El descubrimiento de sombrero es gesto, antes que de cortesía educada, de eficacísimo simbolismo acerca de la excelsitud de las cabezas que cubren, entre ellas las de los monarcas. Aunque actualmente el uso social del sombrero, como del bastón, se ha perdido, durante muchos años fue pieza magnífica para la elegancia y, en los próceres de Estado, un elemento que recuerda a las tiaras papales de la monarquía teocrática vaticana, siempre que no sea de paja tejida por artesanos mundanos o del tipo de los jipijapa panameños, ni los sombreros gardelianos, llaneros o de quiebre, ni los corrosca colombianos. Vemos en la imagen al dictador-regente de la monarquía hispánica, Paquito Franco, bajando una escalinata alfombrada durante un acto oficial en el año 1966, como si fuera una vedette añeja, pero descubierto de sombrero, un gesto amable y de cierta elegancia, aunque él lo utilizaba para disimular su decrépita cabezuela calva y para protegerla de sol. La compostura del dictador-regente al desombrerarse, le confiere una personalidad de autoridad y de prestigio, aunque fuera un indigente en cuanto a virtudes. Recuperemos, pues, la excelsa elegancia de los sombreros.








