La muerte de Pino, las pérdidas, los aprendizajes y el peronismo
Un escrito como testimonio
Hay días que quiero decir algo simple de la mejor forma posible, es decir, de la forma más clara, directa y breve que se pueda. Hay días que las emociones nos juegan una mala pasada, al menos a mí, que siempre me parece importante la objetividad porque es la que nos permite encontrarnos con los otros en objetivos comunes.
La muerte es esa cosa tan dura que nos posiciona en el lugar de saber que no habrá próxima charla con el que se fue. Y siempre, haya más o menos, queda algo pendiente que es nuestro, es decir, de las y los que quedamos vivos. En este proceso siempre inevitablemente se resignifican cuestiones impensadas antes, es por esta clausura de futuro que esto sucede. Duele asumir, siempre. No importa la edad de la persona que muera porque una piensa siempre que hay futuros encuentros.
Me encontré con Pino en Proyecto Sur, y no era ni mi primera ni mi última militancia. Y, como todo proceso intenso tuvo sus vaivenes y circunstancias. También sus esperanzas y frustraciones. Pero, pensándolo hoy, necesito re pensar qué significó para mí, además de las compañeras y compañeros maravillosos con los que compartimos parte de esa experiencia política y que siempre están presentes, nos comuniquemos o no.
Una cuestión consiste en que todo el aprendizaje de esto tan difícil que resulta la militancia política (máxime si, como en mi caso, no hubo ningún cargo que facilitara o potenciara la misma). Aprendí los límites de la realidad, de la voluntad, de poner el cuerpo, de poner energía, de poner una parte significativa de nuestra vida. Pero hubo algo que estoy comprendiendo en profundidad recién ahora a raíz de un comentario reciente del compañero Juan Cabandié.
En 1983 yo tenía 18 años y todavía conservaba la esperanza de reencontrar a mis padres desaparecidos en 1977, esperanza que se termina rápidamente al asumir el presidente Alfonsín. Después tuve la esperanza de encontrar sus cuerpos, después la de que alguien estuviera condenado por su secuestro y desaparición. Como a muchos les pasó, esto aún no sucedió, pero quizás suceda en el futuro. Mis padres eran peronistas, siempre lo fueron, no sólo lo supe en los once años de vida familiar compartida, sino que lo corroboré con sus compañeras y compañeros de militancia. Mis padres me habían trasmitido la vocación por la Justicia social para todos y todas en primerísimo lugar, siempre. Pero también me habían trasmitido la necesidad de la liberación de nuestra Patria, es decir, ser verdaderamente un país independiente económica, social y políticamente.
Volviendo a mis 18 años, el peronismo en general (o el peronismo institucional como quieran decir) (y aclarando que siempre hay honrosas excepciones) no acompañó las luchas por los derechos humanos en esos primeros años de la democracia. Fue esto exactamente lo que Juan Cabanbié señaló, en el marco de reivindicar la acción política tan determinante y contundente de Néstor Kirchner a poco de asumir el gobierno en el año 2003, a favor de la Memoria la Verdad y la Justicia, en nombre del Estado si, pero también representando un peronismo que se hace cargo de su rol en la historia. Volviendo a los ´80 luego de Alfonsín, en pocos años más, gana las elecciones un candidato peronista que completa los avances que el neoliberalismo había dado en la dictadura. Fue un gobierno que llevó a cabo las peores transformaciones mediante las que la globalización atacó a las y los trabajadores, a las condiciones de vida de nuestro pueblo incluyendo un cambio cultural en el que avanzaron el individualismo y el consumismo con sus consecuencias de fragmentación de las comunidades y obstaculización de los vínculos sociales. Un período que significó la privatización del Estado y también de la política.
Me pregunto, ¿por dónde podía acercarme, en ese momento, al peronismo?
En esta realidad me salvó una idea clave: no toleré jamás el antiperonismo. Eso me salvó y ayudó a recorrer un camino que se consolida definitivamente con el triunfo de Macri en el 2015 y la consecuente sincera y profunda autocrítica (algo muy recomendable pero que sólo puede hacer cada uno y cada una). Y es entonces que ese camino tiene un punto de partida en Proyecto Sur y en la figura de Pino (y de Alcira Argumedo, y de quién también nos dejara este año Mario Cafiero y de otros valiosos compañeros) , Proyecto Sur me permitió determinar (a través de sus cinco causas) que en el caso de nuestro país, la cuestión de la dominación es central y que es nuestra obligación enfrentarla y algún día, ganarle. Obviamente, estoy simplificando las circunstancias y los devenires de la actividad política (y sindical). Podría relatar cuándo nos equivocamos desde Proyecto Sur y cuándo nos separamos, pero, sinceramente, no viene al caso. Lo que quiero destacar es el lugar de Pino en este recorrido y también, el hecho de que nos encontramos hace relativamente poco, varias veces, y eso significa que transitábamos lugares militantes comunes. Muy agradecida en este triste momento de las oportunidades que me brindó como dirigente.
Finalmente, satisfecha de habernos (re)encontrado con PIno en el Frente de Todos, entendiendo que el campo popular debe estar unido en la coalición que nos permita no separarnos de una mayoría de nuestro pueblo y que esa es la única posibilidad que tenemos de cambiar la realidad. Nuestra doctrina es hoy: Independencia económica, Soberanía política, Justicia Social, Memoria Verdad y Justicia e Integración latinoamericana, como señalara recientemente Carlos Tomada en uno de los tantos homenajes por los 10 años de la muerte de Néstor Kirchner. Se completa así un ideario para el peronismo del siglo XXI.
La fuerza de las convicciones es una de sus grandes enseñanzas y basta el ejemplo de sus palabras en ocasión del debate por la legalización del aborto. Su intervención nos vincula con una (poco frecuente) sana densidad en el contenido del discurso, una densidad que se torna imprescindible entre tanta liviandad circulante.
Para las y los jóvenes y para quienes no tuvieron oportunidad de verla, queda, entre todas sus películas, La hora de los hornos, un emblema dentro de su filmografía que quizás ayude a entender qué mundo era ese y qué mundo tan diferente es éste, que nos ayude a comprender que no se trata de entender o de esperar sino de buscar nuevas armas en defensa de la humanidad. Gracias Pino.
Laura García Vázquez, Bahía Blanca, 8 de noviembre de 2020











