Reconocer, responsabilizarse y pedir disculpas
Sea al dormir o al despertar, hago un breve repaso de las cosas que hice a lo largo del día; me intento examinar, escudriñar. Siempre caigo en cuenta que tengo caleta de cosas por hacer y enfrentarme, que tengo que trabajar mi misoginia internalizada, y los privilegios que me fueron asignados a partir de mi identidad masculina. Que las cago en esto y esto otro, que pasé a llevar a esta o a este y en ese sentido hay que asumir las vergüenzas por los actos que cometimos.
No es sólo llegar y decir que uno es bacán y se deconstruye y listo, revolución. Este ejercicio es descarnado.
Pienso también en cuando era más pequeño y recuerdo que era harto misógino y homófobo en mi infancia. Si bien nadie nace con los zapatos de la conciencia que nos permitan ir por el mundo sin ejercer violencia, pero aún así es necesario asumir las responsabilidades y hablar de estos temas.
Y las disculpas, que si bien no arreglan lo ya sucedido, pueden dar espacio a construir otro tipo de relaciones, siempre que exista voluntad para ello.
Para avanzar en nuestra construcción como nuevos sujetos debemos ser valientes, dejar nuestra comodidad y asumir. Reconocer y responsabilizarnos.
Quizás este ejercicio nunca estará completo y esté a años luz de saber en qué momento he importunado, pasado a llevar, menospreciado, omitido y/o faltado el respeto a compas en general; y doy las disculpas por ello igualmente.
Disculpas por los aprendizajes de cola (que son misóginos) que he replicado; por mi comodidad ante muchas cosas y por la falta de valor que he tenido para enfrentarme a mi mismo.
Comprendo cuando las compañeras hacen espacios separatistas, porque es resistencia y porque por unos instantes se pueden reconocer y encontrar en espacios seguros, alejados de sujetos como nosotros.
A los hombres nos compete encontrarnos también y hablar sobre nuestra mierdisidad. Hacernos cargos de nuestras carencias para sentir, querer y cuidar; y para constituirnos en verdaderos aliados. Igual debo decir que me dan paja los espacios de hombres, pero rehuirlos es también ser cómodo.
Hay que hacerse cargo de uno mismo, y también hay que hacerse cargo de nuestro género.













