Ya no me siento yo y no se cuando comenzó este pedo.
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Ya no me siento yo y no se cuando comenzó este pedo.
El pan
Mañana de sábado, en un supermercado. Un hombre delgado, perfumado y canoso está parado a mi lado frente a frutas y verduras. Sostiene su celular con la mano izquierda, pero lo apoya en la oreja derecha. Habla a un volumen más bien bajo.
Hombre: …Ajá, ¿pero busco pan?... (Escucha al tiempo que con la mano libre tantea aguacates.) Yo sé, yo sé, pero que si te busco pan… ajá… ajá… Yo sé, ya me lo habéis dicho mil veces, pero que si te busco también pan. (Subiendo un poco la voz.) Que si te busco pan… pan… PAN… (Suelta el aguacate que había seleccionado, se pasa el celular a la mano derecha y se lo pone frente a la boca como si fuera un micrófono. Ya habla a gritos.) QUE-SI-TE-BUS-CO-PAN. (Se lleva el aparato a la oreja, mira hacia arriba y resopla.) ¿Pedrusco? ¿PEDRUSCO? ¡Qué pedrusco ‘el coño, chica?… (Vuelve a poner el móvil como micrófono.) ¡TE-BUS-CO! ¡TE! ¡TE! ¡TE, con te de té, de beberse un té! ¡Que si te busco pan, chica! (Vuelve a ponerse el teléfono en la oreja, escucha un momento y murmura mientras niega con la cabeza, mirando el piso.) Cristo aparecido… (A gritos de nuevo.) ¿Qué té, chica? Té no, pan: lo que te estoy preguntando es que si también te busco pan, te llevo pan… No no no no… lo del té te lo dije por la letra, porque vos estabas diciendo ique «pedrusco»… (Escucha y se tapa la cara con la mano.) ¿Con te de qué? ¿Con te de qué? ¡Con te de TRANCÁ ESA VERGA!
El hombre corta la llamada, entrecierra los ojos hasta convertirlos en una rendija y queda negando con la cabeza.
Viernes
I
Vereda del Lago, temprano en la mañana. La perra nos ve venir. Se embala hacia nosotros. Es el doble de grande que mi perra y casi la revuelca por no frenar a tiempo. Sus tetas siguen hinchadas. De los seis que parió, aún le quedan tres cachorros. Cumplimos el ritual: Turra se sube a un banco y yo le pongo perrarina, que devora con alegría y desorden. Nosotros la llamamos Turra, pero quienes la bautizaron —los barrenderos de la alcaldía que la cuidan y que tienen una caseta donde duerme desde pequeña— le pusieron en realidad Tu Raja.
II
Media mañana, en un banco. Hay mucha gente. Estoy esperando mi turno. Cuando finalmente sale mi número, me acerco a la taquilla, de donde el cliente anterior, un hombre mayor, aún no se retira y está hecho un demonio con el cajero, un muchacho muy joven de pelo engominado.
Cliente: (Encorvado y ladeado, tratando de hacerse escuchar por la ranura por donde el cajero suele deslizar los billetes y las libretas de ahorro.) O sea, que según tú, yo tengo que saber que en esta vaina nada más tienen billetes de diez y que me van a pagar con veinte kilos de billetes, ¿no? O sea, según tú, esto es mi culpa... (Ante la impasibilidad del muchacho, se voltea hacia los clientes y se retira manoteando.) No hombre, chico. ¿Cómo me voy a llevar eso?
Cajero: (Haciendo señas de que me acerque, y refiriéndose al cliente que se acaba de retirar.) Va pues, este sí es loco. ¡Que dizque nosotros le tenemos que dar una bolsa para los billetes! Lo que está es loco... Todo el mundo sabe que tiene que venir preparado.
III
Un rato después, en una farmacia. Estoy en la cola para pagar el único medicamento disponible de los cuatro que estoy buscando. Delante de mí, una mujer en sus treinta está pagando y descubre detrás de la cajera, en unas repisas de exhibición, leche condensada en venta.
Cliente: (Señalando las cajitas de leche condensada.) ¿Cuántas leches condensadas me puedo llevar?
Cajera: Dos por persona.
La mujer se voltea y busca entre los compradores algún rostro conocido. Finalmente, posa su mirada en mí.
Cliente: Perdone, ¿usted va a llevar leche condensada?
Yo: No.
Cliente: Ay, señora, ¿usted podría comprarme dos? Es que de verdad ya me había resignado, pero aquí veo que hay... Yo le doy el efectivo completico.
Yo: No hay problema.
