ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ i wanted you to stay.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ14012019.
Zürich, Schweiz.
47°22′43″N 8°32′24″E.
Soltar su mano había dolido más de lo que esperaba. Se arrepentía de haberle dado la espalda la última vez que se habían visto, se arrepentía de haberle gritado y de haberse marchado sin recordarle lo mucho que en realidad lo amaba y cuánto se preocupaba por él. Las palabras se habían quedado cortas esa última ocasión y, de hecho, para ella se sentía como si nunca hubiesen tenido una despedida apropiada.
Su última charla se había reducido a un par de quejas, un par de reclamos y un "será mejor no hablar en unos días" que se convirtieron en semanas más pronto de lo que había esperado. Las noches eran las peores, obscuras y abrumantes que arrasaban con toda su estabilidad emocional casi al instante. Mientras la luna brillaba tenue a través de su ventaja, Caitlyn se descubría a sí misma secando las mismas lágrimas amargas que casi a diario rodaban por sus mejillas ante la idea de haber perdido a la persona que más amaba y que, irónicamente, la amaba más que nadie. Radek había sido todo para ella, y de alguna forma ella también lo había sido para él.
Extrañar su presencia era algo que se había vuelto costumbre para la azabache. Hacía casi tres semanas que no escuchaba su voz ni su risa, que no sentía sus brazos rodearla con fuerza ni sus labios rozar su piel como acostumbraba a hacer cada vez que la tomaba desprevenida. La abstinencia a su compañía era lo peor, pues se sentía sola y abandonada entre aquellas cuatro paredes que se atrevía a llamar hogar. Lo único que quería, o más bien, necesitaba, era repetirle lo mucho que lo amaba. Y escucharlo decir aquellas simples dos palabras que le devolverían la luz en medio de aquella inacabable tormenta.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤi never got a single fuckin' thank you.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ13032011.
Praha, Česká Republika.
Žižkov, Městská část Praha 3.
50°05′00″N 14°25′00″E.
Nada de lo que había vivido hasta entonces la había preparado para lo que ocurrió aquella noche, cuando por fin fue capaz de abrir los ojos y darse cuenta en lo que su miserable relación se había convertido desde, prácticamente, el inicio. Bien se lo había dicho su madre, debía cuidarse de sujetos como aquel ¡y vaya que ella sabía de lo que hablaba! Después de todo, si algo caracterizaba a Nikola era su afán por establecer relaciones amorosas con sujetos cuyo único amor real era el alcohol y que, al cabo de unos meses, se convertían en basuras que abusaban de ella verbal y físicamente.
Caitlyn siempre se había prometido a sí misma no seguir jamás los mismos pasos de su progenitora. Empero, ahí estaba ahora. Llorando frente al espejo por un muchacho que había conocido en un bar, a quien no le interesaba ella realmente. Los cajones donde su ropa guardaba se encontraban desordenados, algunos medio abiertos y dos tirados en el suelo. Él se había llevado prácticamente todo, tanto el dinero que tenía en su bolso como el que con tanto esfuerzo había conseguido guardar en un frasco de vidrio en caso de emergencias. Los cristales estaban ahora desperdigados por el suelo, donde seguramente había lanzado el recipiente para quebrarlo y así llevarse hasta la última moneda.
—Te dije mil veces que no le permitieras mudarse contigo tan pronto —escuchaba repetir a su madre en su cabeza, y tenía razón.
El amor la había cegado, la había inhabilitado para darse cuenta de la clase de persona que aquel sujeto en realidad era. Los años que le llevaba él de ventaja y su encanto casi mágico habían bastado para olvidarse de la lógica. Maldito vividor, eso es lo que era. Ahora a ella no le quedaba mucho más salvo, quizás, regresar a casa con su madre, tragarse el orgullo y aceptar la reprimenda que la mujer con muchísimo gusto le daría. Pero si había algo que indudablemente la azabache haría, era no permitir nunca más que alguien le viera la cara con tanta facilidad.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ ㅤ you’re a stranger when i come home.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ13022020.
