"No tuvieron final feliz, pero sonrieron todas las horas que pasaron juntos...solo por eso, valió la pena" - Benedetti fuiste un genio 💞💫 lo escribiste, lo entendí y lo apliqué 🎬 #tierradecastillos #castillos #patiperra #patiperreando #instagood #pic #shotoniphone #aves #pindy #castle #instapic #viajeras #vacacioneseternas https://www.instagram.com/p/ByGdqDZHrYY/?igshid=10li3a73nhxvw
Once años viviendo en Alemania: Lo que he aprendido
La espeluznante catedral de Colonia
El próximo Lunes diecisiete de Septiembre se cumplen once años desde que abordé un avión de Swiss Air y me fui de Chile para radicarme en Europa. Tenía veintidos añitos y, muy enamorada de mi holandés, empaqué mis cosas y con toda la ilusión del mundo partí a tierras desconocidas. De forma muy patriota, aterricé en Bruselas un dieciocho de Septiembre de 2007. Cuando en Chile estaban comiendo y emborrachándose con motivo de las fiestas patrias, yo iba camino a La Haya en Holanda a conocer a la familia de mi futuro esposo.
Emigrar no es para cualquiera. La diferencia entre ser turista y ser inmigrante la comencé a notar a los pocos meses de vivir en Alemania. Ya no eres una personita simpática sacando fotos y recorriendo las calles con cara de constante impresión, sino que eres esa nueva vecina de quién sabe qué nacionalidad que saca la basura todas las semanas y llega a casa con bolsas de la compra del supermercado local. Tengo que hacer la salvación que los primeros tres años acá los pasé en un pueblo hundido donde nada nunca pasaba. Esos pueblos en los que el menor cambio en su demografía atrae las miradas y comentarios de la comunidad. De seguro si hubieramos ido a parar a una ciudad del tamaño de Colonia, Hamburgo o Berlín, no creo que a alguien le hubiera importado la llegada de un inmigrante más al barrio.
De todos estos años en tierras germanas hay unas cuantas lecciones de vida que puedo compartir. Quizás sirvan a quien esté pensando en dar el paso y venirse a buscar suerte por estos lados, o también sirvan para aquellos que como yo han armado una vida en Europa y se den cuenta que en sus experiencias en el extranjero no están solos.
**Las siguientes son mis experiencias. Siempre hay excepciones, pero las siguientes lecciones son las que yo he aprendido al vivir aquí**
Sin el idioma alemán no se llega a ningún lado
Lo primero es lo primero. Si piensas emigrar a Alemania o a cualquier otro país de habla alemana como Austria o Suiza, debes sí o sí dominar el idioma. En mi ingenuidad veinteañera, llegué el 2007 acá pensando que mi excelente nivel de inglés sería suficiente para batírmelas en los primeros meses. “Aprenderé el alemán en el camino, así con la radio y la tele” pensó la pequeña Aurora. Craso error. Error que se hizo más evidente en el pueblo hundido donde viví por los primeros tres años. Con mucha suerte creo que escuché unas cuantas palabras sueltas de grueso acento alemán salir de la boca del tipo del videoclub donde arrendabamos DVDs. Si no hubiera sido por nuestro vecino británico que vivía frente a nuestra puerta, al irlandés dueño del único pub del pueblo y Yadira, una simpática cubana que conocí en mi primer curso de alemán, no hubiera podido intercambiar palabras con nadie. En las ciudades grandes la cosa cambia para mejor, pero tampoco creas que todo el mundo es bilingüe (como los holandeses que en su mayoría hablan inglés, alemán y francés).
