Solución alterna
Diluya su conciencia a una concentración nula.


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Solución alterna
Diluya su conciencia a una concentración nula.
Periodicidad de una constante
Sobre la oxidada baranda del puente peatonal llevaba sentada por lo menos media hora. Eso le había hecho saber el vendedor de periódicos al hombre que, a cambio de la información, le compró el diario de la tarde. -Yo creo que está pensando en tirarse -concluyó el periodiquero-, pero esas cosas no se piensan. El hombre no pudo añadir nada más a la conversación, ya se había puesto el rojo y comenzado el aullido de "Siglo" desde el cruce que los automóviles descuidadamente pisaban. Por ello se construyó el puente peatonal. Después de leída la primera plana del día el hombre bufó. -Sí, yo también me tiraba con estas noticias -no se iba tirar, ni se iba a morir, eso no le iba a pasar a él. El hombre debía volver a casa, le esperaba su mujer con la comida y con un poco de suerte hoy los niños dejarían la televisión y los llevaría a pasear en el parque donde él creció. Subió el puente con temor. Que se muera en otro rato y no se le ocurra justo cuando vengo aquí. Cruzaba el puente con la mirada fija en ella, incluso cuando volteó a verlo. Qué bella, ojalá no se tire. -Hola -dijo la mujer con la ligereza de saludar a un niño, con esa inocencia de niño que también uno tiene al saludarlos. -Hola -se detuvo al hombre borrándose el miedo para contestar con extrañeza de su confianza. Volvió a ver si no había nadie más a quién saludara en vez de a él. La vergonzosa experiencia ya le había ocurrido en alguna ocasión. No había nadie más en el puente. -Qué bello es el día, ¿no lo crees? -comentó la mujer mientras regresaba su vista al horizonte. El cabello le voló por un instante a causa del viento. Vaya que sí. Ese día había estado nublado; no había hecho el calor de los días anteriores y hacia el cerro se miraba como el sol descendía cada vez más rápido a terminar el día. El hombre se quedó mirando esa imagen por unos instantes hasta que adquirió conciencia de sí. Continuó caminando sobre el puente, y sus pensamientos lo fueron deteniendo lentamente hasta empezar a avanzar para atrás. -¿Está usted bien, señorita? -le dijo con un dejo de preocupación ya estando de nuevo junto a ella. -Nunca he estado mejor -contestó con una sonrisa en su rostro y la mirada todavía perdida en el horizonte. El hombre no supo qué hacer después. No podía seguir e ignorarla, le recordaba la tarde que había visto a su hija con los tacones de su madre y se había imaginado cómo sería una bella joven en unos años no tan lejanos como quisiera. Tampoco podía ayudarle más. Nunca ha estado mejor. Seguía pensando en qué hacer siguiente cuando la mujer lo invitó con la mirada a sentarse con ella sobre la baranda. El hombre solo se quedó de pie, apoyado con las manos del tubo corroído de lluvias y sudores incontables. Ni recordó el periódico que ya se había esparcido por el bulevar. El viento había continuado, tal vez fuera a llover. -¿Puedo preguntarle qué hace aquí? -preguntó el hombre con seriedad. -Admirando el paisaje, por supuesto; tratando de imaginarme, también, que dentro de todos esos autos hay personas adentro, y que tienen sus vidas más o menos interesantes, sus perros chihuahua, sus sesiones de baile reductivo, sus cocinas eléctricas y de vez en cuando tienen atardeceres. Lo estoy viendo por ellos. El hombre se había quedado viendo también al cerro. El contacto visual con la mujer era algo que parecía no iba a conseguir y mejor siguió su mirada como si también en esa dirección pudiera ver lo que estaba pensando. -Desde abajo parecía que estuviera midiendo cuánto tardaría en caerse. Tiene al periodiquero preocupado -dijo el hombre ya con alegría de librarse de un posible pecado de omisión. La mujer se rió un poco. -Que no se apure: Muero hasta mañana -anunció la mujer con la misma ligereza con que llevaba toda la conversación. El hombre se exaltó-. No lo piense, hombre -añadió la mujer al darse cuenta-. Vine aquí a despedirme, ya todo lo he terminado. El hombre no habló. Si pudo haber pensado que era