Praha, Česká Republika.
Žižkov, Městská část Praha 3.
50°05′00″N 14°25′00″E.
Dos extraños, una mesa, dos sillas, las luces tenues encendidas.
La estancia permanece en silencio absoluto, siendo este interrumpido únicamente por el roce metálico de los cubiertos contra la porcelana de los platos. No se miran, no se hablan. Es como si temieran encontrarse el uno al otro. Uno toce, el otro toma la servilleta de tela y se limpia las comisuras.
Nadie dice nada.
Cada uno se mueve individualmente, sin recurrir ni pensar en el otro. La frialdad exorbitante y la tensión podrían prácticarme cortarse con tijeras como si de un retazo de tela se tratase. Él había abandonado todo lazo afectivo desde hacía mucho tiempo, y ella había comenzado a hacer lo mismo.
Ahora sólo eran robots, moviéndose sistemáticamente.
Ninguno piensa, a ninguno le interesa saber del día del otro o de cómo se encuentra anímicamente. La indiferencia se volvió su arma, su asesina silenciosa que poco a poco marchitó el amor que alguna vez juraron tenerse. Ahora eran solo dos robots, dos extraños. Independientes, pero al mismo tiempo parasitarios el uno con el otro.
Una de las sillas se corre. Él se retira primero.
Pasa al lado de la que alguna vez fue su mujer, a quien juró amar, a quién denominó "el amor de su vida". Pero ahora ni siquiera la mira. No la toca. No la besa. No la ve. Como dos termitas, han establecido una relación no permanente ni obligatoria de la que ambas partes salen beneficiadas. Al menos en un aspecto más superficial, pues en el fondo todo lo que hacen es matarse cada día un poco más.
Cuando llegas a casa, te conviertes en un extraño.
La casa ya no es hogar, es solo un techo sobre su cabeza que evita que pase frío a la interperie, pero no evita que sus almas se rompan en pedazos ante la inminente rapidez con que dejan de convertirse en amantes para ser solo dos extraños con recuerdos en común.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ ㅤit costs a lot more than your l i f e.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ24012020.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤ ㅤㅤ00.012 / 18:00:00
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤ
Praha, Česká Republika.
Žižkov, Městská část Praha 3.
50°05′00″N 14°25′00″E.
Si no vas, no llegas.
Si no llegas, no ves.
Si no ves, no sientes.
Díficil era explicar todo lo que estaba ocurriendo en su interior. Una mezcla de ira y tristeza la consumían como si del vórtice de un remolino se tratase. Su cabeza era un caos completo y su corazón latía con tanta violencia que sentía que le lastimaba el pecho con cada minuto que pasaba. Si hubiese tenido de describirlo con palabras, habría dicho que sentía el fuego mismo quemando su cavidad pectoral con la intensidad de mil soles. Ella lo miraba, estupefacta. ¿Cómo era capaz de tener las agallas de presentarse en su hogar después de todo lo que había ocurrido? Y peor aún, ser capaz de culparla de todo lo que había ocurrido en el tiempo que habían compartido juntos. Él la había lastimado, él la había destrozado y aún así estaba logrando salir invicto de todo aquello. Se estaba lavando las manos frente a ella, cuyos ojos permanecían cristalinos en un intento por no demostrarle que de nuevo sus palabras la herían peor que cualquier otra cosa en el planeta.
—¡Oh, vamos! —él chasqueó los dientes, molesto. Se había dado cuenta de todo lo que estaba continendo. —¿Ahora vendrás a hacerte la víctima, Caitlyn? ¿Vas a llorar? Tú lloras por todo.
—Al menos yo tengo corazón —le espetó sin pensarlo demasiado, apretado los dientes con furia mientras una lágrima se le escapaba por el rabillo del ojo.
Soltó una carcajada airosa, provocando que la azabache frunciera el entrecejo.