El idioma alemán tiende a tener fama de casi imposible por su sonido poco agradable y de carácter casi de insulto a los oídos. La mejor manera de aprenderlo una vez que estás instalado aquí con tu visa de residencia, es matricularse en una Volkshochschule o VHS (literalmente traducido “escuela superior del pueblo”). Las VHS imparten cursos para adultos en horario matutino y vespertino y su oferta varía dependiendo del tamaño y demanda de la ciudad en cuestión. Los cursos van desde idiomas, pasando por preparación para la prueba de selección universitaria alemana Abitur, fotografía, computación para la tercera edad, pintura, danza, sicología, programación y un largo et ceterá más. Las VHS son estatales, por lo que el alumno sólo paga un tercio del valor total del curso, el resto es cubierto por el estado. Estas escuelas son la opción más popular entre los inmigrantes para aprender alemán. Los cursos del idioma alemán para extranjeros están divididos en el llamado Marco Común Europeo de Referencia para las lenguas que van desde el nivel A1 hasta el C2. Para inmigrantes es obligatorio aprobar desde el nivel A1 al B1 que es considerado el mínimo para desenvolverse con parcial independencia en Alemania. La prueba de integración también es obligatoria. Se trata de un test que consta de trecientas preguntas de opción multiple sobre la historia, sociedad y política alemana. De esas trecientas, treinta son elegidas de forma aleatorea en tu test. El curso de idioma alemán para extranjeros en la VHS también prepara para este exámen. El nivel C1 es el mínimo considerado para postular a la educación superior y la universidad. Este es mi nivel de alemán :)
En clases de preparación de la prueba C1 en la VHS de Düsseldorf el 2011. (Soy la de atrás haciendo salud con el tecito)
Mi compañera japonesa Tomomi llevó un día un tupperware lleno de estas masitas típicas llamadas yatsuhashi y las compartió con todos :)
También está la opción de estudiar el idioma en tu país antes de venirte. Tendrás la ventaja de llegar con una base en el idioma para que de entrada puedas desenvolverte solo en Alemania, la desventaja sería la posible lentitud que significa aprender un idioma sólo en la sala de clases y luego salir a la calle para seguir utilizando tu idioma materno. Estudiar el alemán aquí “donde las papas queman” trae consigo la presión de la necesidad. Al salir de la sala de clases debes de inmediato aplicar el poco conocimiento del idioma que tienes hasta ese momento. Además, podrás ver la tele y quebrarte la cabeza con los capítulos doblados al alemán de Los Simpsons y cuánta otra serie o película extranjera doblada al alemán pilles en la tele (nuevamente, a diferencia de Holanda donde le ponen subtítulos a todo y así la gente aprende idiomas al a par que ve la tele).
Sea una opción o la otra, no vengas a Alemania con la idea de quedarte sin saber aunque sea un poquito del idioma. Tu “yo” del futuro te lo agradecerá.
Siempre informado, siempre con la mano encima
Desde tramitar papeles varios concernientes a tu permiso de residencia a una simple consulta telefónica con tu proveedor de telefonía móvil, aseguradora o internet, el consejo aquí es informarse bien primero antes de hacer esa llamada, antes de acudir a esa oficina. No es poco común que funcionarios públicos trabajando en oficinas de inmigración tengan sólo una idea vaga de qué tipo de visa es la que corresponde de acuerdo a tu caso en particular, como tampoco es raro encontrarse con total ignorancia acerca de tal o cual servicio al otro lado de la línea telefónica. Entonces, a leer se ha dicho. Tus derechos y tus deberes como también las condiciones de un contrato. No sólo facilitará tu trámite, sino que te pondrá en una posición de ventaja frente al siguiente punto.
Blindándose contra el “dime que diré” alemán
Los alemanes, en general, son tercos y orgullosos. Es más fácil doblar una barra de acero que un alemán asuma que estaba equivocado y se disculpe. No han sido pocas las oportunidades en las que llevar a cabo un trámite cualquiera, ya sea en el sector privado como el público, se ha sentido como golpearme la cabeza cien veces contra la pared. Ahí cuando estás sentada (o parada) al otro lado del mesón o escritorio, con todos tus papeles necesarios y al día, con el dinero correspondiente en la cartera escuchando al funcionario frente tuyo tirarte la pelota de vuelta cuán partido de ping-pong a cada cosa que alegas, ahí en ese instante que ya te sale humo de los oídos y piensas “estoy en la casa que vuelve a la gente loca” de la película “Las Doce Tareas de Asterix”, piensas: te voy a soltar todo mi léxico alemán gracias a años de estudio y no me voy de aquí hasta conseguir lo que quiero. Suena exagerado, lo sé. Pero no lo es, créeme. La penúltima vez que fui a renovar mi visa debí pornerme “dime que diré” con el funcionario de la oficina de inmigración y golpear la mesa para que me lo renovara. Tenía todo a mi favor, no era un favor, sino un derecho, pues el permiso ya había sido extendido hacía cinco años atrás. Apesar de todo esto, el tipo salió con miles de razones en tono amedrentador para negármelo. En estos casos conviene saber bien los derechos y deberes que te corresponden, la ley bajo la cual tu visa ha sido extendida, etc. Desafortunadamente, no creo que este comportamiento sea propio de Alemania, pues en mi natal Chile también recuerdo escenas similares en oficinas estatales como también del sector privado. La diferencia radica en la itensidad de ese intercambio. Si en Chile un funcionario por lo general seguirá soltando respuestas estándar y políticamente correctas a tus solicitudes, aquí en el peor de los casos, te harán sentir como el más grande de los imbéciles por siquiera ir a tramitar algo que es un derecho. ¿Para qué sirven estas experiencias más que sacar canas verdes y cagarte el día? Para endurecer la piel primero que todo, y para comprender todas esas veces que de pequeña vi a mi papá golpear mesones y elevar la voz en oficinas por ahí donde yo insistía en acompañarlo. Y si están pensando que he tenido mala suerte, no es el caso. La mayoría de los muchos inmigrantes que he conocido acá han pasado por situaciones similares.
