Huéramo
Mi nombre es Juan Lamata y la historia que voy a contar está sucediendo ahora mismo en un pueblo llamado Huéramo, un lugar que no existe. Se destaca por sus hermosas construcciones barrocas y su paisaje, siniestro y callado, como una sala de urgencias. Éste lugar es muy pequeño, tanto que puedes recorrerlo todo en menos de dos horas, no preguntes qué transporte vas a usar, porque aquí sólo se llega caminando. Vas a darte cuenta de que llegaste cuando veas la Plazuela de Lamata, ésta es fácil de distinguir por su aspecto abandonado; con jardineras que desde hace años se quedaron sin plantas y una fuente disfuncional que alguna vez abasteció de agua a todo el pueblo. Enfrente de la Plazuela de Lamata está la Basílica de nuestra Señora de Huéramo, pero por ningún motivo debes entrar a ella hasta haber recorrido todo el pueblo. No preguntes por qué, lo sabrás en poco menos de dos horas. Cuando te sitúes justo enfrente de la entrada a la Basílica, gira a tu derecha y comienza a caminar hasta que encuentres un callejón a tu mano izquierda. Ése es el Callejón del Inconstante; allí comienza tu viaje.
Antes de que comiences, debes saber que durante el trayecto no puedes preguntarme nada. Yo te contaré todo lo que necesites saber acerca de Huéramo, como lo he hecho hasta ahora.
Huéramo, a pesar de ser un pueblo silencioso, no está deshabitado, puedes observar por las ventanas miradas furtivas que te acechan, alcanzas a escuchar el sonido de un piano al fondo del callejón que hace que tus sentidos se despierten, un cuervo emprende su vuelo chillando y se aleja rápidamente, dejando oír también el sonido de sus enormes alas en movimiento. Comienzas a percibir a la oscuridad de Huéramo como un grave problema y te acercas a una casa en la cual alcanzas a notar velas encendidas. Tocas la puerta y en menos de quince segundos atiende una damisela que te hace recordar Las Meninas por la basquiña acompañada de su guardainfante. Su vestimenta es oscura y te escucha atentamente cuando le pides una vela; asiente con la cabeza y abre por completo una antigua puerta de roble dejándote pasar, comienza a contarte dónde consigue las velas y tú no le haces caso, te lleva a una bodega iluminada en donde puedes ver su rostro, seco como la fuente de la plazuela y con lo que parece ser un injerto de piel en su mejilla izquierda, dudas que aquél injerto sea de piel humana mientras ella busca una vela para ti; cuando te la entrega —junto con una caja de cerillas— dice algo que a mí se me olvidó decirte:
“Debes darte prisa”.
Sales corriendo de aquella casa y llegas al final del callejón en un par de segundos, allí te encargas de encender la vela y al hacerlo notas un nido de ratas en la esquina que forman el Callejón del Inconstante y el Callejón Perecedero, escuchas el sonido del piano más claro y fuerte que antes y avanzas por el Perecedero. Notas un olor a azufre en éste callejón y lo recorres rápidamente, ignorando por completo el alrededor. Tu vela se apaga justo cuando termina el callejón, no alcanzas a distinguir nada hasta que la prendes de nuevo, entonces observas que has llegado a lo que parece ser un túnel, pero al acercarte notas los esqueletos humanos.
Debí advertirte de esto antes, Huéramo es un lugar que no existe porque nadie quiere que exista, tú estás en lo que puede ser tu juicio final. Vas a obtener lo que mereces, no lo dudo, porque no cualquiera llega a Huéramo. Si logras entrar a la Basílica volverás a tu lugar de origen, de lo contrario tienes dos opciones:
Vivir para siempre en Huéramo o morir intentando salir. Tú decide.
Saltas dentro del túnel y comienzas a luchar por avanzar entre los huesos y los escombros, te quedan exactamente cinco minutos cuando decido dejar de seguirte. Es inútil, estás muerto gracias a tus errores. El túnel tiene al menos veinte metros de longitud y aún faltan cinco callejones. Tú confiaste en una vela de Huéramo, yo jamás he sabido cómo las hacen pero sé que huelen a azufre y pueden dormir a cualquiera que esté cerca de ellas. Está difícil. Yo fui uno de los primeros en llegar aquí, no había esqueletos ni habitantes, me quedé por el remordimiento, para llegar a Huéramo se necesita cometer muchos delitos y yo jamás fui un hombre bueno.
Además, ya me acostumbré a las ratas y a la oscuridad, a las miradas furtivas y al sonido del piano que toca el Señor Inconstante. A aquél cuervo también, creo que llegó conmigo, cuando bautizamos la plazuela con mi apellido.
Si de salir sí se puede, yo he visto gente ir y venir.
Sino ya no cabríamos.