—Por favor, querida. ¿Tú tienes corazón? —reiteró con marcado sarcasmo, mientras sus ojos se plantaban en los de Caitlyn con seriedad, superioridad. Odiaba cuando hacía eso, cuando se jactaba del poder que tenía sobre ella. —Tú no tienes corazón, no puedes, no eres más que un monstruo.
La checa abrió los ojos de par en par, asombrada. ¿De verdad acababa de llamarla de ese modo? Un pinchazo en el pecho, como si la atravesaran con una lanza de lado a lado, infligió en ella un ardor diferente al que hasta ahora había estado sintiendo. De todas las personas en el mundo, él siempre había sido quien le remarcaba sus defectos antes que sus virtudes. Era el recordatorio constante de todo lo que hacía mal, incluso cuando su intención no era lastimar a nadie. No le sorprendía que siempre tuviese algo negativo para decirle, pero aún así escuchar sus plabaras siempre dolía. La enfurecía. Había soportado aquello durante mucho tiempo, años de su vida desperdiciados al lado de alguien que siempre la vería como un demonio en vez de una humana capaz de equivocarse y enmendar sus errores. No iba a hacerlo una vez más. El castaño giró sobre sus talones, dándole la espalda. Quizás fue el impulso movido por la furia y tristeza, o quizás simplemente era el deseo que había albergado dentro de ella durante aquellos años en los que le había permitido tener algún dominio sobre ella. No importaba la razón, solo importaba que aquel era el momento adecuado. Sus pasos se acercaron con sigilo hasta la mesa frente a ella, donde descansaba una daga a espera de ser guardada luego de haberla limpiado. La tomó entre sus manos y, sin aviso o tiempo para arrepentirse, la incrustó justo al lado del pecho del muchacho. La retiró casi a instante, pero ya era demasiado tarde. El mayor cayó de rodillas al suelo, luchando por repuerar el aire que el filo de la daga le había arrebatado. Volteó a mirar a la azabache, con sus ojos relucientes en una mezcla entre sorpresa y furia vivas por la astucia de la joven.
Caitlyn permaneción de pie, inmóvil. Las manos le temblaban y sus labios estaban entreabiertos puesto que todavía no lograba asimilar lo que acababa de hacer. Él se puso de pie, sujetándose el sitio por donde el filo de la hoja le había atravesado y borbotones de sangre manchaban su camiseta gris. Sintipo pavor a ver su rostro, él era mucho más alto y corpulento. De seguro acabaría con ella, era evidente que lo haría, se vengaría de la misma forma. Y entonces, sin pensarlo, blandió el arma una vez más, atisbando a penetrarle la boca del estómago. Lo escuchó gruñir y quejarse, desbordando una ira voraz mientras ella lo miraba arrodillarse una vez más en un intento por recuperar las fuerzas que estaba perdiendo. No podía dejarlo así. Lo amaba, pero la había lastimado demasiado. En el fondo se sentía increíble, por primera vez era ella quien tenía el poder, no él. Por primera vez lo estaba haciendo probar un poco del dolor físico que ella por tanto tiempo experimentó por dentro. Clamaba su nombre, le suplicaba piedad y ayuda. ¿Cuántas veces no lo había hecho ella con él también? Millones. Y jamás e había interesado detenerse, simplemente siguió lastimándola. ¿Lo odiaba? Sí, en ese momento lo odiaba, se notaba en sus ojos, cuyo tono miel había adoptado una nueva intensidad desconocida hasta entonces. Le escuchó suplicar una vez más, lo que provocó que sonriera. Lo tenía a su merced. Poco tardó el contrario en darse cuenta que ya no resistiría mucho más si se esforzaba, estaba cansado y su rostro lo denotaba. Se dejó caer de bruces contra el frío suelo de cerámica, dejando que su sangre manchase el mismo mientras se miraban el uno al otro, él pidiendo por clemencia y ella contemplando lo que producto de la ira había sido capaz de realizar.
—¡Eres un monstruo! ¡Eres un maldito monstruo, Caitlyn!