El racismo in the closet
Todos conocen en punto negro en la historia reciente de Alemania. A más de setenta años del término de la Segunda Guerra Mundial, el pasado ultra derechista y nacionalista todavía pesa en las calles. Hay sanciones severas contra cualquiera que ose hacer el saludo nazi en la calle o que haga la más mínima referencia al partido político de Adolf Hitler. Esto se aplica en los medios de comunicación también, como le ocurrió a una presentadora de televisión quien dijo a una participante al teléfono la famosa frase que estaba escrita en todos los campos de concentración: el trabajo hace libre. La despidieron allí mismo.
Apesar de todo esto, el incremento en popularidad del partido populista y ultra derechista alemán AfD (Alternative für Deutschland: Alternativa para Alemania) en los últimos años es preocupante por lo bajo. El cuestionado partido impulsa medidas en contra de la libertad de credo en territorio alemán, en contra de los inmigrantes, la comunidad LGBT y se declara escéptico de la Unión Europea, entre otras directivas. Más preocupante es el apoyo que obtuvieron en las elecciones parlamentarias de 2017 con un 12,6% de los votos obteniendo 94 asientos para sus representantes en el parlamento. Su mayor apoyo proviene del Este de Alemania (Berlín, Dresde, etc) en vez del Oeste (Düsseldorf, Colonia, etc).
De todas formas, apesar de vivir todos estos años en el estado de Renania del Norte-Westfalia al Oeste de Alemania, este incremento en el apoyo a tal partido político se siente, mas de una forma encubierta, tapada, no asumida. Así como un racismo in the closet. Es chistoso cómo caminando por la calle o algún lugar público o tienda, a veces caminando en dirección contraria a algún alemán (la mayoría de las veces son personas mayores), me quedan mirando y por un mili segundo se nota en sus caras la indecisión si es que acaso mirarme como una igual y reconocer mi presencia con una leve sonrisa de cortesía, si acaso ignorarme totalmente o si es que mejor me miran como el enemigo número uno de la nación. Así como los padres le dicen a sus hijos cosas como “no mire a la señora así porque a ti no te gustaría”, es cómo de tanto en tanto la gente se queda mirándome. A mí o a otros inmigrantes en la calle. Con cara de estar preguntándose “la saludo, no la saludo. La odio, no la odio. Le hablo, no le hablo”. Por suerte, en esta área de Alemania por lo menos, no pasa más allá de estos ridículos momentos incómodos. Y por suerte también, no son todos los alemanes, sino un grupo que todavía tiene grandes dificultades para aceptar el país multicultural en el que Alemania se ha convertido.
Münster en el estado de Renania del Norte-Westfalia
El río Rin en Bonn al sur de Renania del Norte-Westfalia
Amigos en el club, extraños en la calle
Yo soy buena para la conversa. Bueno, depende del día, como les pasa a todos. Pero en un buen día cuando ando con la sonrisa en la cara caminando feliz con mis audífonos puestos, si alguien me habla, se va a encontrar con una buena conversación, si así lo quiere. En estos once años en Alemania me he percatado que el alemán aprecia y disfruta su burbuja personal en los espacios públicos. Es impenetrable y bien resguardada con un semblante de pocos amigos y ensimismado en su celular o lectura. También me he percatado del fenómeno contrario en personas de la tercera edad que en su mayoría viven solos en hogares para ancianos. Ellos sí quieren hablar con todo el que les de chance. Muchas veces en el bus o el paradero, me he sacado un audífono al ver de reojo a algún abuelito o abuelita que me ha mencionado algo y yo no lo he captado. Y luego se largan a hablar. Una ancianita una día alabó mi cabello y me preguntó si acaso mis ondas eran mías naturales o si es que me las hacía en la peluquería. Luego me conversó sobre lo malos que eran los Kuchen de una panadería cerca de allí y la apuntó varias veces con su huesudo dedo índice. Me contó cómo preparaba ella tal Kuchen y me hizo la salvedad que, si bien los pasteles de la panadería dejaban mucho que desear, el café estaba muy bueno. En otra ocasión un abuelín se sentó a mi lado en el bus y de inmediato me preguntó de dónde provenía. Al decirle que de Chile, se largó a recitarme todo lo que sabía de mi país. La lista fue algo más o menos así: Pinochet, Neruda, el vino, los terremotos y Arturo Vidal. En estos casos es imposible no enternecerse.
