Las estudiantes de enfermería
Los pacientes del albergue transitan por crisis, no solo de salud, sino existenciales. La mayoría de ellos tienen un trasfondo gris, con episodios que perciben como perjudiciales y repletos de cascadas de decisiones desatinadas.
A algunos se les ha brindado la oportunidad de reformular sus prioridades y ven en la educación escolarizada el camino para procurar el bienestar propio y el de su familia. Ese es el caso de los residentes del albergue que ingresan a la escuela que se encuentra dentro de su espacio; una iniciativa que lleva camino recorrido y beneficia, principalmente, a mujeres.
En medio de las tareas del laboratorio, llega la invitación para asistir a una ceremonia de graduación. Un grupo de enfermeras han finalizado sus estudios técnicos y se debe celebrar. Como discípulos del padrino, llegamos y nos reciben amablemente.
Encontramos una multitud sentada a la sombra de un salón que rentaron especialmente para el evento. Son las familias de esas mujeres que llevan su uniforme blanco, impecable, y una capa azul con rojo.
La mesa del presidium la conforma la directora de la escuela, representantes educativos, una diputada que ha hecho gestiones en favor de las estudiantes y, a la extrema izquierda, el Maestro Román. Su vestimenta, como siempre, es sencilla. Jeans, Vans y una playera negra.
Llega el momento de oírlo hablar. Sus primeras palabras las dedica a recordar la relación que históricamente ha tenido con las enfermeras. Es imposible pasar por alto la conmoción que esos recuerdos le generan. Recalca que fue una enfermera quien, con su consejo, reorientó su camino cuando era más joven. Sus ojos se han puesto brillosos. El tono de voz cambia: se agudiza. El científico al que escribí solicitando un lugar a su lado para aprender ha desaparecido. Estoy viendo a un hombre tocado por la gratitud. Sonríe haciendo una pausa agradecida. Se oyen los aplausos. No puedo más que entregarme a esa inercia y dar las palmadas más enérgicas que recuerdo.
La emoción está en el aire. Conforme se coloca la cofia a cada graduada y se realiza el encendido de sus lámparas, sus parejas e hijos intercambian miradas con sus amadas. Las lágrimas no cesan. Los ramos de flores tampoco. A propósito, a Rita, nuestra colega colombiana le ha generado un choque cultural y concluye que adoptará esta práctica de recibir arreglos florales cuando termine la licenciatura.
Como se esperaba, la ceremonia debe finalizar con comida. Al doctor le reservaron un lugar en la mesa en que nos sentamos sus estudiantes. Pero no se le ve allí. El servicio de comida corre a su cargo. Ahí lo pueden ver sirviendo los platos, repartiendo tortillas y llenando los vasos con agua. Servir es tan reconfortante.