—No, no lo soy… —musitó, dejando ahora que su rodilla tocase el suelo cerca de donde su ex pareja yacía. —Esto es en lo que me convertiste.
—Por favor… Cat, por favor, no lo hagas.
La checa sonrió con mayor tristeza ahora y se inclinó a depositar un beso en la frente del muchacho antes de descender hasta su oído.
—No esperes flores en tu funeral —musitó, repitiendo lo que hacía tanto tiempo él le había dicho a ella.
Su mano se aferró por última vez al mango de la daga, la cual volvió a clavar esta vez midiendo el sitio donde el corazón ajeno se encontraba. Quizás en unos días, o en unas pocas horas incluso, su accionar la perseguiría en sus peores pesadillas. Pero ahora no, no en aquel instante mientras veía la vida escapar del cuerpo de la persona a quien en su momento más había amado. Por ahora solo le iportaba una cosa: él no la volvería a lastimar. Ni a ella, ni a nadie más.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤtell the mirror what you know she’s h e a r d before
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ08012020.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤ ㅤㅤ00.011 / 15:00:00
Zürich, Schweiz.
47°22′43″N 8°32′24″E.
Que si sus modales no eran adecuados.
O que su apariencia no era la mejor.
Que la postura era incorrecta.
Que si estaba muy delgada.
O que había subido de peso.
Que comía demasiado.
O que no comía lo suficiente.
Que su expresión física no era apropiada.
Ni los gestos que hacía.
Mucho menos las respuestas que daba.
Que su forma de andar estaba mal.
También su forma de hablar.
La manera en que se levantaba por las mañanas.
Y como se iba a acostar por las noches.
Que si era muy cruel a veces.
O demasiado blanda en otras.
Que era en extremo insegura.
Y otras veces demasiado presumida.
Era agotador mirarse en el espejo y no comprender el cómo ni el cuándo se había convertido en todo eso que su reflejo la hacía ver. La gente exigía demasiado de ella, y peor aún, la hacían exigirse demasiado hasta llevarla a un punto de quiebre. No importaba si ponía todo de su parte por cambiar, por mejorar, si derramaba hasta la última lágrima o gota de sudor, incluso si sangraba… Hiciera lo que hiciera, nada nunca lograba complacerla. Complacer al resto. Muchas veces sentía que quizás, después de todo, lo único que iba a lograr era decepcionar a quienes la rodeaban. Y eso no solo la atemorizaba, la asqueaba también.
Era en días como aquel que verse al espejo le resultaba más repulsivo que nunca, tanto como para provocarle náuseas. Estaba decepcionada de sí misma, deseosa de no ser ella al menos por una sola vez, pues todo lo que podía ver en sus propios ojos era aquel atisbo de inseguridad y de temor ante el monstruo en que –según le decían– se había convertido. La bruja, la llamaban unos. Otros, con menos sentido común, la llamaban una anomalía o abominación antinatural. No conocían a nadie con su poderío, le tenían miedo, y habían provocado en su inseguridad que desarrollara el mismo temor hacia sí misma.
Antes de poder evitarlo, las amargas lágrimas rodaron por sus mejillas. Refunfuñó con el entrecejo fruncido y los dientes apretados con tanta fuerza que le dolía la mandíbula. Alzó su mano, cerrada en un puño, e impactó con sus nudillos el vidrio del espejo. ¡Crash! Los trozos del cristal roto comenzaron a caer sobre el lavabo y el suelo, tintineando al tocar la superficie antes de fragmentarse aún más. Nunca una imagen tan banal la había representado tanto, porque así se sentía, fragmentada. No era capaz de reconstruirse. Era demasiado débil, le daba vergüenza admitirlo. ¿Especial? De especial no tenía nada. Bastaba con verse a sí misma para recordárselo: era una aberración.
