació Wendy, cuando él tenía tres años, y hoy cumple veinticinco, así que deben ser… veintidós. Un suspiro, dirige los ojos celestes hacia el supermercado en la acera de enfrente y piensa en eso. Veinticinco años. Por primera vez en un largo tiempo se siente contento de estar aquí, hoy, de estar cumpliendo años incluso, por una razón tan sencilla como estúpida. Lo tiene a él al lado, y eso resulta suficiente. Cuando lo ve venir, el cigarrillo que casi se acaba de consumirse, sonríe ampliamente— Ey, cabezota —suelta, en broma, y lanza el cigarro al suelo. A De Medeiros lo encuentra del lado de la puerta del copiloto y, a pesar de que le gustaría que fuese distinto, lo recibe con un único beso en la mejilla—. ¿Cómo estás, todo bien? ¿Cómo estuvo el día?
Una vez en el auto, baja el volumen de la radio hasta que se convierte en poco más que un murmullo que acompaña al del sonido del coche y la calle, y el mismo camino de antes los lleva a casa en poco más de quince minutos. Una vez que entra al vecindario, las casitas bajas y los árboles a cada lado de la calle resguardando los jardines y las aceras, desciende la velocidad. A Vincent lo mira de tanto en tanto, se pregunta si se sentirá nervioso, si acaso le gustará pasar este tiempo aquí, o si le gustaría hacer otra cosa. A ninguna de las preguntas las expresa en voz alta. Una vez que el automóvil se encuentra de nueva cuenta bajo el techo rojo del garaje, quita las llaves y baja. Después va al encuentro de él y le pasa un brazo por encima de los hombros, un beso que roza la mejilla y otro poco más allá, en el cuello— Wendy dijo que venía con Julien cuando saliera del trabajo, ah, aguarda… —dejándolo ir por un instante, regresa sobre sus pasos y cierra, sólo por si acaso, la ventanilla que bajó rato atrás—. Nunca pasó nada… pero por las dudas —lo mira, una mueca en los labios, y sube el par de escalones del porche en un único paso. Una vez arriba se lleva un mechón de pelo detrás de la oreja y abre la puerta, equivocándose de llave la primera vez— Roger salió del trabajo hace un rato, así que ya vendrá, y mamá está… por ahí, no sé. ¿Má? —pregunta, al aire, levantando la voz. De la aludida, ni rastro.
Evan deja caer las llaves en el mueble junto a la puerta de entrada y continúa, poco después, el camino hacia la cocina. Al pasar frente al perchero de madera y metal en el que suelen amontonarse los abrigos, bolsos, mochilas y paraguas, le dice que, si quiere, puede dejar ahí la mochila— Siéntate donde quieras —dice, la mano derecha, con un par de pulseras hechas por Mallory atadas en torno a la muñeca, que indican las sillas con un breve gesto—. ¿Quieres tomar algo? Hay café —a la espera de una respuesta, se aproxima a él y envuelve el cuello con los brazos—. ¿Qué tal tu día? —Loise, emergiendo entonces por la puerta del patio como un fantasma, irrumpe con un saludo: ‘hola, hola, hola, ¿qué tal?’ Ella sonríe con naturalidad, ahora sin el delantal que llevaba puesto un rato atrás, y cuando se aproxima para saludar con los besos en la mejilla que son tan de ella, al menor lo suelta. ‘Vincent, hola. ¿Cómo estás?’ Aunque le cuesta (siempre ha sido muy dada a tomar el rostro entre las manos al dar los besos, o abrazar sin el más mínimo reparo), lo saluda con un roce de la mejilla. ‘Hijo…’ y con Evan lo mismo. ‘¿Me habías llamado?’—. Sí —‘Lo siento. Estaba en el patio. La gata del vecino tuvo cachorros el fin de semana, y estaba contándome que va a regalarlos en cuanto pueda.’ ahí, de nuevo, sonríe. Así, a simple vista, parece idéntica a Wendy. ‘Le dije que después pasaría a mirar… para quedarme con uno. A Lila le vendría bien un poco de compañía. Hablando de Lila, no sé dónde está.’— No la vi —entonces, junto al sonido de la puerta, la voz de Hann: ‘¡mamá! ¡Ya llegamos!’