Para quejarse en Mar del Plata
Asómese a la ventana. Con el cuerpo paralizado, gire la cabeza hacia la izquierda; luego, a la derecha. Si lo que ve es La Rambla, imponga una risa corta, algo así como un “Jum”. Inmediatamente, complete con “Ya no se puede ni caminar en el Centro”. Si lo que ve es nubes, prepare el paraguas -a usted le encanta-, abróchese el saquito ese y diga: “Siempre el mismo clima de miércoles en La Costa”. Reitere hasta que le festejen el comentario. Salga. Ábrase camino hacia el mar, pero sin llegar a la playa. Mantenga su cuerpo sobre la civilización, eleve el mentón y señale a la horda. Compare a los veraneantes con hormigas u otro insecto legionario. Rellene el comentario con una o dos alusiones a la mala implementación del sistema métrico entre sombrillas. Puede rematar con un reproche al típico color de las aguas nacionales o con una referencia inteligente, de las suyas, a las playas del sur: “Son mejores, pero están invadidas por adolescentes”. Siga marchando.
Si va al Puerto, presione su nariz entre el índice y el pulgar, agite la otra mano y condene el aroma dominante. Si va en confianza con una mujer, anímese al chiste. Sí, a ese. Tras ello, diríjase a esa confitería que le gusta tanto recomendar. Caminando, expanda el brazo derecho y, en simultáneo, el izquierdo. Encuentre la mirada de uno o varios acompañantes y enúnciese: “Señoras y señores, acá, queda todo lejos”. Puede comparar diferentes puntos de ocio: “Que los boliches en una punta, que las buenas playas en la otra, que los bares a contramano”, y así. Si va en auto, enumere a los domingueros, menee el índice frente a cada malabarista y, antes de estacionar, procure maldecir a todos los que no se bajan del coche “ni para comprar churros”. Baje del auto. Sitúese a 50 centímetros del último de la fila, de manera de quedar a 87 metros de la entrada de la confitería esa, la famosa. Abra el paraguas y charle con perfectos extraños acerca de lo mucho mejores que eran los alfajores marplatenses en la época en que usted-niño los descubrió. Al llegar al mostrador, pedir churros y cronometrar la lentitud del comerciante. Acompañar recordándole que vive gracias al aporte económico del turismo estival. Reiterar, todo, por una semana o dos.










