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En carretera
Habían salido de casa unas horas antes, sabían que el camino era largo y debían llegar a su destino temprano. Eran esposos desde hacía tres años; aún no tenían hijos y se dirigían a Cuernavaca para visitar al padre de Edgar, —el cual llamó un día antes para decirles que no le quedaba mucho tiempo, ya que el cáncer estaba ganando la batalla—. Su padre, llamado Juan; había enfermado de cáncer de pulmón un año antes, a causa de fumar toda su vida.
Edgar conoció a Melissa en la escuela; él estudiaba Diseño Gráfico y ella Psicología. Cuando se graduaron decidieron irse a vivir juntos a Guadalajara.
Aquél día despertaron sabiendo que no era un día cualquiera, tenían un propósito, por lo tanto decidieron actuar seriamente. Recorrían en silencio la carretera cuando Melissa alcanzó a verlo, le avisó a Edgar y éste —a pesar de la prisa que llevaban—, detuvo el automóvil; allí, en medio de la nada. Bajaron deprisa y se situaron a unos metros de él.
—Imagina que fuera nuestro. —dijo ella.
—Podría serlo.
—¿Hablas en serio?
—Sí, si vendemos nuestra alma.
—¡Vamos!, no exageres.
Melissa lo observaba con mucha ilusión, pensando en los placeres de los que gozaría si lo tuviese; lo más hermoso que llegó a conocer. Edgar en cambio, dudaba de él. Pellizcó su hombro para comprobar que estaba despierto y en efecto lo estaba.
—¿Es muy lindo, no?
—He visto mejores.
—Me gustaría verlos.
—No tiene caso, a ti te gusta éste.
—¿Qué encuentras de malo en él?
—No lo sé, no me agrada.
— A ti no te agrada nada.
Edgar comenzó a pensar en su padre, había pasado solamente tres años sin verlo y todo había cambiado. Melissa por su parte, examinó el objeto más de cerca, sacó de su bolsillo su teléfono celular y tomó unas fotografías. Edgar volteó a verla.
—Tenemos que irnos. —dijo.
—Espera un poco más; esto es fabuloso. Nadie lo va a creer.
—Te espero en el carro —Edgar comenzó a caminar y agregó: —No tardes mucho.
Edgar tomó asiento y observó la carretera por un rato. En algún momento dejó de sentirse seguro, comenzó a dudar de sí mismo, de Melissa, de su padre, de su madre, de la vida, del automóvil, del silencio. Encendió un cigarro y dio una calada justo cuando su móvil comenzó a sonar. Era un número desconocido; apagó el cigarro rápidamente, lo arrojó fuera del carro y contestó.
—Hola, ¿quién habla?
—Edgar, soy Nancy, ¿dónde estás? —Su voz denotaba mucho cansancio.
Nancy era su hermana menor y aún vivía con sus padres. Una buena muchacha, siempre fue muy atenta con sus progenitores, por eso Edgar no se sentía mal estando lejos de ellos.
—En carretera, ¿qué pasa?
—Nuestro padre ha muerto. —Dijo sollozando.
El móvil de Edgar resbaló de su mano, cayendo contra el sillón del automóvil y rebotando a un lado de la palanca de velocidades. Una lágrima rodó por la mejilla derecha de Edgar, quien no podía creerlo. Entonces su inseguridad se apoderó de él; dudo acerca de Dios, de su existencia, de la carretera, del móvil, de su hermana. Levantó el celular para decirle a Nancy las últimas palabras que se le escucharon:
—Voy a verlo.
Edgar encendió el automóvil, pisó el acelerador y nadie supo de él hasta unas horas después; lo encontraron sin vida después de estampar el auto contra un muro de concreto que estaba unos kilómetros adelante. La escena fue espantosa; no se halló nada que explicara el por qué hasta que el teléfono —extrañamente intacto—, comenzó a sonar de nuevo.
Por su parte, Melissa decidió no tener ninguna pareja sentimental por el resto de su vida. Vuelve cada año a aquella carretera a observar aquél objeto con coraje, impotencia y un mísero respeto, aunque aún conserva la ilusión de tenerlo.
Dos con cuarenta y siete
Dos con cuarenta y siete.
La mayoría se ha ido, observo rastros de sangre en la alfombra y un jarrón roto al fondo de la sala. Hago una llamada por celular y nadie contesta.
Dos con cuarenta y nueve.
Estoy completamente solo. Paola me deseó suerte y Andrés no volteó a verme siquiera. Ahora yo rechazo la llamada. Me siento bien.
Dos con cincuenta y cuatro.
Quitar la sangre de la alfombra será difícil, bien me lo advirtió Brenda segundos posteriores al incidente. Lo dejaré para después.
Dos con cincuenta y ocho.
Encontré una nota en mi alcoba que dice lo siguiente:
“Miguel, está todo preparado, debemos irnos lo más pronto posible.”
La guardé en mi bolsillo.
Tres con seis.
Carlos debe estar llorando ahora mismo, donde quiera que se encuentre. Es una persona muy susceptible. María, en cambio, debe estar con David. Yo rechazo otra llamada y analizo el jarrón antes de botarlo a la basura.