¿Quién rayos era? No era nada, pero a veces lo era todo. A veces se sentía como un lienzo en blanco, dispuesta a dejar que se plasmara en ella una obra magnífica, hasta que recordaba que de hecho ya era un té abajo en proceso. ¿Quién quería ser? A veces ella misma, muchas otras alguien más. Quería ser alguien cuyo reflejo no le ocasionara náuseas. Quería ser todo eso que en su interior almacenaba, a la espera de salir a la luz algún día.
Hacía frío, más que de costumbre. Del cielo pequeños cristales de hielo se precipitaban con violencia hacia el suelo, recubriendo con su blanca pulcritud las calles y aceras, los cuales apreciaba desde la ventana de su habitación en uno de los pisos superiores de aquel lúgubre y grisáceo edificio que muchos solían ignorar por su paso en el sur de la ciudad. La piel del cuello se le erizó, como si su cuerpo quisiera advertirle que alguien se acercaba. Al voltear, divisó a la señora Turgenev cruzar la puerta; era una viuda que rozaba cerca de los cincuenta y tantos, menuda y algo bajita en comparación al resto de institutrices y maestros que rondaban la academia, de cabello castaño canoso y un semblante tan firme que de escucharla hablar se creería que era bastante cruel. Era, de hecho, una de las pocas figuras adultas en aquel sitio que parecía tener un atisbo de alma y corazón para llamar a los estudiantes por sus nombres y no por los códigos que tan -poco- amablemente les brindaban a su ingreso. La mujer le dedicó una sonrisa al cruzar la puerta y se detuvo con su porte tan elegante de siempre, sujetándose las manos como si recitara algún poema.
―Han venido a buscarte ―anunció sin mayor explicación.
Por la expresión en su rostro, Caitlyn supo que no tendría oportunidad de hacer preguntas respecto a quién o porqué la buscarían; nadie jamás había preguntado por ella, ni siquiera su madre quien era la única culpable de que estuviese encerrada en aquel infierno, nadie jamás se había tomado el tiempo de buscarla o de querer siquiera hablar con ella, pues su reputación como “la loca” o “la bruja” se extendía más allá de las fronteras impuestas por aquellos enormes muros de cemento que cercaban el exterior de la academia como si fuese una cárcel. A duras penas, la castaña se puso de pie y cabizbaja inició la marcha hacia los escalones que la llevaban directamente a la primera planta, siempre seguida por la señora Turgenev. Al llegar a la entrada de su despacho, Caitlyn se detuvo. Intercambió una mirada de reojo con la institutriz y tras el asentimiento de la mujer para afirmarle que todo estaba en orden, la niña empujó la puerta con ambas manos. Allí, de pie en medio de la sala, un hombre corpulento y vestido de negro aguardaba pacientemente. Parecía no haberse percatado de la presencia de ambas féminas sino hasta que giró sobre los talones con impaciencia, probablemente con la intención de ir a buscarlas por su cuenta.
―Los dejaré a solas.
Sin permitirle objetar, Caitlyn vio a su maestra abandonar el recinto y cerrar la puerta tras de sí, dejándola completamente sola en compañía de alguien a quien no conocía de ninguna parte. Para sus adentros, la muchacha admitió sentir pánico de que quizás alguien hubiese enviado a aquel sujeto a acabar por fin con ella de forma rápida y discreta para que nadie tuviera que soportar más sus “inusuales” actitudes. El silencio reinó en la estancia durante el tiempo que ambos se miraron fijamente, ella tratando de descifrar las razones por las que alguien así le buscaría y él quizás intentando comprender porqué lo habían enviado todo el camino hasta aquel lugar en medio de la nada por una adolescente cuyo aspecto no resultaba distinto al de muchas otras chicas de su edad.
―Ha sido un crudo invierno ―comentó por fin el mayor, señalando hacia las sillas frente al escritorio del despacho. ―Toma asiento, por favor.
Sorprendida ella misma incluso por su nulo deseo de mostrarse firme y permanecer de pie, Caitlyn obedeció casi de inmediato.