Distinto es con los adultos alemanes que forman el sector activo del país. En la parada del transporte público, en un café, supermercado, tienda, etc, son casi imposibles de acceder. Olvídate del small talk casual al que estamos acostumbrados en Latinoamérica. Ahora, la cosa cambia radicalmente cuando formas parte del mismo gimnasio, curso, club, taller, trabajo o cualquier actividad que ellos. De la nada se abren y tutean a sus anchas, conversan, rien, rememoran anécdotas, preguntan de dónde en el mundo provienes, porqué vives en Alemania, e incluso si tienes suerte y sobre todo luego de un par de oportunidades compartiendo la misma actividad, llega el intercambio de teléfonos y los planes para juntarse. Los ves sacar su agenda, ya sea la tradicional de papel o su calendario en el celular y te ubican en algún hueco libre para ir a algún lugar juntos. En unas primeras instancias, prefieren encontrarse en un café en vez de invitarte a sus casas, como hacemos en Latinoamérica. Esto también depende de la edad y de lo abierto que sean. En general, si eres colega o compañero de curso, las formalidades pronto se olvidan y ya te están invitando a su casa o a su cumpleaños. Lo que de todas formas no deberías esperar de un alemán es ir a visitarlo a su casa sin avisarle antes. En Chile se estila pegar una llamadita rápida a un amigo y si está en casa, ir a visitarlo y pasar ahí la tarde. Acá, salvando unas pocas excepciones, sería considerado de mala educación, incluso si les avisas. La cosa hay que planificarla, eso de visitas sorpresa es casi inexistente.
Desde fregar el piso a dirigir una empresa: el título lo es todo
Buscar empleo en Alemania va obligatoriamente de la mano con las credenciales que demuestren en blanco y negro lo que sabes y no sabes hacer. Certificado por un entidad oficial con su timbre, firma y fecha de emisión. En la búsqueda de trabajo cualquiera para ganar algo de dinero, me he topado con la exigencia de seguir algún curso específico para el puesto a postular. Los llamados Ausbildung. ¿Están buscando cajeros en el supermercado de tu ciudad, ejecutivos para un calling center o alguien para atender una boutique? Primero debes seguir el Ausbildung correspondiente. Los Ausbildung son cursos de capacitación en una tarea específica que duran hasta unos tres años. Algunas empresas privadas o instituciones estatales contratan a jovenes especialmente para entrenarlos y a la par que aprenden la teoría en una sala de clases, trabajan aplicando lo aprendido en la empresa. Esta modalidad de Ausbildung viene con una pequeña remuneración y el curso teórico es libre de costo. Los jovenes participando en este tipo de entrenamiento se pueden reconocer porque llevan una chapita con su nombre y la palabra Azubi (abreviación de Auszubildender, que significa “en capacitación”) acompañándolo. El otro tipo de Ausbildung es la que vendría siendo una especie de carrera de nivel técnico profesional. Para esto esto existen los Beruf Kolleg que sería una especie de Centro de Formación Técnica alemán y en su gran mayoría son estatales, o sea, libre de aranceles más allá de un pago semestral por concepto de trámites administrativos. También existen en su formato privado y de pago. En estas escuelas técnicas superiores se pueden aprender carreras como Secretariado, Administración, Contabilidad, Programación, Traducción, etc. Como también ocurre en la educación superior en Chile, para obtener una vacante en este tipo de escuelas superiores no es necesario tener un puntaje satisfactorio de la prueba de selección universitaria. Si bien el Abitur aprobado abre muchas puertas en Alemania, cuando no se tiene, es ésta la opción que muchos jovenes optan.