Tres con catorce.
Nancy aparece en el porche de la casa gritando mi nombre. Abro la puerta y ella pasa rápidamente; ofrezco una bebida y ella pide un cigarro. Le entrego el cigarro y lo posa en sus labios, voltea a verme y comienza a llorar. El cigarro cae al suelo mientras yo trato de comprender qué sucede.
Tres con veinticuatro.
Nancy se calmó hace un par de minutos, me dijo que Miguel trató de asesinarla, pero no me explicó por qué. Dijo, también, que no puedo confiar en nadie de ahora en adelante.
Tres con treinta y uno.
Acepto la llamada. Es Andrés. Nancy me dice que no confíe en él y yo confío en Nancy. Finalizo la llamada antes de que Andrés pueda decirme algo.
Tres con treinta y seis.
Estoy bastante confundido, hablo con Nancy acerca de la nota que encontré en mi habitación. La extraigo de mi bolsillo y la coloco en la mesa.
Nancy asegura que Mariana fue quien la escribió.
Tres con cuarenta y nueve.
Llaman a la puerta y me levanto del sofá, Nancy corre a esconderse en mi recámara y yo abro la puerta. Es Miguel. Denota nerviosismo al actuar y está sudando. Lo invito a pasar a la sala y no acepta, argumentando que debe irse lo más pronto de la ciudad y sólo viene a despedirse. Le pregunto por qué tiene que irse y no responde, me muestra una fotografía de Mariana y se aleja sonriendo.
Cuatro con doce.
Nancy no ha dicho nada desde que le conté lo de Miguel.
Cuatro con veintitrés.
Recibo una llamada del celular de David; contesto y quien habla es Carlos, dice que no le queda mucho tiempo así que debo escucharlo con atención. Me llama para despedirse debido a que ha tomado la decisión de suicidarse y para dejarme en claro que no hay nada que lo haga cambiar de postura. Él finaliza la llamada.
Cuatro con treinta.
Nancy me ha confesado que Miguel no intentó asesinarla, pero recalcó que ya no puedo confiar en nadie. Me da un beso en la mejilla y sugiere que me vaya a dormir. Yo no pongo oposición alguna y me retiro a mi recámara.
Seis con cincuenta y dos.
Me he levantado de la cama porque escuché la voz de Paola y necesito que alguien me explique qué es lo que está sucediendo. Salgo de mi habitación y el alba ofrece la poca luz perceptible. Enciendo la bombilla que ilumina la sala y encuentro en el sofá a Andrés y a Paola.
Andrés se levanta y me lleva hacia la cocina, donde comienza a explicarme todo.
Siete.
Miguel y Mariana suscitaron todo lo ocurrido, diciéndoles a los demás que yo fui responsable de los desfalcos ocurridos el mes pasado en la empresa. Además, ofreciendo un millón de dólares a quien pudiese deshacerse de mí. Debido a que estaban concentrados únicamente en sus problemas, Carlos, David y María ni siquiera quisieron escuchar la propuesta.
Siete con doce.
No puedo asimilar lo que está ocurriendo, después de que Andrés me explicó todo, Paola apareció a mis espaldas apuntándome con una pistola semiautomática. Alcé las manos y Andrés me dijo que lo perdonara, pero necesitaban el dinero. Justo después de eso, sonó el disparo.
Brenda había aparecido con una escopeta recortada que le sentaba muy bien, atravesó el pecho de Paola antes de que ésta pudiera asesinarme. Andrés se tiró al piso a buscar el arma que llevaba Paola y yo volteé con Brenda, ella me lanzó la escopeta rápidamente y yo me encargué de Andrés.
Siete con dieciocho.
Brenda se fue y dejó su arma conmigo, dijo que la necesitaría y que la alfombra ya no tiene remedio. También me informó que Carlos mató a David y a María antes de suicidarse.
Siete con treinta.
Acabo de terminar una llamada con Nancy, esto fue lo que me dijo:
“Ellos deben estar muy tranquilos pensando que ya has muerto, pero creo que te he cuidado bien. Cuando los veas diles que Brenda y yo fuimos las culpables de los desfalcos. Y tú no te enojes, que tenía todo en mis manos. Están en el sureste, en Yucatán, tú sabrás encontrarlos.”
Nueve con quince.
Estoy en la central de autobuses, mi destino ya está impreso en el boleto.
Misantropía
Me siento triste y feliz.
Me siento a pensar pero no se me da mucho.
Me siento encima de las nubes cada que doy una calada, y me siento triste y feliz de nuevo.
Me siento en la esquina de mi habitación esperando a que regreses, pero no te has ido.
Yo doy otra calada.
Un aro perfecto sale de mi boca y me siento feliz, aunque debería sentirme triste porque ese aro puede matarme.
Así que ahora me siento triste. Extraño sentirme feliz.
Ya no quiero fumar. La última calada. Lo prometo.
Me siento a preguntarles a los demás cómo están aunque no me importe.
Me siento como una víctima contemporánea de la misantropía (o de lo artificial).
Me siento solo. Estoy solo.
Tú ya te fuiste y yo ya no te espero.
