Y creiste, que ya se había ido, porque cuando estabas en el auto y viste a la camioneta venir hacia ti, ya no querías morir. Había un sentido, en ese entonces, una razón para terminar de cruzar la ruta, no obstante, con ella, quedar a mitad de la carretera, ya no parecía tan mala idea.
Porque cada vez que aparece, viene como una buena amiga, con ese sabor nostálgico, que te hace extrañarla. Pero cuando el tiempo pasa, comienzas a creer que esta vez, se esforzó más, que el pozo esta vez es más hondo, e igual así, no te importa, porque sabes que vas a salir de esta y como todos creen, nuevamente, solo es una exageración. Así que caes. Caes y caes. Y el show debe continuar. Porque qué pensaran todos cuando sepan de tus pensamientos, ¿eh? Dime. No son normales, y lo sabes. Qué fracaso, solo quiere atención; ayer estaba de lo más bien, no se puede poner mal de un momento a otro, seguro esta fingiendo.
Y no se lo dices a nadie, porque no quieres molestar, porque tus problemas no son tan importantes y porque esa persona, ya tiene a otra persona contándole sus problemas. Porque tú no tienes a nadie.
Cuando tu mejor amiga es la depresión, prefieres tenerla, a no sentir nada, en el momento que otro sentimiento aparece, no lo reconoces porque olvidas cómo se siente todo el arcoiris de emociones y es como tu galleta preferida, solo quieres de esa y no sabes que al fondo de la bolsa hay una mucho mejor. Y tiemblas de emoción, porque entiendes que otra vez caiste a sus redes y que esta vez, tal vez, y solo tal vez, no podrás salir, porque los nudos son más fuertes y las sogas más gruesas. Y al final, no estás tan incomodo, ¿sabes? Es un nido de nudos y sogas, pero ya estás a gusto y para qué cambiar si ya te acostumbraste.
Entonces, dime, por favor, porque yo no sé; qué hacer, cuando la autodestrucción comienza a ser atractiva.