A mi vida no entra cualquiera, al menos eso intento. Mi problema es que una vez que entran no salen más. Nunca tengo fuerza suficiente como para expulsarlos de mi cabeza. Puedo dejar de hablarte, puedo no verte nunca más, puedo borrar tu nombre de mi voz. El recuerdo ya es otro tema, tiene vida propia. Ya sea por amor, rencor, venganza, añoranza, nostalgia, hábito, rutina, ruina, por catástrofe o milagro, ahí se quedan. No olvido jamás. No expulso a nadie, lo que sí puedo hacer es irme de la vida de otrxs: eyección. Por lo general se trata de personas que acercaron su mano prometiendo caricias y en algún momento desplegaron sus garras para dejar cicatrices, ya sea por acción o preterición. Acepto las consecuencias del ataque y me voy cuanto antes, no me quedo a pelear. Directo al hospital, eso sí, a curar las heridas porque lo importante es la salud. Hospital es como llamo a veces a la mesa del Clash donde esterilizo con whisky arañazos en el corazón, rasguños en el alma, a veces multiplicados por zarpazos de la soledad que aprovecha el pasar de esta gente infame por mi existencia para ¡ZAS! mutilarme un cacho. Entro derechito todo roto y sobrio a la medianoche y salgo como nuevo zigzagueando a eso de las 3 o 4 a.m. Siempre que vivo un apocalipsis me digo “nada que no pueda curar un Jack Daniels y mi libreta de apuntes una noche cualquiera”. Casi siempre es verdad.
Acostumbradoalfindelmundolandia: linktr.ee/acostumbradoalfindelmundo