Esta solución de educación suena perfecta en teoría pero en la realidad se vuelve un tanto limitante. Si lo que buscas es un trabajo casual cualquiera para ganar algo de dinero, y sobre todo si lo que buscas es flexibilidad para hacer otras actividades (lo que sería un trabajo a tiempo parcial o por turnos) debes sí o sí dedicar mínimo un año de tu vida en dominar el fascinante mundo de las cajas registradoras o el arte de poner la ropa de vuelta en sus percheros, o quién sabe qué otra tarea desafiante más. En Chile, y como ocurre también en otro paises (incluyendo los vecinos al oeste de Alemania, los holandeses), para un trabajo sin mayor especialización es sólo cosa de ser seleccionado y aprender el teje y maneje de algún colega por unas pocas semanas. Luego ya puedes funcionar por ti solo y mira, ¡ya tienes trabajo! Para mí, este sistema tiene dos fallas: primero la dependencia a un rubro estrecho y limitado. Si un joven se capacitó para trabajar en un supermercado y estuvo allí por un par de años pero luego quiere hacer otra cosa con su vida, está casi encadenado a seguir trabajando en aquello que le dará una fuente de dinero, pues no puede postular a nada más. Y la segunda, las puertas laborales están cerradas para quienes no tengan estos cursos alemanes aprobados, por mucho que demuestres que en tu país has trabajado en lo mismo.
Los vecinos hacia el oeste, los holandeses
Utrecht en el centro de Holanda
La estación central de ferrocarriles en La Haya, Holanda
Ladrillos en las calles y casas, avalancha de bicicletas, papas fritas con salsa de mantequilla de maní caliente, caramelos amargos, lluvia, tres besos en las mejillas al saludar, molinos de viento, vacas por doquier, ningún cerro a la vista. Eso es Holanda resumida así no más (como diría un Youtuber argentino del que en poquito tiempo me he convertido en fanática). Los holandeses son gente relajada y más abierta a la charla casual. La mayoría de su población habla mínimo un idioma más aparte del materno debido en gran parte a la televisión cuyos programas son transmitidos en su idioma original y con subtítulos en holandés. Yo vivo a media hora del borde con Holanda. El tren que cruza el borde pasa cada media hora. Los alemanes aman ir a comprar a Holanda las cosas que aquí no hay, como su gran variedad de pasteles cremosos y azucarados y el Vla (un postre como un flan con consistencia de yogurt). Nosotros vamos a comprar las cervezas dobles y triples hechas en monasterios belgas que aquí en Alemania casi ni se encuentran.
Antes de empezar a estudiar alemán el 2009, estuve todo el 2008 estudiando holandés, pues entonces estuvimos a punto de mudarnos de vuelta al país natal de mi esposo. El plan no resultó por distintos motivos y nos quedamos aquí. No fue una pérdida de tiempo haber estudiado holandés, muy por el contrario. Fue mi primer contacto con un idioma de base germana. En ese curso también conocí a compañeros de distintas nacionalidades y credos. Una amiga argentina, una italiana, otra india, otra indonesia y otra polaca. Nos juntabamos a estudiar y participabamos en una iniciativa social de la ciudad de Enschede cerca del borde alemán llamada Huis van vertalen, traducido literal “la casa de los cuentos”. La idea era recibir a mujeres inmigrantes con distintos niveles del idioma holandés y conversar sobre cualquier cosa con tal de practicar el idioma. La instancia estaba moderada por dos holandesas. Había café y galletitas y ocurría dos veces a la semana.
En la actualidad el idioma holandés duerme en mi cabeza pasivo y a la espera de despertar apenas lo escucho o leo. Con esfuerzo y concentración me puedo expresar en holandés luego de batallar por sacar el alemán de mi cabeza al intentar hablarlo. Ambos idiomas comparten una similitud parecida a la del español y el italiano. Para quien no esté familiarizado con el holandés le sonará como si su interlocutor estuviera acatarrado a más no poder. La fuerte fonética gutural se hace evidente en la letra G y la combinación sch que sería algo así como “es-jjjje”. Más allá de la parada obligatoria en Amsterdam para todo turista, recomiendo la ciudad de Delft con tremenda importancia histórica para el país y lugar donde se fabrica el Delft blau, aquella cerámica de dibujos azules que más de alguno ha visto. Maastricht y Utrecht son otras hermosas e idílicas ciudades holandesas que de todas maneras valen la pena visitar.
