¿Por qué a mí? Creo que por la misma razón que me llamó un amigo aquella vez. Pero en esta ocasión era solo un conocido, lo que empeora todo aun mas. Pues bien, el sujeto se me acerca y me dice que se enteró de que Caro está soltera, “conseguime más datos” me dice. Fue como recibir una gota de limón en el tercer ojo. ¿Por qué a mí? yo puse cara de “ ¿Más datos de qué? ¿En qué momento me convertí en tu cómplice? Aclarame bien ¿de qué soy cómplice?” (tengo una cara muy expresiva). Para calamidad de mi interrogador, desconoce que Caro es mi amiga, aunque el sujeto tal vez forme parte de la comunidad que defiende la idea precolombina de que la amistad entre el hombre y la mujer no existe, así que no se le ocurrió la posibilidad de que yo le deba más fidelidad a ella por amiga que a él por... ¿por qué? ¿por hombre? ¿por la hermandad de la masculinidad? menosculinidad por favor. Me acordé de cuando me llamó un amigo aquella vez, yo atendí el teléfono y me dijo simplemente lo siguiente: “tal día, a tal hora, vos y yo estuvimos estudiando juntos”. Y supe que tal día a tal hora él había estado con alguna dama que no era su novia, y su llamado era la manera que tenía para decirme que lo cubriera en su clandestinidad, cosa que por fortuna nunca tuve la necesidad de hacer, ni lo hubiera hecho tampoco porque después de aquello dejó de ser mi amigo. No quiero tener cerca a quienes me ponen en una situación incómoda ni mucho menos a alguien que no se hace cargo de lo que hace, involucrándome en su camino de ser una abominación. Yo los llamo mono sapiens: piensan, sí, pero como mandriles.
“Conseguime datos” me dijo el coso este, y siguió diciendo cosas peores, chistes de mal gusto, fue cavando y cavando cada vez más profundo hasta llegar a su hogar: el infierno. Y yo le puse caras a este conocido cuando intentaba involucrarme en aquella conspiración, no me interesaba, se lo dije con mi expresión, que siempre es el paso previo que utilizo para ver si me entienden antes de que me vea obligado a usar el filo de mi lenguaje, que corta y bastante bien cuando es necesario. Pero no entendió mi mensaje reprobatorio sino otro (creo que mi rostro no tiene subtítulos ahora que lo pienso), y me dijo “no, pará, yo te digo esto y capaz que vos también sos competencia”. O sea...
¿Competencia? Esa sola palabra dice que: aparentemente hay una carrera con varios competidores, y lo único que se necesita para ganar es correr más rápido que los demás, o ser más astuto, o hacer mejores piruetas en el circo. Todo esto, automáticamente, cosifica a mi amiga, ya que en ningún momento se contempla su capacidad de decisión, queda reducida a trofeo,a que simplemente tendrá que resignarse y aceptar como consorte al ganador de la carrera. Al que cace más dragones en su nombre. Algunos todavía viven en la Edad Media. Le dije que conmigo no cuente, que para su total tranquilidad no me interesa ni ella ni ninguna otra ahí adentro, que recién salí de una como para meterme en otra, y que desde mi punto de vista su competencia me parecía una repugnancia y además, siendo el mundo tan vasto, creía absolutamente innecesario y contraproducente estar complicándonos la vida justo acá y justo ahora, en este contexto, en el que, por si no se dieron cuenta, estoy hablando del trabajo.
Desde entonces cuando Caro es asediada en la vida por algún indeseable, yo le digo la palabra clave: maratón. Un competidor más, corriendo en una prueba inexistente. Porque cuando aquél hombre promedio, bien parecido (a un mandril), me dijo “también sos competencia”, me acordé de todos los que corrieron esa supuesta maratón antes que él. Desde un señor que etiquetó a Caro como un “ángel”, para luego asediarla por mensajes hasta el rechazo final, hasta el que antes de que ella comenzara a trabajar dijo que le agradaba tanto la nueva que iba a mudarse para nuestro sector la semana previa a su llegada para (cita textual) “calentarle la silla”. Por fortuna se calmaron, o se dieron por vencidos, o se contentan con el asedio estéril, después de tantas indirectas sin frutos, y de invadirle el espacio personal hasta el cansancio a la damnificada de turno. Es que, en algún punto, hasta los mandriles entienden, ya que, el otro punto, en el que ni los animales comprenden, no queda otra que llamar al 911.
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