Bien se dice que uno no escoge a la familia. Uno nace de ella y su principio se forma en ella; son nuestros parientes los primeros en hacer algo de nosotros, algo más que un bebé con potencia de todo. En mi caso un bebé nacido de madre soltera con potencia de huérfano. No se crea que tengo yo rencor guardado hacia ella, no. A esa mujer que es mi madre no la conozco ni mucho menos sé quién es el tipejo que la violó. Tampoco le tengo rencor al tipejo, le digo así por puro cariño. Incluso, podría decirse, que le agradezco su crimen. Afortunado fui, debo añadir, no sé cuánta gente sufra por ello y por eso no me incomoda, pero siempre me causa reproche cuando me voltean a ver así como usted que cree que estoy defendiendo a un criminal, malditocerdomisógino, infelizdesgraciado, hijodesupinchemadre. Yo no sé lo que sea bueno, ni me importa y deje de mirarme así que usted fue el que quería saber de mi familia.
Ahora me dice que eso no es familia, no sí es familia, bueno, sí, pero no. Quiere saber de mi familia adoptiva. Cabe hacer la aclaración, porque no se vayan a confundir que he sacado algo yo de mis padres adoptivos. Lo que tengo yo de mis padres adoptivos lo adopté también yo de ellos. Tenían fotos mías de chiquito en las paredes, no me avergüenzan, salgo encuerado en la tina o en pañal en la cuna, malo fuera que me tuvieran de esmoquin así como tiene usted a ese niño del cuadro. Su hijo, por supuesto. Seguro que es biológico, porque si fuera adoptado no le haría eso a la pobre criatura que no sabe lo que le hacen.
De esas fotos que le mencionaba no recuerdo realmente lo que ocurría, ni los cumpleaños, creo que también quería estar desnudo durante ellos, qué mejor forma de celebrar mi nacimiento. Ah, sí, mi familia; pues de repente supe que me cuidaban, que me dejaban con mis abuelos (adoptivos también), con la vecina, con la señora de la guardería, con sus amigos, mis primos (adoptivos). Todo ese lío de gente también me adoptó durante algunas horas. Me enseñaron muchas cosas, algunas preferiría no haberlas sabido, pero qué se le va a hacer. El punto es que hicieron mucho de mí antes de que pudiera ser algo.
Mis padres trabajaron toda su vida, no se quisieron jubilar cuando les llegó la edad sino hasta después de que mi padre enfermó, mi padre tuvo que salir de trabajar para cuidar de mi padre en el hospital, en fin, los dos enfermos, los dos habían dejado de trabajar finalmente, y cuando mis padres estuvieron todo el día en casa fue cuando fallecieron. Los extraño todavía, tanta libertad que me dieron, eso es lo que más les aprecio, la libertad. De ellos fue de quienes más aprendí y de quienes más soy todavía. En el funeral de ambos dije y sostengo que no era triste su muerte, que lo verdaderamente triste, en todo caso, sería que nunca hubieran nacido. Antes de irse me dejaron educado, sano, crecido, y hecho lo que soy ahora. Claro, en eso último todavía tuvo que inferir mi mujer, que cómo me cambió.
Entonces quería saber de mi familia como en la-familia-que-yo-formé. Eso es seguramente más fácil de preguntar que el nimio “Hábleme de su familia” que usted me planteó al principio. Familia, qué extraño vocablo, ¿no le parece? Porque se ha hecho de él lo que uno ha querido, y la familia ha sido siempre una, porque como usted se ha dado cuenta, le he seguido hablando de la misma familia; y todavía me falta más, que es lo que usted quería saber.
A mi mujer la conocí en el día más desgraciado de mi vida: mi primer día en mi primer trabajo. Qué horrible es ser esclavizado bajo el yugo del burgués capitalista, qué jaula más de oro que el propio dinero. Ella estaba en el módulo de ventas, apenitas la alcancé a ver a través de una puerta gris durante el recorrido de la empresa, larguísimo calvario, y con el más fatal de mis destinos de llegar a un ordenador gigante del noventa y ocho para capturar una habitación llena de formas y hojas amarillentas que pasaron a máquina hace una década, porque todo se va haciendo más obsoleto. Les adelanto la historia: me corrieron tres años después por la misma razón.