una broma, una metáfora de la muerte inevitable, ya lo había dejado de hacer. -¿Mañana?... Qué desdicha -dijo el hombre con voz baja por la tristeza de la noticia. -No, señor, al contrario. Qué dicha haber vivido. Que si acaba es porque empezó. El hombre no prestó atención a lo que dijo. Se había hundido en sus pensamientos. ¿Y si mañana muriese? No, eso jamás. La idea le había bloqueado los sentidos. Hasta ese día la muerte no era para él, pero ahora se le ocurrió pensar en la suya por primera vez. No. Todavía me faltan muchas cosas, eso no me va a pasar. Regresó su pensamiento de vuelta al puente, ya las nubes habían cubierto lo que faltaba del sol para que fuera de noche y el viento se venía cada vez más fuerte. El hombre se quedó ahí por diez minutos sin decir una palabra. Pensaba en qué decirle a la mujer, pero rechazaba cualquier idea. Ahora lo atormentaba la muerte propia. Cansado de pensar se volvió al extremo del puente y comenzó a caminar. Ya es tarde. No tarda mi mujer en marcar. Con esa frase su mente empezó a correr como de costumbre y se bajó del puente sin responder a la despedida de la mujer. Llegó a la casa. Tuvo su cena de costumbre. Los niños no soltaron los controles del videojuego y él se llevó a pasear al perro. Llevaba ya dos vueltas a la plaza cuando se soltó la tolvanera. Regresando a casa recordó brevemente a la mujer. Soltó la correa del perro en la niebla térrea cuando recordó: Le había dicho “Hasta luego”
Autómata
El doctor recibía consulta desde que entraba al edificio de su consultorio en el mediodía hasta que se despedía del guardia a la noche. Esta era de bonanza económica había comenzado desde que publicó su libro El autómata. El doctor ya había dado conferencias sobre el tema, pero no fue sino hasta la publicación del libro que lo explotaron antropólogos, filósofos, filántropos y, en general, todo el que pudiera leer las primeras diez palabras, que eran las que se citaban en los ensayos.
Cualquier día, la primera mujer en consulta fue una mujer que sudaba por la ansiedad de que ya llegara el doctor, había leído un artículo en el periódico/revista/internet que la tenía aterrorizada. La nota mostraba en forma de lista unos cuantos de los muchos síntomas del autómata. Lista que no discriminaba actitudes de actividades ni superfluidad de cada una; aunque muchas de las veces el doctor tenía que concordar con el medio sensacionalista que no decía algo que textualmente el rechazase, pero connotativamente despreciaba. “Sentimiento recíproco” añadía él. La mujer dio la nota al doctor. Él la leyó acostumbrado a las manipulaciones hermenéuticas de su teoría en los medios, esperando a que la mujer, como todas las demás personas que habían venido antes, aunque no lo dijeran, comentaba a media voz “Doctor, creo que soy una autómata”. La mujer soltó un par de lágrimas durante sus palabras entrecortadas por su angustia. El doctor con seriedad y confianza en su comportamiento le preguntó “Señora, ¿a usted le interesa ser autómata?”. La señora con una expresión de culpabilidad le contestó “No, yo quiero ser una mujer libre”. El doctor, con una sonrisa ya muy ejercida, pero todavía creíble, dijo “Entonces vaya a su casa, que no es una autómata”. La mujer tomó su bolso con alegría como sabiéndose milagrosamente salvada de una enfermedad crónico degenerativa incurable, pagó la consulta y se marchó.
El libro comenzaba “Hay dos tipos de personas: Las libres y los autómatas”. La mayoría de los lectores hasta ahí se quedaban; con esa cita que el mundo entero se aprendió de memoria y muy pocos hombres libres entendían. El descubrimiento que se hacía era uno fascinante. Al menos lo era para los hombres libres porque, así como el terminaba cada conferencia en el tema, “Todo esto los autómatas siempre lo han sabido”. Más de la mitad de las ocasiones después de esa frase y una serie de aplausos alguien le preguntaba “¿Y por qué no nos lo habían dicho?”. El doctor siempre contestó igual, al principio enfadado, pero eventualmente se acostumbró a su decepción y más bien entreteniéndose con la respuesta de “Llevo dos horas explicándoselo”. Se apagaban las luces del escenario.