El territorio holandés es del porte de la región Metropolitana y la quinta región juntas en Chile y sin embargo tienen una cantidad similar de habitantes. Este hacinamiento se nota tan pronto cruzar el borde. Las calles se dividen en: acera – ciclovía – autos particulares – tranvía – bus – autos particulares – ciclovía – acera. La estrechez de sus calles es similar a la de sus casas. Los arquitectos holandeses hacen maravillas con las casas sociales que en cuarenta metros cuadrados pueden construir un hogar para una familia con niños. Las viviendas sociales no se diferencian de las demás. Son barrios hermosos con canales de agua, lagunitas con patitos, áreas verdes y de comercio. La criminalidad en Holanda es más que nada producida por grupos específicos de inmigrantes que se rehusan a integrarse y viven en guetos. Los focos problemáticos se encuentran en poblaciones de inmigrantes oriundos de Marruecos y Turquía, lo que no significa que debamos meterlos a todos en el mismo saco, al igual que en Alemania.
Mezcolanza cultural
Lejos, la experiencia más enriquecedora que sigo apreciando como un verdadero honor y lujo al vivir en Alemania es la oportunidad de conocer a personas de todo tipo de nacionalidades, culturas y credos. A través de la seguidilla de cursos intensivos en el idioma alemán que tomé entre el 2009 y el 2013, conocí a gente de distintas partes de Asia, como también del Medio Oriente, muchos hermanos hispanoaméricanos, africanos, europeos de la esquina más este del continente como Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Ucranía como también del centro de Europa como Hungría, Polonia y Rumanía y del sur como Grecia, España e Italia. Ahí en la conversación casual y a veces también en alguna más profunda, me he enterado de primera mano de las realidades de sus propios paises como ninguna otra fuente de información puede mostrar. En mi primer curso de alemán solíamos hacer comidas típicas el primer Miércoles de cada mes. A mí me tocaba cocinar junto con Yadira, por ser las únicas representando a Latinoamérica. Otro mes cocinaban los oriundos de Medio Oriente, en otra oportunidad les tocaba a los eslavos y rusos y en otra, a los asiáticos. Nuestro profesor llamaba al personal de la administración de la escuela VHS a que se uniera a nuestra mesa. Con siquiera unos pocos meses de alemán tratabamos de entablar conversación entre comidas y bebidas. Luego en los cursos de alemán más avanzados, solíamos ir a algún café luego de las clases, a veces incluso nos acompañaba la profesora. Más allá de sortear y batallar los distintos niveles de acentos de nuestras lenguas maternas, la intención y deseo de comunicarse era más fuerte y te das cuenta que, apesar de la cultura y el credo, a un nivel básico humano, todos quieren ser escuchados y entendidos. Es la razón por la que aprendemos otro idioma, para crear entendimiento en el país que nos acoje. Adoptamos su idioma para expresarnos y lo hacemos nuestro.
Mi primer profesor de alemán, don Theo Markgraf, sirviéndome un ponche típico de la primavera alemana llamado Maibowle en la taza de café
A estas alturas puedo decir que soy fluída en alemán y de esta forma, la camaradería entre colegas de trabajo se da sin esfuerzo y con naturalidad. Apesar de su distancia y formalidad en una primera instancia, una vez que los llegas a conocer, los alemanes son personas interesantes que también les gusta tertulear entre cervezas y música. En la actualidad trabajo como extra en la compañía de ópera de Düsseldorf. Mis colegas son en su gran mayoría alemanes y artistas o músicos. Entre ellos, soy la única latina (hay un tenor de Costa Rica y otro de Brasil pero ellos, al ser del coro, no soy colegas directos míos). Ese entendimiento de su idiosincrasia de la mano con su idioma no sería posible sin primero observarlos y darles sus espacios y dinámicas para permitir esa comunicación. Este último tiempo he hecho una amiga rusa y sigo aprendiendo cómo comunicarme con alguien de una cultura tan distinta a la mía. Aprendiendo a no ofender ni a avasallar, a no tomarme algo como una ofensa cuando lo más probable es que se trate de un malentendido cultural. Sigo aprendiendo a encontrarnos a mitad de camino entre su cultura y la mía.
Los compañeros y profesor del curso de alemán A1 a B1 e integración de la VHS de Ochtrup el 2009
Los compañeros y profesora del curso de alemán C1 en la VHS de Düsseldorf el 2011