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Praha, Česká Republika.
Žižkov, Městská část Praha 3.
50°05′00″N 14°25′00″E.
Si no vas, no llegas.
Si no llegas, no ves.
Si no ves, no sientes.
Díficil era explicar todo lo que estaba ocurriendo en su interior. Una mezcla de ira y tristeza la consumían como si del vórtice de un remolino se tratase. Su cabeza era un caos completo y su corazón latía con tanta violencia que sentía que le lastimaba el pecho con cada minuto que pasaba. Si hubiese tenido de describirlo con palabras, habría dicho que sentía el fuego mismo quemando su cavidad pectoral con la intensidad de mil soles. Ella lo miraba, estupefacta. ¿Cómo era capaz de tener las agallas de presentarse en su hogar después de todo lo que había ocurrido? Y peor aún, ser capaz de culparla de todo lo que había ocurrido en el tiempo que habían compartido juntos. Él la había lastimado, él la había destrozado y aún así estaba logrando salir invicto de todo aquello. Se estaba lavando las manos frente a ella, cuyos ojos permanecían cristalinos en un intento por no demostrarle que de nuevo sus palabras la herían peor que cualquier otra cosa en el planeta.
—¡Oh, vamos! —él chasqueó los dientes, molesto. Se había dado cuenta de todo lo que estaba continendo. —¿Ahora vendrás a hacerte la víctima, Caitlyn? ¿Vas a llorar? Tú lloras por todo.
—Al menos yo tengo corazón —le espetó sin pensarlo demasiado, apretado los dientes con furia mientras una lágrima se le escapaba por el rabillo del ojo.
Soltó una carcajada airosa, provocando que la azabache frunciera el entrecejo.
—Por favor, querida. ¿Tú tienes corazón? —reiteró con marcado sarcasmo, mientras sus ojos se plantaban en los de Caitlyn con seriedad, superioridad. Odiaba cuando hacía eso, cuando se jactaba del poder que tenía sobre ella. —Tú no tienes corazón, no puedes, no eres más que un monstruo.
La checa abrió los ojos de par en par, asombrada. ¿De verdad acababa de llamarla de ese modo? Un pinchazo en el pecho, como si la atravesaran con una lanza de lado a lado, infligió en ella un ardor diferente al que hasta ahora había estado sintiendo. De todas las personas en el mundo, él siempre había sido quien le remarcaba sus defectos antes que sus virtudes. Era el recordatorio constante de todo lo que hacía mal, incluso cuando su intención no era lastimar a nadie. No le sorprendía que siempre tuviese algo negativo para decirle, pero aún así escuchar sus plabaras siempre dolía. La enfurecía. Había soportado aquello durante mucho tiempo, años de su vida desperdiciados al lado de alguien que siempre la vería como un demonio en vez de una humana capaz de equivocarse y enmendar sus errores. No iba a hacerlo una vez más. El castaño giró sobre sus talones, dándole la espalda. Quizás fue el impulso movido por la furia y tristeza, o quizás simplemente era el deseo que había albergado dentro de ella durante aquellos años en los que le había permitido tener algún dominio sobre ella. No importaba la razón, solo importaba que aquel era el momento adecuado. Sus pasos se acercaron con sigilo hasta la mesa frente a ella, donde descansaba una daga a espera de ser guardada luego de haberla limpiado. La tomó entre sus manos y, sin aviso o tiempo para arrepentirse, la incrustó justo al lado del pecho del muchacho. La retiró casi a instante, pero ya era demasiado tarde. El mayor cayó de rodillas al suelo, luchando por repuerar el aire que el filo de la daga le había arrebatado. Volteó a mirar a la azabache, con sus ojos relucientes en una mezcla entre sorpresa y furia vivas por la astucia de la joven.
Caitlyn permaneción de pie, inmóvil. Las manos le temblaban y sus labios estaban entreabiertos puesto que todavía no lograba asimilar lo que acababa de hacer. Él se puso de pie, sujetándose el sitio por donde el filo de la hoja le había atravesado y borbotones de sangre manchaban su camiseta gris. Sintipo pavor a ver su rostro, él era mucho más alto y corpulento. De seguro acabaría con ella, era evidente que lo haría, se vengaría de la misma forma. Y entonces, sin pensarlo, blandió el arma una vez más, atisbando a penetrarle la boca del estómago. Lo escuchó gruñir y quejarse, desbordando una ira voraz mientras ella lo miraba arrodillarse una vez más en un intento por recuperar las fuerzas que estaba perdiendo. No podía dejarlo así. Lo amaba, pero la había lastimado demasiado. En el fondo se sentía increíble, por primera vez era ella quien tenía el poder, no él. Por primera vez lo estaba haciendo probar un poco del dolor físico que ella por tanto tiempo experimentó por dentro. Clamaba su nombre, le suplicaba piedad y ayuda. ¿Cuántas veces no lo había hecho ella con él también? Millones. Y jamás e había interesado detenerse, simplemente siguió lastimándola. ¿Lo odiaba? Sí, en ese momento lo odiaba, se notaba en sus ojos, cuyo tono miel había adoptado una nueva intensidad desconocida hasta entonces. Le escuchó suplicar una vez más, lo que provocó que sonriera. Lo tenía a su merced. Poco tardó el contrario en darse cuenta que ya no resistiría mucho más si se esforzaba, estaba cansado y su rostro lo denotaba. Se dejó caer de bruces contra el frío suelo de cerámica, dejando que su sangre manchase el mismo mientras se miraban el uno al otro, él pidiendo por clemencia y ella contemplando lo que producto de la ira había sido capaz de realizar.
—¡Eres un monstruo! ¡Eres un maldito monstruo, Caitlyn!
—No, no lo soy… —musitó, dejando ahora que su rodilla tocase el suelo cerca de donde su ex pareja yacía. —Esto es en lo que me convertiste.
—Por favor… Cat, por favor, no lo hagas.
La checa sonrió con mayor tristeza ahora y se inclinó a depositar un beso en la frente del muchacho antes de descender hasta su oído.
—No esperes flores en tu funeral —musitó, repitiendo lo que hacía tanto tiempo él le había dicho a ella.
Su mano se aferró por última vez al mango de la daga, la cual volvió a clavar esta vez midiendo el sitio donde el corazón ajeno se encontraba. Quizás en unos días, o en unas pocas horas incluso, su accionar la perseguiría en sus peores pesadillas. Pero ahora no, no en aquel instante mientras veía la vida escapar del cuerpo de la persona a quien en su momento más había amado. Por ahora solo le iportaba una cosa: él no la volvería a lastimar. Ni a ella, ni a nadie más.