BASEL
Es como un Berlin chico, pero ordenado y civilizado. Respiras calidad de vida al pedalear tu bicicleta prestada sobre los puentes del caudaloso Rhin. Algo tiene Basel, algo tiene...
Fue fantástico viajar en el tren de Paris a Basel y dormitar con la cabeza apoyada en la ventana. Los campos verdes se sucedían unos tras otros entre mi abrir y cerrar los ojos, como por el visor de un View-Master.
Lea me había enviado una descripción con fotos y todo, de cómo llegar a su calle, encontrar la llave en un recoveco del buzón y acomodarme en su piso mientras esperaba a que él saliera del trabajo. Hay que decirlo: Leandro es bien conocido por ser un anfitrión estupendo y práctico. Adquirió experiencia y re nombre al montar en Montevideo (en la casa que compartía con otros tres chicos), dos, tres y hasta cuatro colchones para ofrecer amablemente a través de Couchsurfing a chicas necesitadas como mi hermana y yo; luego lo recibiría a él y a Gustavo en mi piso en Berlin (cuando ambos decidieron pasar dos semanas allí, sumergiéndose en el sudor de lo más profundo de la noche Berlinesa).
Abrí la puerta de su hogar como si fuera el mío y tuve tiempo de descansar un par de horitas antes del reencuentro (todavía estaba cansada por la noche griega con la CotiPoti en Paris). Cuando Lea abrió la puerta sentí esa cálida alegría que se tiene al ver a un amigo Americano. Supongo que sólo los Americanos lo pueden entender. Además, lo primero que hizo fue ofrecerme un pitito puro, como acostumbramos en nuestras tierras. Yo, que no suelo fumar casi nunca, acepté, confiando en la calidad de la hierba y la compañía. Después de darle un par de caladas al pitillo en un balcón acogedor que invitada a echarse y a mirar las nubes, mi anfitrión propuso salir de ahí inmediatamente a explorar la ciudad en bici. Me encantó su iniciativa. Aquí es donde comencé a aspirar grandes caladas de calidad de vida. Lea pedaLEAba fugaz sin mirar atrás, como si anduviera solo. Yo lo seguí lo más cerca que pude, sentí que me ponía a prueba. No seas boluda!, temía que me dijera. Nos detuvimos en el puente para contemplar el río y los lindos edificios color pastel. Raro mix de techos y ventanas (luego aprendería que el río tiene personalidad y cambia de color según el humor del día). Seguimos pedaleando. A veces Lea se detenía para mostrarme construcciones locas: me señaló algunos edificios contruídos por su estudio de arquitectos, hicimos círculos con la bici bajo el Neue Messe Basel, tomamos un vinito en terraza de Warteck mirando el atardecer y cuando oscureció, comimos risotto en una vereda al aire libre. Es muy afortunado llegar a una ciudad nueva y que un arquitecto te la muestre (y un milagro que suceda de forma consecutiva después del otro arquitecto con el que recorrí el norte de Francia!).
Me da risa la risa de Lea. Cuando algo le hace gracia (lo que es bastante frecuente a pesar de su talante medio serio), emite un sonido animalazo, parecido al de los cerdos salvajes que más tarde veríamos en Sardegna, en la tercera etapa de nuestro viaje improvisado.
Fueron fantásticos los días que siguieron. Me sentí en casa compartiendo con sus compañeros de piso. Todos super pilas, con muchas ideas en la cabeza, bien críticos, con mucha iniciativa y grandes ideales. Uno de los chicos era voluntario y co-fundador de una iniciativa para socorrer a refugiados: Be aware and share. La otra chica full social y comprometida con el futuro de la humanidad y el medio ambiente, pero no recuerdo qué hacía. En todo caso, todos un encanto. Una tarde hicimos juntos un paseo en bicicleta por una de las laderas del río. Es súper cool, está lleno de containers de colores, terrazas y estructuras a medio construir o destruir, al más puro estilo Berlín. Allí la gente toma cerveza o toma sol o ambos a la vez. Luego de dejar nuestras cosas en un punto, caminamos en dirección opuesta al caudal y saltamos al río para ser arrastrados unos 100 metros y llegar al lugar de origen. Con Lea intentamos aterrizar en una boya gigante. La corriente era fuerte y la boya como una ballena. Era un buen ejercicio para los brazos mantenerse ahí. Lea me ayudó a agarrarme, pero después de unos intentos absurdos por subir y algunas risas ahogadas, nos dejamos ir con la corriente. De hecho, hay gente que vuelve del trabajo a la casa flotando por el río! Simplemente meten sus trajes, corbatas y documentos importantes en bolsas herméticas y se van con todo el flow de vuelta a casa. Lea me cuenta que hay un día especial, el día “nacional” de Basel o algo así, cuando todos los ciudadanos saltan al río al mismo tiempo y se van todos con Flow! WOW.
Los chicos intentan convencerme de que Basel es la mejor ciudad del mundo. Todos exponen sus argumentos con estrellas en los ojos. Me burlo de ellos porque parecen sacados de una publicidad, pero justo un cisne absurdamente sensual pasa volando por sobre nuestras cabezas con atardecer perfecto de background. Les creo y me dejo llevar por el Flow.