Una tarde muy igual a las anteriores, el doctor se preguntaba si alguna vez llegaría a conocer otro autómata, desilusionado por toda la gente que había sido maniatada por una mala interpretación de sus palabras. Se lo preguntaba, se decidía ir a buscar al único auténtico autómata que había conocido; pero él mismo se replicaba “jamás lo voy a encontrar”. Esa discusión también la había tenido las tardes anteriores. Al menos empezaba y concluía igual. Aquella tarde casi igual llegó un joven de quince años, sus padres lo habían llevado frenéticos después de haber visto un documental de televisión sobre los autómatas. El doctor lo atendió con su simpatía acostumbrada, pero el nihilismo con que el muchacho se comportaba despertó en él la inquietud. Tal vez este sí era un autómata. Le revisó por casi toda la hora en una sesión de preguntas improvisadas, pero efectivas, que había elaborado. La mano del doctor temblaba mientras formulaba la última interrogación. “¿Has pensado en el suicidio?” , preguntó osadamente el doctor y en esa cuestión de dos posibles respuestas, él esperaba la tercera. La esperaba como si fuera a recobrar el honor que el mismo se tenía. El chico se retrajo las mangas, y lacrimando trató de articular un sí, que el doctor ya había resuelto al ver las cicatrices. Sonó la campana, acompañó al joven a la sala de espera, dijo a los padres que no era un autómata, pero igual lo llevaran el día siguiente y regresó todavía impávido al consultorio sin recibir a nadie más por ese día. El muchacho no llegó al día siguiente.
Al funeral del doctor acudieron todos los artistas, pensadores y científicos de su generación. Alcalde, gobernador y presidente dieron las condolencias a la familia personalmente. Durante el discurso de la esposa, mujer tenaz y también tierna, una de las hijas del doctor, devastada, pero siempre curiosa por naturaleza como el padre, dijo al aire “El último deseo de papá era encontrar un autómata”. La niña tomó su robotito de juguete y con voz eléctrica se contestó “Lo sé”. “Debe ser terrible morir sin cumplir tus sueños” dijo la niña en una batidera de mocos y respiraciones forzadas quebrando en llanto. El robot que había comenzado a hablar a la par que la hija del doctor había comenzado a leer el libro de su padre contestó “tal vez”. El doctor estaría orgulloso.
La incertidumbre del cero
No hubo una vez nada. Supongo.
Falacia ad consequentiam
Observa. Se dice observa porque ver es demasiado superficial, que además supone usar solo el sentido de la vista; y el proceso cognitivo que implican mirar y contemplar son de otra índole más pasional que la observación rechaza imponiendo una obsesión que mejor se ajusta a la experimentación del método que al desarrollo de las ideas causales.
Hipotetiza. Del verbo hipotetizar en imperativo de la segunda persona informal del singular en presente simple. (Si hipotetizar no es aceptado como verbo, pero si lo llevan a cabo, bendita su mente que se enfrenta a la contradicción.) Es imperativo también que sea una estructura informal, cercana al lector, como si cualquiera de nosotros mortales pudiera elaborar una hipótesis más o menos sólida dentro de los estándares empiristas luego de un, a veces desinteresado (porque la obsesión también se acaba), "observar".
Experimenta. Este siendo el apartado más interesante del método, puesto que arroja al individuo a la práctica de la idea que haya sugerido, y es durante este proceso -que, además, implica la representación de la data obtenida- que el individuo se vuelve un científico. De la ciencia y por la ciencia. Probando una y mil veces con las más variables que se le ocurra el mismo evento para poder desarrollar como válida o no, dentro de su carácter inductivo y comprobativo, pero jamás demostrativo, la hipótesis producto de la observación.
Concluye. Es decir: haz saber al mundo tu descubrimiento, o no sería conocimiento. Afirma que todo lo que sube ha de bajar, que una acción tiene una reacción opuesta, pero igual, que la energía no se destruye ni se crea y llámales leyes como las de los reglamentos que están para romperse porque surgen de la consecuencia y no de sus principios, que finalmente no importan porque el método científico propone quitar la etiqueta de mentira de las proposiciones y jamás averiguar por qué son la verdad.
Después de leerlo se quedó en la última palabra, regreso a la primera, se quedó observando la verdad, no se le ocurrió nada bueno la primera media hora, pero igual se puso a jugar experimentalmente con ella y concluyó afirmativa su improvisada hipótesis: que era verdad la verdad, al menos científicamente.
