El libro que lo inició todo
Siempre me gustó inventar historias —con las figuras de acción de mi hermano, con animales de plastilina que yo hacía o con dibujos. La idea para mí siempre ha sido contar algo.
Ahora escribo. Me he alejado del dibujo y de la plastilina, desde hace mucho dejé por la paz los muñecos que no me pertenecían. Ahora se trata de libros. Y hay uno que lo inició todo.
“Negrita”, escrito por Onelio Jorge Cardoso e ilustrado por Mauricio Gómez Morín, fue para mí el libro que puso la primera piedra. Tendría unos 11 o 12 años cuando tomé en mis manos un ejemplar muy parecido al de la foto. Misma editorial, misma portada. Probablemente la misma edición.
Mis maestras y maestros de primaria ya habían hecho la noble labor de leer cuentos ante la clase (por lo cual les agradezco infinitamente, dicho sea de paso), pero “Negrita” fue el primer libro que escogí por mi propia mano y comencé a leer sin ayuda. Antes de eso, no sabía en verdad lo que se escondía dentro de los libros.
El asunto ocurrió así: La biblioteca de la escuela era evento nuevo, o eso según lo que recuerdo. Consistía en un salón, perfectamente igual a todos los demás, en el que habían puesto unos estantes llenos de libritos. Tengo la vaga noción de que nos llevaban ahí una vez por semana, tal vez durante una hora o media hora; escogíamos un libro para leer ahí, luego lo regresábamos a su estante y volvíamos a nuestro salón regular.
Era mi último año de primaria.
Quién sabe qué me impulsó a elegir “Negrita” —quizá la perra pintada en la portada—, el caso es que la historia me enganchó y en las diferentes visitas a la biblioteca yo buscaba ese libro.
Mi pequeño drama de 11 o 12 años comenzó cuando hicimos algo (no muy bueno, supongo; reitero: me falla la memoria) y nos revocaron el derecho de estar en la biblioteca. Yo todavía no había terminado “Negrita”, pero estaba enganchada en ese texto de una manera que se repetiría muchas veces en años posteriores, con otros libros y otros autores.
Tenía que terminar esa historia. No existía otra opción. Si no lo hacía, ese libro me atormentaría por el resto de mi vida —o cuando menos eso pensaba.
Por última vez le permitieron a mi clase entrar en la biblioteca, aunque no para permanecer allí. Debíamos elegir un libro y llevaríamos únicamente ese texto a nuestro salón regular. Pasado el tiempo asignado para lectura, lo devolveríamos a su sitio.
Sobra decir que de inmediato busqué el libro de mis delirios y me apresuré en volver al salón y leer lo que me faltaba. Corría contra reloj. Ésa era mi última oportunidad de saber cómo terminaba la historia. Ya no volveríamos a la biblioteca, yo dejaría esa escuela dentro de poco y no concebía en mi mente otra forma de acceder a ese libro. Recordando: Eran los días previos a que el internet se volviera algo común. Y aunque hubiera tenido conexión a internet en mi casa, no hubiera sabido que el libro podría encontrarse allí y ni siquiera cómo buscarlo.
Unos pocos años después traté de localizar “Negrita” por medio de San Google, perseguida por el recuerdo de esa historia, y no la encontré. Acabé con un fragmento aquí y un mail infructuoso allá. Se supone que puedes encontrar todo en la red, pero en esa ocasión yo no hallé el libro que anhelaba, causa de mi incompetencia o de que internet todavía estaba en sus primeras etapas de crecimiento, no sé.
De cualquier manera, recuerdo bien ese día de la carrera contra reloj, en mi salón de primaria, con el libro inconcluso sobre la butaca. Había ruido en torno a mí e (imagino) un mundo de cosas pasando en derredor. Yo sólo tuve ojos para “Negrita”, oídos y concentración para ese texto. Me hundí en él. A lo mejor nunca logré salir. Era mi meta terminar la historia antes de que la maestra dijera: “Ya. Listo. Hora de regresar los libros a la biblioteca.”
A fin de cuentas lo terminé a tiempo.
Experimenté una sensación de plenitud y saciedad que no recuerdo haber sentido antes. Algo se había completado, algo se había cerrado. Paradójicamente, eso abrió las puertas para los otros libros que vendrían luego: En la saciedad de haber terminado ese libro encontré el hambre que me ha impulsado a devorar otros tantos.
Cabe recordar que mi miedo era no acabar “Negrita” y que la historia me atormentara. Bien pues, lo terminé y de todas maneras me persiguió. Por eso lo busqué en internet tiempo después, por eso lo compré sin dudar cuando pregunté por él en una librería y me dijeron que sí lo tenían (ya saben: misma edición, misma cubierta…).
Pasaron unos ocho años desde que lo leyera en primaria y lo volviera a encontrar y comprar. En el intermedio hubo otros textos: El primer libro que le pedí a mis padres era algo de Tolkien, los primeros que me regaló mi papá llegaron de la nada (no era ninguna fecha especial), el primer libro que compré con mis ahorros probablemente sigue en mi colección, mi hermano alimentó mi fascinación por Stephen King, una Navidad envolví para mí misma “The Shining”… Y así se han movido las cosas.
Creo que de una u otra forma hubiera acabo aquí, produciendo libros y leyendo libros. Si no hubiera sido “Negrita”, habría sido otro el libro desencadenante. El hecho, tal como pasaron las cosas, es que “Negrita” fue ese libro que lo desató todo. Ha sido un viaje muy interesante, que volvería a recorrer con gusto. Y estoy en deuda con Cardoso y Gómez M. por haberme iluminado el primer pedacito de la senda.
Pregunta para los lectores: ¿Cuál fue el primer libro que ustedes eligieron? ¿Cómo fue la experiencia?