―Tengo algo para ti, algo grande ―prosiguió él, paseándose frente a la chica sin mirarla directamente. A pesar de ello, bastaba su sola presencia para petrificarla y captar toda su atención.
El hombre le extendió entonces un sobre blanco, perfectamente cerrado con un sello de cera en tono escalata cuyo relieve resultaba bastante peculiar. En el dorso del mismo alcanzó a leer un título, o mejor dicho, un nombre.
―¿Profanís? ―inquirió ella con confusión, tomando la carta entre sus dedos para verificar que había leído bien. ―¿Qué es?
―Es un sitio peculiar ―giró sobre sus talones y por fin la miró. ―Para gente peculiar como tú.
―¿Como yo? ―una vez más, sintió el creciente pánico subir por su pecho y formar un nudo en su garganta. El labio superior le tembló en signo de debilidad, pero pudo controlarlo casi al instante. ―Pero, aguarde… Dice que está en Suiza.
―Te llevarán hasta allá ―afirmó él con tanta seguridad que a la castaña se le escapó una risa burlona, misma que ahogó al instante tras notar la mirada fulminante que el varón le otrogaba. ―¿Te resulta gracioso, Caitlyn?
―¿Cómo sabe mi nombre?
―Yo lo sé todo ―la actitud de él resultaba imponente, casi como si fuese todopoderoso e intocable. ―Como sé bien que en el fondo sabes que es verdad ¿o no? Sabes que alguien vendrá por ti, sabes lo que te depara el futuro.
―Yo… No sé nada sobre mi futuro ―haber dudado de seguro la delataría. Sí, definitivamente lo había hecho.
―Puedes mentirte a ti misma, Caitlyn ―aseguró el hombre, quien sonreía ahora con superioridad, inclinándose sobre el escritorio para acercarse a ella. ―Pero a mí no. Conozco tus miedos, tus pensamientos… Sé quién eres, Caitlyn Schärer, hasta el mínimo detalle. Sé que conoces el futuro de los demás, sé que has tenido curiosidad acerca del tuyo… Sabes porqué estás aquí ¿o no? Y sabes porqué te sacarán también.
La piel de la nuca se le erizó con tanta lentitud que resultó tortuoso. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo ni sabía cómo aquel desconocido era capaz de saber datos que hasta la fecha con nadie había compartido. Y eran reales. Él estaba en lo cierto, había tenido premoniciones, había visto partes de su futuro que todavía no entendía cómo o cuándo pasarían. Había visto el futuro de sus compañeras, de sus superiores e incluso de desconocidos que de vez en cuando por el terreno de la academia se cruzaban. Jamás lo había mencionado con nadie y, sin embargo, ese extraño lo sabía todo.
―Piénsalo ―agregó por fin tras varios segundos en silencio que, para Caitlyn, se sintieron como horas. ―Profanís es el lugar para ti. Será tu hogar si le das la oportunidad. Muchos podrían salvarse gracias a ti.
Sin mayor preámbulo, el contrario abandonó el recinto, dejándola con muchísimas más dudas de las que tenía minutos antes de su encuentro. La castaña saltó de su asiento y avanzó a zancadas hacia la puerta también dispuesta a confrontar a aquel sujeto, pero cuando salió, el hombre había desaparecido. Giró en su punto hacia cada rincón en busca de algún rastro de hacia dónde había ido, porque era imposible que hubiese abandonado el edificio tan rápido. No había nadie, estaba sola. Cerró los ojos con algo de fuerza, quizás en busca de asegurarse a sí misma que no había soñado nada de lo que acababa de ocurrir, y lo próximo que Caitlyn vio tras abrir los ojos fue que de nuevo se encontraba mirando por la ventana la nieve caer, como si no se hubiese movido jamás; no obstante, ahora en la mano sujetaba la carta que él le había entregado. Leyó de nuevo el dorso, y al igual que antes, allí se hallaba deletreado el nombre de la corporación. La voz de la señora Turgenev la sacó de su ensimismamiento, todavía bien erguida como si ella tampoco se hubiese movido.