Un sujeto, la zorra, el conejo y la lechuga
Un sujeto (porque está realmente siendo sujetado por la ficción definida por el autor del acertijo) se encuentra de pie mirando hacia el frente; junto a sus pies tiene a sus mascotas: una zorra, un conejo y una lechuga, tres eslabones clásicos de la cadena trófica, que niegan su naturaleza instintiva junto a su amo; a unos pasos de él se encuentra un río que corre perpendicularmente a la extensión de su mirar. Es un río ancho y profundo, imposible de cruzar nadando ni él, ni la zorra, ni el conejo todavía con vida; la lechuga tal vez. Con el objetivo de terminar los cuatro en el otro extremo del río, el sujeto va a cruzar (no debe cruzar, ni desea cruzarlo, pero lo va a hacer) el río en cuestión con un bote de remos en el que solo puede ir él y una de sus mascotas, o el peso hará que el bote se hunda justo en la grieta que permite que el agua entre llenando de más peso el bote hasta que solo cargue agua dejando lo demás regado en el río. (Esto evidentemente no ocurrirá por una de dos razones: o el sujeto está planeando la estrategia ganadora que debe definir para no hundirse y llegar al otro lado del río con sus mascotas vivas como inicialmente fue su ficticia consigna, o simplemente es el personaje de la solución del acertijo destinado a cruzar por su naturaleza. (Antes vinieron otros sujetos que si se hundieron probando todas las formas en que esto no se resuelve, como aquél que dejo juntos a la lechuga y al conejo mientras dejaba a la zorra del otro lado y que cuando volvió, la lechuga se había devorado al conejo)). De dejar a la zorra y al conejo solos mientras rema, la zorra se comerá al conejo; de dejar al conejo y la lechuga solos, el conejo se comerá la lechuga; de dejar a la zorra y a la lechuga solas, no ocurrirá nada (esta vez).
Por esta última sentencia el sujeto debe llevarse inicialmente al conejo al otro lado del río (recordemos que es un sujeto y no puede pensar en conseguir otro bote, reconsiderar su consigna o analizar el valor dispensable de sus mascotas). Dejando al conejo del otro lado del río va a regresar remando él solo, lo que le tomará más esfuerzo por la ayuda que antes el conejo le proveía. Viendo a la zorra y a la lechuga en el primer lado del río tomara la que él vaya a tomar, la cargará al bote y remaran juntos hacia el conejo que de ser abandonado será comido o comerá; por lo que debe tomar de vuelta al conejo en el bote y regresar al lado inicial del río a dejar el conejo y tomar lo que haya dejado para llevarla al otro lado donde estarán ahora la lechuga y la zorra. El sujeto remará hacia el conejo, lo trepará al bote y juntos remarán al otro extremo del río para estar finalmente los cuatro del otro lado como se había propuesto.
(Acabada la solución del acertijo el sujeto puede volver a su forma de hombre, la zorra puede comerse a la lechuga si le place, el conejo podrá salir huyendo hacia un refugio que considere seguro, la lechuga permanecerá inerte en su existencia siempre inerte y el hombre se arrojará al río al haber sido sometida su existencia por el autor. El bote llegará a otra orilla del mismo río donde lo espera otro sujeto, un lobo, una gallina y un enorme maíz.)
El dilema del encierro
Hombres y mujeres fueron despertando uno a uno dentro de sus respectivas limitantes para poder salir de ellas. Hubo quienes no lo lograron, pero desprecia estos casos.
El primer hombre en despertar pensó de la siguiente manera: Estoy encerrado en este cobertizo pequeñísimo. Antes no estaba encerrado. Por lo tanto tuve que entrar aquí de alguna forma; y ya que hay un forma de entrar… El hombre tomó el foco que iluminaba el recinto desde una de las paredes; lo giró como una perilla y empujó la puerta hacia afuera.
El segundo hombre en despertar pensó de la siguiente manera: Estoy encerrado por estos muros y el techo. Si antes de darme cuenta de estar aquí no había ni muros ni techo es porque tuvieron que construirse alrededor mío; y tuvieron que construirlo de forma rápida, por lo que… El hombre se colocó frente a uno de los muros y con sus manos lo derribó con solo apoyarse sobre él.
La primera mujer en despertar pensó de la siguiente manera: Nada veo a mi alrededor; o mi cuerpo está depositado en un lugar confinado o simplemente me he olvidado de cómo abrir los ojos. No puedo saber cuál de las opciones es la verdadera, pero no siento más que el piso; así que si no hay nada alrededor… La mujer avanzó lentamente por la oscuridad hasta que atravesó uno de los muros sin darse cuenta hasta que abrió los ojos una hora después.
