El populacho debe tener abiertos los muros de la monarquía, pero no para traspasarlos ni para saciar su cotilla sino para aprender a conducirse manso como cervatillo en las paces de la bosqueda. Pues no puede pretender la real institución enamorar a la plebe dándola sus espaldas sin suspiro. La potestad regia ha de ser, a un tiempo, severa y clementísima, de misericordias muchas y de hazañas benignas, ostentarse de dominadora del reino pero recogiendo el fervor de las clases gobernadas. Debe ser magdalena y bernarda, bizarra jerusalémica pero transitoria con la poquedad del pueblo, que no alcanza las glorias de la sobrenaturaleza augusta de los monarcas. Vestida de las púrpuras reales, la majestad oficia de virgen para el populacho, aún cuando deba a éste las mieles y bondades de la prosperidad lograda por el trabajo, reposando feliz en el trono aún a resultas de la contemplación beatífica de su perfección en la golfería y la malversación, pero se vuelve así tan necesaria como los aires de la montaña que se divisa al fondo del paisaje. Pues tanto la monarquía como el populacho se equivalen mutuamente, al ser canoro canto cuanto proclama la voluntad regia de ella, y contemplación bien mirada de asomo la postura, si bien tosca, de las hordas plebeyas propias de él. Considérese así y lúzcanse tales principios por siempre y para siempre.