Me cansé de soñar y comencé a escribir.
Ahora sí, esta sí será la última calada.
Me siento en las nubes de nuevo.
Ya no me hagas esperar.
Mándame un mensaje diciendo que no vas a regresar nunca porque no sé contar chistes.
O porque sé contar demasiados.
O porque ya no te gusta lo que escribo.
O porque mi problema no es artificial, es misantropía.
Huéramo
Mi nombre es Juan Lamata y la historia que voy a contar está sucediendo ahora mismo en un pueblo llamado Huéramo, un lugar que no existe. Se destaca por sus hermosas construcciones barrocas y su paisaje, siniestro y callado, como una sala de urgencias. Éste lugar es muy pequeño, tanto que puedes recorrerlo todo en menos de dos horas, no preguntes qué transporte vas a usar, porque aquí sólo se llega caminando. Vas a darte cuenta de que llegaste cuando veas la Plazuela de Lamata, ésta es fácil de distinguir por su aspecto abandonado; con jardineras que desde hace años se quedaron sin plantas y una fuente disfuncional que alguna vez abasteció de agua a todo el pueblo. Enfrente de la Plazuela de Lamata está la Basílica de nuestra Señora de Huéramo, pero por ningún motivo debes entrar a ella hasta haber recorrido todo el pueblo. No preguntes por qué, lo sabrás en poco menos de dos horas. Cuando te sitúes justo enfrente de la entrada a la Basílica, gira a tu derecha y comienza a caminar hasta que encuentres un callejón a tu mano izquierda. Ése es el Callejón del Inconstante; allí comienza tu viaje.
Antes de que comiences, debes saber que durante el trayecto no puedes preguntarme nada. Yo te contaré todo lo que necesites saber acerca de Huéramo, como lo he hecho hasta ahora.
Huéramo, a pesar de ser un pueblo silencioso, no está deshabitado, puedes observar por las ventanas miradas furtivas que te acechan, alcanzas a escuchar el sonido de un piano al fondo del callejón que hace que tus sentidos se despierten, un cuervo emprende su vuelo chillando y se aleja rápidamente, dejando oír también el sonido de sus enormes alas en movimiento. Comienzas a percibir a la oscuridad de Huéramo como un grave problema y te acercas a una casa en la cual alcanzas a notar velas encendidas. Tocas la puerta y en menos de quince segundos atiende una damisela que te hace recordar Las Meninas por la basquiña acompañada de su guardainfante. Su vestimenta es oscura y te escucha atentamente cuando le pides una vela; asiente con la cabeza y abre por completo una antigua puerta de roble dejándote pasar, comienza a contarte dónde consigue las velas y tú no le haces caso, te lleva a una bodega iluminada en donde puedes ver su rostro, seco como la fuente de la plazuela y con lo que parece ser un injerto de piel en su mejilla izquierda, dudas que aquél injerto sea de piel humana mientras ella busca una vela para ti; cuando te la entrega —junto con una caja de cerillas— dice algo que a mí se me olvidó decirte:
“Debes darte prisa”.
Sales corriendo de aquella casa y llegas al final del callejón en un par de segundos, allí te encargas de encender la vela y al hacerlo notas un nido de ratas en la esquina que forman el Callejón del Inconstante y el Callejón Perecedero, escuchas el sonido del piano más claro y fuerte que antes y avanzas por el Perecedero. Notas un olor a azufre en éste callejón y lo recorres rápidamente, ignorando por completo el alrededor. Tu vela se apaga justo cuando termina el callejón, no alcanzas a distinguir nada hasta que la prendes de nuevo, entonces observas que has llegado a lo que parece ser un túnel, pero al acercarte notas los esqueletos humanos.
Debí advertirte de esto antes, Huéramo es un lugar que no existe porque nadie quiere que exista, tú estás en lo que puede ser tu juicio final. Vas a obtener lo que mereces, no lo dudo, porque no cualquiera llega a Huéramo. Si logras entrar a la Basílica volverás a tu lugar de origen, de lo contrario tienes dos opciones:
Vivir para siempre en Huéramo o morir intentando salir. Tú decide.
Saltas dentro del túnel y comienzas a luchar por avanzar entre los huesos y los escombros, te quedan exactamente cinco minutos cuando decido dejar de seguirte. Es inútil, estás muerto gracias a tus errores. El túnel tiene al menos veinte metros de longitud y aún faltan cinco callejones. Tú confiaste en una vela de Huéramo, yo jamás he sabido cómo las hacen pero sé que huelen a azufre y pueden dormir a cualquiera que esté cerca de ellas. Está difícil. Yo fui uno de los primeros en llegar aquí, no había esqueletos ni habitantes, me quedé por el remordimiento, para llegar a Huéramo se necesita cometer muchos delitos y yo jamás fui un hombre bueno.
Además, ya me acostumbré a las ratas y a la oscuridad, a las miradas furtivas y al sonido del piano que toca el Señor Inconstante. A aquél cuervo también, creo que llegó conmigo, cuando bautizamos la plazuela con mi apellido.
Si de salir sí se puede, yo he visto gente ir y venir.
Sino ya no cabríamos.