El tercer hombre en despertar pensó de la siguiente manera: No puedo saber dónde estoy, pero a sabiendas de que estoy de una forma u otra, puedo estar como quiera apelando a mi libertad; tanto así que puedo decidir en dónde… El hombre apareció fuera de su espacio cerrado sin saber que había estado allí antes.
La segunda mujer en despertar pensó de la siguiente manera: Si estoy limitada por un espacio cerrado, lo que hay fuera de este lugar me es inalcanzable, y me es tan inalcanzable que mi único espacio debe ser… La mujer se quedó de pie mientras el espacio se volteaba de adentro hacia afuera quedando ella fuera del nuevo espacio cerrado, y dentro quedaba lo demás.
La tercera mujer pensó de la siguiente manera: Dado que estos muros solo existen en mi pensamiento, no habrían existido si no los hubiera pensado; tal que si dejara de pensar que están ahí… La mujer permaneció en su lugar cuando los muros se desvanecieron en el aire.
Los demás hombres y mujeres salieron más o menos de la misma forma. Además de los que murieron de inanición y salieron sin haber pensado que saldrían de una forma u otra; hubo quienes pensaron de la siguiente manera: Estoy donde debo y cuando debo porque todo funciona así. Así que simplemente no estoy encerrado… Los hombres y mujeres se quedaron adentro, pero sabiéndose que habían salido.
El dilema de todo esto no viene a ser la forma en que cada uno salió ni el genio maligno que los abdujo en este encierro metafórico del que hablamos. El dilema, pues, viene a ser que los hubo quienes nunca salieron, y que de los pocos que salieron, no hubo uno que pudiera salir del nuevo encierro.
La otra realidad
Habiendo partido de la misma realidad de la que todos nosotros provenimos, una cantidad definida de héroes de la razón se dieron a la tarea de aventurarse fuera de su realidad para poder resolver los problemas metafísicos que sus teorías conllevaban. Cada uno tardó un tiempo distinto en encontrar la forma de salir de su forma de sujetos hacia la otra realidad donde no los sujetaría nada o al menos nada cognoscible.
El primero de estos héroes terminó por ver que aquella realidad no existía; que era una ilusión y nos tocaba vivir en nuestro mundo imperfecto sin opción alguna. Los demás le aceptaron su rendición y conciliaron que si la razón era tan perfecta como para armar tales argumentos; era porque la perfección existía, y estaba en cada uno de ellos. Tenían que encontrar la otra realidad en sí mismos.
Mucho tiempo después hubo algunos héroes que, cuestionando el pensamiento anterior, pensaron que su realidad estaba limitada continentalmente y que tenían que zurcar el océano para encontrar las otras realidades. Los demás hombres pensaron que si expandían su espacio solo iban a hacer crecer la misma realidad, y no llegar a la otra como lo habían pensado; por lo que buscaron en todo el orbe algo que no estaba allí. Todavía después hubo quienes supusieron que la otra realidad se alcanzaba hundiéndose en los océanos o flotando sobre los cielos, estos siendo menos que los acuáticos y más reconocidos; aunque solo vieron que a pesar de nuevas leyes naturales, seguía siendo la misma realidad extendida.
Viendo los resultados de los héroes anteriores, hubo unos pocos que asimilaron que la otra realidad no existía, sino que había una sola y ya estábamos en ella. Este héroe vino a discutir por tantas eras con la escuela del primer héroe desertor, que los otros héroes vinieron a saber que toda aquella lucha era lo peor de su realidad y que, por lo tanto, ninguno de los dos podía tener la razón.
Los héroes que quedaban sin resolverse se retiraron finalmente donde cada uno, por cuenta propia, concibió que ellos no estaban en una realidad natural, sino que habían sido arrojados allí y que aquella otra realidad es de donde provenían las conciencias. Cuando descubrieron esto último, hubo mucha gente que trató de darle forma alcanzable a través de la ciencia, del arte, de la filosofía o la religión. Sin embargo solo ellos podían aceptar que todos los anteriores tenían razón y que la otra realidad no era más que definida por cada conciencia; defendiendo así, las soluciones a todos los problemas, de donde el más grande de ellos solo pudo ser resuelto por los últimos héroes de la razón: que no es una sola la otra realidad.