La brutalidad de crecer
Ser joven es increíble. Es divertido, es una oportunidad para hacer y deshacer, lo cual implica acertar y errar, pero a veces parece que equivocarse es exclusivo de la inocencia.
¿Y qué pasa cuando uno ya no es tan inocente pero tampoco tan maduro?
El trabajo, la academia, la familia, la vida demandan tanto y asusta no poder cumplir con las expectativas.
¿Y si no lo logro? ¿Y si no consigo ser perfecto?
Me he equivocado, lo reconozco, y se encargaron de recordarme lo lejos que estoy de ser quien quieren que sea.
¿Pero se acuerdan de mí? ¿Soy una persona que vive, acierta y se equivoca, o solo soy una serie de aciertos y errores?
La posmodernidad que nos empodera cuando tenemos menos de 30 es la misma que nos hace desechables y carentes de autenticidad. Es la misma que exprime nuestra creatividad y la misma que nos desamparará cuando envejezcamos.
¿Y si dejan de tenerme lástima? Porque a veces siento que vivo de eso, y es que seamos honestos: uno se asume adulto cuando le conviene.
Me escribí una carta al comienzo de la universidad, la cual cerré y volví a abrir hasta mis 22. Era tan ingenuo y arrogante. Estaba tan emocionado y seguro de mí. Me había prometido sobresalir y ser el mejor. Sabía lo que quería y sentía que todo lo podía.
Ahora que escribo esto me siento diferente. Distante de quien fui. Con algo de experiencia, pero con tanto por vivir y muchísimo para pensar.
El espacio de tiempo que comprende la juventud y el comienzo de la adultez es, en mi opinión, una prueba de vida brutal.
How long will it be cute, all this crying in my room? When you can't blame it on my youth And roll your eyes with affection
Pienso en voz alta, y qué
