Termina de pagar y se queda a mi lado para salir conmigo de la farmacia, pues en la puerta hay que mostrar las bolsas con la compra y las facturas. Saca su monedero y cuenta sobre el mostrador los quince billetes de cien que me va a entregar, mientras yo preparo mi tarjeta de crédito. Detrás de nosotras en la cola, hay un señor que no ha perdido detalle de nuestra operación.
Hombre: ¿Billetes de cien? Eso vale más que las latas de leche condensada. (Dirigiéndose a la cliente que me pidió el favor.) Señora, ¿no quiere que yo le compre otras dos laticas?
IV
En otra farmacia, la misma mañana. Estoy en otra cola, esperando a ver si hay suerte con mi lista de medicamentos. Delante de mí, una muchacha está a punto de pagar cuando de pronto da un gritico al fijarse en una vitrina a su lado, pero detrás de un mostrador.
Muchacha: (Señalando la vitrina.) ¿Eso es un desodorante?
Dependiente: (Con voz impostada y ademanes de presentador de infomercial, bromeando.) ¡Tenemos de todo! Te tengo champú, tintes, desodorante, jabón de olor, cútex, ¡Va-po-rub!... Eso sí, si te digo los precios, te desmayas, porque todo eso es de Colombia, a precio de dólar.
V
Me detengo en una tienda que vende exclusivamente pollo. Bajo del carro y me acerco a la puerta, que está abierta. Apoyado en el quicio, de brazos cruzados, está un muchacho con una franela que tiene el logo de la tienda bordado. No se mueve al ver que me acerco. Se limita a mirarme.
Muchacho: (Con inmenso fastidio.) Señora, no hay nada nadita. Y tampoco hay luz.
VI
Salida peatonal del centro comercial Costa Verde hacia Bella Vista. Nada más atravesar la puerta de vidrio, se me encima un muchacho que no debe llegar a los dieciocho años. Lleva en su mano una lata grande con una ranura, a modo de hucha, y la agita con bríos. La lata está forrada con un papel que dice «Tercer potazo profondos...» y no alcanzo a leer nada más. Veo que hay otros dos muchachos en lo mismo, abordando a otros peatones.
Muchacho: (Animoso y hablando muy rápido, camina a mi lado.) Buenos días, señora. Me gusta su estilo. ¿No puede colaborar con nosotros para un viaje de estudios?... (No digo nada, mientras sigo caminando con él y su pote al lado.) Tenemos punto... Aceptamos transferencias... Aceptamos dólares... Aceptamos pollo... Señora bonita, los piropos son gratis, pero los viajes no... Aceptamos Visa y Mastercard... Nos conformamos con veinte bolos... (Ya vencido, deteniéndose mientras yo prosigo, pero sin perder el humor.) Está bien, pero después no se quejen si caigo en las drogas.
Material POP
Viernes en la mañana, en un supermercado. Voy pasando cerca de las frutas cuando veo un pequeño tumulto alrededor de dos empleados. Me acerco. Tienen en un carrito un montón de botellas de leche descremada de larga duración a las cuales les deslizan la etiqueta del producto por el cuello, como si las estuvieran vistiendo, justo antes de que se las arrebaten de las manos los ansiosos clientes. Los empleados están de buen humor, pese a la creciente rebatiña.
Empleado 1: (Hablando sin mirar a nadie, sino a las botellas que trata de etiquetar antes de entregarlas.) Tranquilos, tranquilos…
Voz de hombre: ¿Qué están dando aquí?
Empleado 2: Te tenemos estampitas de Diosdado…
Empleado 1: …y piticos de Maduro. ¡Solo dos por persona, no empujen!
Voz de mujer: (Manoteando para ponerse en sus dos botellas.) Versia, sí, ¡estarían abollaos!
Escapismos
Martes a media mañana en la sala de espera de un consultorio odontológico. Los nueve asientos disponibles están ocupados y hay incluso un par de pacientes que aguardan de pie. Estoy sentada, leyendo, cuando veo que un hombre de unos cuarenta años, desgarbado y desaliñado, releva a la mujer que hasta hace un segundo ocupaba la silla a mi derecha. Nada más sentarse, pone sus pies en punta y agita sus piernas con tal fuerza que me cuesta fijar el renglón que estoy leyendo. Pronto siento su cabeza acercarse a la mía. Trata de ver mi libro.
Hombre: (Con suave acento cachaco.) ¡Qué buena idea traerse un libro para cuando a uno le toca esperar! ¿Qué está leyendo?
Yo: (Poniéndome los lentes de cintillo y marcando con mi pulgar la página antes de cerrar el libro para mostrarle la portada.) Las mujeres de Houdini, se llama.
