En las comparecencias ante los medios gráficos, los funcionarios royales deben mostrarse divos y distantes, buscando la iconicidad y la magia del poder. Para ello, los reales comediantes deben buscar poses que miren fuera de los focos, prescindiendo de la presencia de los camarógrafos, evitando pronunciarse sobre nada de modo improvisado, ateniéndose a una calculada ausencia frente al presente. En estos momentos deben encontrarse puntos de fuga entre los camarógrafos, a través de los cuales perder sus percepciones y, si no es posible por el agolpamiento de la marabunta gráfica, debe dirigirse la mirada justo a los hombros de los camarógrafos. Con ello se logra una personificación corpórea de la distancia regia que, a la vez, aísla al funcionario royal de la paranoica estructura de los "mass media" y refuerza la idea mitográfica de su persona en el sentir del populacho simple e infantil. Viene a ser un dominio de la economía de los afectos derivados de la fama, una gestión disruptiva del espectáculo mediático en el que tiende a convertirse, por naturaleza, la personificación pública de las reales figurillas. La monarquía es, así, una función pública de carácter escénico, que se desenvuelve mediante el lenguaje de los gestos y los símbolos presenciales, todo un mundo de falsedad impostada como medio para lograr el fin de pacificar la convivencia de la nación en torno a un ídolo. La iconicidad monárquica es, de ésta manera, un amplio terreno de posibilidades para la persuasión y la reconducción de las conductas de la masa voluble y facciosa encarnada en el populacho, siempre egoísta y tendencioso. Por eso las comparecencias públicas de los funcionarios royales son los momentos más sensibles para afianzarse o para perecer en el tormentoso y desquiciado devenir de las tendencias sociales de cada momento. Búsquense, pues, tanto la iconicidad como el divismo mágico, pero sin caer en el exceso extravagante y en la grotesca. Que así sea y, siendo así, que siga siendo.