La primera vez que hablé con la mujer que después se volvería mi esposa y madre de mis hijos, supe que ese era el papel que iba a desempeñar en mi vida. Estábamos en la cafetería de la empresa, ella sentada en una banquita hablando con una de sus vecinas de cubículo. Desde que atravesé las puertas escuché su voz con nitidez, como si estuviera hablando en frente mío o detrás de mí. Volteé agitado a buscarla en ese lío de gente a la hora de la comida, y la vi mientras se reía con timidez hasta no aguantarlo y carcajearse cubriéndose la boca. Después de comprarme mi lonche respectivo me senté en una de las mesas cercanas a la suya. Eran mesas de dos personas, pero no me importaba estar solo. Después de todo, su aguda voz la atrapaba como si me estuviera hablando a mí. Solo escuchando su timbre y tono, sin realmente importar lo que decía fue como me terminé el almuerzo. Así fue como cuando ella se acercó y verdaderamente me habló a mí para preguntarme si las quería acompañar no me di cuenta hasta que chasqueó los dedos en mi cara y escupí un poco de pan del susto. Una pena terrible me da todavía de acordarme, pero ella se rió del asunto y no me quedó más que hacer lo mismo. Limpiarme, reírme, decirle que ya había terminado mi descanso y prometerle aceptar la invitación a comer el día siguiente y todos los demás días de mi vida.
Nos casamos un quince de agosto. Recuerdo perfectamente el mes y día porque la olvidé uno de estos años y me lo tuve que tatuar temporalmente en mi muñeca después del acongojo que le cause a mi mujer. Le digo un secreto: no me acuerdo del año. Ni me quiero acordar, así puedo exagerar diciendo que llevamos cien años casados, doscientos enamorados y unos días de conocernos. Qué bello es el amor, sin duda. Sin él no sé qué sería de mí, tal vez un poco amargado así como usted. Sonría hombre que es una broma. Sí, ya voy a explicarle la calamidad de criaturas que tuvimos.
Los bebés cuando recién nacidos son tan extraños a la vista. Siempre les dije a mis hijos que de bebés no estaban bonitos ni se parecían a nadie. No sé cómo hacen las señoras para decir a los dos días que el niño se parece a su papá. Todavía al mes los bebés tienen forma como de mono de tripas, “murciegalito” decía mi abuelo (adoptivo) en paz descanse. A mi mujer le salía la ternura hacia ellos no sé de dónde, a mí me dio cosa cargarlos los primeros dos meses hasta que empezaron a componerse y agarrar forma ya de bebés medio bonitos.
Los dos fueron muy mimados. Era yo hijo único y ellos fueron los primeros también de la familia de mi mujer que esos sí eran como cinco entre hermanos y hermanastros. Yo creo que mis suegros los malcriaron, mi mujer piensa que fueron mis padres. Los dos estamos de acuerdo en que ni ella ni yo hacíamos berricuetas en medio de la tienda para comprar un chocolate. Ya de medio grandes todavía estiraban la mano para pagarse las novias, habré visto. Uno como sea los quiere, pero que no sean ingratos. Los dos se parecen más a su madre que a mí, en nombre sea de Dios, porque no me habría aguantado mis travesuras como lo hicieron mis padres. Ahora que los veo ya grandes no me acabo de creer que esos señorones son los mismos que hacían pozos en el jardín y les regresaban las mordidas al perro.
Uno se hizo médico y el otro político. Si el mundo no tiene sentido de la ironía, de lo que se pierde. El médico trabaja en un rancho por casi el demonio tratando a las mujeres abusadas por sus maridos que las adquirieron por un par de cerdos cuando mucho. El político está planeando su campaña para la igualdad de derechos entre las mujeres, los migrantes, los homosexuales y los animales domésticos. Ironía, le digo.
Uno se desacostumbra después de verlos diario tomarse la vida en teta, pero nomás pasan pocos años antes de que te avienten a los nietos cada fin de semana. Trabajo que acepto forzado entre nostalgia, alegría y qué no tienen ustedes madres que los cuiden. Se te quedan viendo los primeros años esos calculillos quitapensiones, y el cariño sale nomás de verlos parpadear. Luego te vuelve a dar la soledad cuando crecen ellos también. Ni idea de cuánta familia haga falta para morir, pero ya hasta niños han de tener también. Me van a hacer falta cuartos si algún día se dejan venir de visita los infames. Así es la familia, un abandonar y reencontrar perpetuo. ¿No cree usted?
-Definitivamente creo lo mismo, abuelo.