Hombre: (Deteniendo en seco el tembleque de sus piernas.) Las mujeres de Houdini… Ese era el mago, el que se escapaba de donde lo metieran, ¿no?
Yo: Sí, ese mismo.
Hombre: Y es así como una biografía, ¿no?
Yo: No, no, es una novela… No se trata de Houdini, sino de la historia de las mujeres de una familia, pero la autora va comparando episodios de sus protagonistas con los trucos de Houdini…
Hombre: Ah… Pero sí cuenta la vida de Houdini, entonces. Ese hombre era un verraco. Debe ser interesante.
Yo: (Sin atreverme aún a volver a la lectura para no ser descortés.) Sí, es interesante, pero la novela no va de la vida de Houdini.
Hombre: ¿Ese no fue el que se metía en unas cajas con agua y lo llenaban de cadenas, lo amarraran y le echaban candado?
Yo: (Resignada, dejando ya el libro en mi regazo.) Sí, ese era Houdini.
Hombre: Un tipo verraco ese Houdini…
Se hace un silencio que dejo rodar por varios segundos hasta que resuelvo volver a la lectura.
Hombre: (Inclinando el torso sobre sus muslos, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas en el centro, y mirando al frente sin interlocutor definido.) A mí lo que me gusta leer es Howard Fast.
Metáfora
Martes, 3.30 de la tarde. Estoy empujando el carro quedado de una amiga que va al volante y se baja cuando puede para ayudar. El sol pica y escuece en los ojos. A mi lado está otro amigo a quien no veía hace un tiempo y al que apenas he podido saludar antes de entrar en acción. Va vestido con más tino que yo para la ocasión –pantalones cortos, franela, zapatos de goma--, y resopla y bufa, con el rostro granate por el esfuerzo. Los tres somos profesores universitarios. Estamos tratando de remontar una cuesta. Para evitar que el metal de la carrocería nos abrase, compartimos un paño de cocina degradado a trapo de maletero, sobre el cual aplastamos las palmas de las manos. La calle es muy transitada, de doble vía, y los carros que no nos pitan nos adelantan con temeridad.
Amigo: (Con la voz entrecortada.) ¿Y qué fue… no estás yendo ya a la Vereda?
Yo: (Con el cuerpo ya casi paralelo a la carretera.) Supieras… que no estamos… yendo… por… los… mosquitos…
Amigo: Coño… sí… el chikungunya… (Dirigiéndose de pronto a un hombre que acaba de ver caminando por la acera de enfrente.) ¡Hermano!... ¿Nos puede dar una manito aquí… un momentico?
El transeúnte se tercia el bolso que trae al hombro, cruza la calle y de inmediato comienza a empujar. Mi amigo y yo estamos apenas balbuceando las gracias cuando un segundo transeúnte, este espontáneo, se suma a la tarea a mi lado. El carro ahora rueda ligero.
Espontáneo: (Sin ninguna ceremonia.) Este el tercer carro que empujo hoy… Dejame un cachito del pañito ahí, que esta vaina quema.
Pareja
Sala de espera de un autolavado, cerca del mediodía. Una pareja entra al local y se sienta en uno de los sofás disponibles. Sus piernas se rozan, pese a sobrar espacio en el mueble. Ambos deben rondar los cuarenta años. Ella tiene una belleza que se descubre con el paso de los minutos. Él es de ademanes bastos y desde antes de sentarse ya está ensimismado en la pantalla de su celular. Ella se pone el bolso en el regazo y cruza las piernas. Su mirada distraída se posa de vez en cuando en el televisor de la pared de enfrente. Un rato después, él levanta la vista del celular y, sin mirarla ni hablarle, va inclinando muy despacio la cabeza hacia ella, como si se cayera de sueño, hasta que ella se percata del acercamiento, lo encara con los labios dispuestos ya para el beso y él termina el recorrido hasta rozarlos por un instante con los suyos. Cada uno vuelve a su pantalla. En el televisor empieza una cuña interminable que promociona un aparato para eliminar los callos de los pies. Por unos segundos, él presta atención al anuncio y luego se inclina de nuevo hacia ella para decirle algo al oído. Ella lo escucha, sonríe sin mirarlo y lo aparta con un empujoncito. Tras breve pausa, ladea en diversos ángulos la cabeza para observar sus acicalados pies, apenas cubiertos por unas sandalias, y se oye su voz.
Ella: (Después de chasquear la lengua y entrecerrar los ojos, mirándolo.) ¡Ajo!