Quiero mostrarles otra de mis películas favoritas: El abrazo de la serpiente, y traer con ella los mensajes que guarda; algo tan importante como saber escuchar. Saber escuchar a los sabios, saber escuchar a los mensajes de los sueños, del agua, de la Naturaleza, o de nuestra propia voz interior.
Quiero hablar sobre uno de los pasos importantes del despertar espiritual. Si nunca pasó por este viaje iniciático de la soledad, dese cuenta de que todavía está dormido aunque crea que está despierto. Sigue durmiendo… es necesario pasar por esta etapa para despertar y madurar. Puede seguir siendo un niño o una niña así tenga treinta años o como los que sean… Aprenda a escuchar.
“Antes de convertirse en guerrero, todo hombre cohiuano debe irse solo al monte, guiado solo por sus sueños. Allí descubre quién es realmente. Debe convertirse en un vagabundo de sueños. Muchos se pierden. Pocos regresan.”
Este rito no es exclusivo de una tribu.
Aparece en todas las culturas:
Los jóvenes lakota subiendo solos a la montaña en busca de visión
Los mexicas encerrados en la cueva en ayuno y silencio
Los iniciados de la India retirándose al bosque como Siddharta
Los monjes del desierto enfrentando la noche del alma
Y los pueblos amazónicos que saben que nadie despierta sin atravesar la soledad.
Jesús en el desierto, Mahoma en la cueva, Moisés en la montaña, Gurdjieff en sus años de retiro… y también mujeres como las Madres del Desierto, Teresa de Ávila o Hildegarda de Bingen, que vivieron largos periodos de silencio y soledad. Todos atravesaron ese mismo rito iniciático, cada uno en su propio camino.
Todas las tradiciones coinciden en lo mismo:
Hay un momento en el que debes quedarte solo, sin madre, sin pareja, sin tribu, sin ruido.
Solo tú y tu espíritu.
Ahí empieza el verdadero nacimiento.
Hay momentos en la vida en los que no queda nadie alrededor.
Ni pareja, ni familia, ni historias donde esconderse.
Solo estás tú, frente a tu espíritu.
Ese lugar que muchas culturas llaman “el monte”, “la montaña”, “la cueva”, “el desierto” o “la noche oscura”.
Ese lugar donde no vas acompañado, porque la soledad es la puerta del nacimiento interno.
En El abrazo de la serpiente, el chamán lo expresa con una claridad ancestral: antes de convertirse en guerrero, un hombre debe irse solo, guiado únicamente por sus sueños. Debe atravesar miedo, silencio, vacío. Debe convertirse en un vagabundo de sueños. Y solo quienes regresan están listos para enfrentar la vida con un espíritu verdadero.
Este mismo rito aparece en todos los pueblos de la tierra.
Este patrón es universal porque el alma humana despierta siempre de la misma forma:
Cuando nada externo te sostiene, cuando no hay vínculos que anestesian, cuando no hay distracciones que te alejen de ti mismo.
Yo he vivido esos ritos sin saber que eran ritos.
Desde que salí de casa he tenido varios viajes que me quebraron por dentro para volver a nacer.
Cuando lo dejé todo y me fui sola a Francia.
Cuando hice ayuno de solo agua.
Cuando sentí que mi cuerpo expulsaba lo que ya no podía sostener, como la primera vez que trabajé con diapasones y llegué a casa a vomitar antes de entrar en el ayuno.
Durante esos quince días tuve visiones, atravesé un umbral y sentí, al romper el ayuno, que había nacido otra vez.
También en mis sueños, que siempre han sido guías, como el de ayer, que me mostró lo que mi linaje todavía no entiende, lo que ellos resisten y lo que yo ya estoy dejando atrás.
Ese es el mensaje que me trae la luna llena en Géminis a través de mis sueños.
Durante años creí que sanar a la familia consistía en hablar, explicar, señalar patrones, mostrar lo que yo veía.
Pero la vida me enseñó que no es así.
Hay personas que nunca atraviesan su propio desierto.
Hay familias que repiten lo mismo generación tras generación.
Hay quienes encadenan pareja tras pareja, vínculo tras vínculo, cualquier cosa con tal de no quedarse solos con su espíritu.
Hay quienes se anestesian con trabajo, porros, alcohol, drigas, pastillas, ruido, historias paralelas, relaciones múltiples…
Todo para evitar ese encuentro con su verdad.
La mayoría cree que avanzar es moverse, pero avanzar de verdad es detenerse.
Es quedarse quieto.
Es mirar hacia dentro aunque duela.
Es sostener el vacío sin correr hacia ninguna voz externa.
El despertar no sucede en compañía.
Sucede en soledad.
Sucede cuando ya no queda nada que te sirva de espejo salvo tus propios sueños.
Sucede cuando aceptas entrar en tu noche interna sin garantías de regreso.
Eso es lo que yo he sentido en mis viajes, en mis ayunos, en mis rituales de silencio.
La soledad iniciática es el momento en el que se rompe la identidad heredada:
los roles familiares, las narrativas, las expectativas, las repeticiones que vienen de generaciones.
Ahí, en ese territorio sin madre, sin pareja, sin tribu, surge la persona real.
Esa que no necesita esconder su verdad para pertenecer.
Esa que ya no repite.
Esa que vuelve del monte con un espíritu firme, con una identidad propia y con una claridad que nadie puede arrebatarle.








