Un día que rompí el sillón de Gabriel García Márquez
Estaba por terminar un diplomado de Creación Literaria en el D.F. y entre mis múltiples compañeros estaba Patricia, chica colombiana a quien pensé que no le simpatizaba. Una noche de viernes, saliendo de la clase me pregunta:
–Para mi casa –le contesté.
–¿Vives en Polanco, dices? –Usaba el “usted” y el “tú” mezclado y no lo había notado en dos años.
Asentí sin contestarle mientras seguía caminando para iniciar mi rutina de regreso a casa.
–Venga, yo la llevo –agradecí poder hablar con alguien más fuera de mi limitado círculo de conocidos.
Nos subimos a una camioneta y como eran las ocho de la noche el tráfico rodaba pesado sobre el Periférico. El trayecto sirvió para darnos cuenta entre temas personales y de estudios, que teníamos mucho en común y que, en la gran ciudad, realmente estábamos solas.
El siguiente viernes pasó lo mismo, esa vez me bajé con una invitación a probar aguardiente colombiano en su casa el siguiente viernes, invitaríamos a una compañera más y chismearíamos compensando el tiempo perdido durante los dos años que duró el diplo.
El día del mentado aguardiente colombiano llegó, pero al subirnos en la camioneta de Patricia, esta tomó hacia Periférico Sur. Mi compañera y yo nos miramos sin saber nuestro destino.
–Oye, ¿a dónde vamos? –Finalmente abrí la boca.
–¿Pero no vives en Polanco?
–No, ahí vive la escritora con la que trabajo.
Mi compañera enmudeció. En mi mente tracé la ruta de regreso: a las diez y media de la noche me despediría y tomaría el micro que va de Tlalpan hasta Tacubaya. De ahí tenía dos opciones: seguir en Metro hasta Polanco o tomar un taxi hacia el mismo rumbo si me cerraban el Metro. Mis opciones desaparecieron junto con la Calzada de Tlalpan y ver que seguíamos todavía más al sur.
–Ya pasamos Tlalpan –dije en mi ignorancia.
–Sí pero yo vivo hasta el pueblo.
Desconocía de qué nos hablaba, la camioneta ya rodaba sobre calles empedradas, estábamos en una especie de pueblito dentro de la ciudad con casas de fachadas multicolores, techos de teja, iglesia, plaza y un tianguis nocturno.
–Tlalpan, el pueblo. Voy a dejar la camioneta acá porque no tengo estacionamiento.
Al fin la casa, entrada estrecha con un pasillo que desembocaba en un patio de tres casas, la de enfrente estaba a oscuras con apariencia de abandono. La de atrás sí estaba ocupada, tenía una luz interna encendida y se percibía un olor raro, como a gasolina y yeso quemados… al mismo tiempo. Patricia vivía en un pequeño departamento en la planta alta, subimos las escaleras y entramos en una especie de chorizo habitacional: aquí el estudio, una habitación más amplia que era la sala y a un lado el comedor, una puerta cerrada, seguía un comedor aún más pequeño, una cocina, un baño y hasta atrás, una especie de vestidor o cuarto del tilichero.
El aguardiente colombiano logró que describiéramos nuestra vida incluyendo a la silenciosa de nuestra compañera que criticaba a los maestros y perseguíamos velozmente una borrachera desconocida.
El siguiente lunes, durante la clase, Patricia me mandaba mensajes en papelitos donde me invitaba nuevamente a su casa. Inventé varias excusas porque no quería repetir el ir y venir de Tlalpan a Polanco en medio de la noche mientras mi tufo olía a anís. El jueves de plano Patricia tuvo que decirme:
–Quiero presentarte a alguien, creo que se van a caer bien, no puedo decirle que venga por acá porque tiene un bar en Tlalpan, tráigase su pijama y ese día se queda en mi casa.
–La verdad no quiero conocer a nadie y menos a alguien de aquí porque yo sólo estoy de pasada.
Por otro lado en el diplomado rendían pleitesía a cada momento tanto a los escritores como a los productos televisivos y cinematográficos realizados en Colombia, Café con aroma de mujer y Betty, la fea eran los ejemplos de lo que nunca se vería en la televisión nacional ya que faltaba que los productores se arriesgaran. Gabriel García Márquez era el Syd Field en español con La bendita manía de contar; afuera, en la vida real se impregnaba de esta adoración, presenciar el estreno de La virgen de los sicarios era obligatorio no sólo para el mundillo literario, incluso para los que habíamos presenciado la violencia norteña de la que se sabía poco. La música no escapaba, el rock y los ritmos populares eran coreados desde las fiestas hasta en los microbuses.
Como no tenía nada más emocionante qué hacer, acepté conocer al dueño del bar y llegamos de nuevo al centro de Tlalpan, Patricia estacionó la troca y entramos en una cantina tipo nice: barra de madera, mesas del mismo material, azulejos y un sonriente hombre que atendía y nos invitó un par de cervezas. Perdí el interés de inmediato, como con las cosas que no me importan al momento y no porque el tipo en cuestión fuera desagradable, al contrario, todo él era atenciones y bromas agradables pero lo vi “muy mayor”, ni lo era pero esa impresión me dio y bastante ansioso de conocerme. Me tomé las cervezas una después de otra casi en silencio, sólo con una sonrisa de vez en cuando mientras Patricia y él escupían su charla plana sobre un lugar que me valía madre, habitado por gente inútil y en una etapa inerte de mi vida. Mi mente y mi atención jugaban un scrabble mental.
Patricia fracasó como Celestina, en silencio nos fuimos a la casa que en realidad eran tres. Mismo pasillo oscuro, misma casa frontal en el abandono, misma casa del fondo con luz encendida y olor a gasolina con yeso.
–Es basuco –me dijo Patricia.
–Sí, el vecino no tiene dinero, es un viejo, se la pasa de un lado a otro en su nave, a veces duerme ahí, como no tiene dinero ni para drogarse, fuma basuco.
–¿El vecino también es colombiano?
–Sí, perdió todo, familia, trabajo y patria.
Y sí, adivinaron, la vida del vecino tampoco me importó, si acaso mostré interés fue por el descubrimiento indirecto del olor del basuco.
Patricia se quedó enganchada con las cervezas y yo, por inercia del fin de semana, quería seguir la fiesta.
–Le voy a hablar a Seba, el mejor amigo de mi ex.
–Pues para que venga y traiga mota.
–Oye, yo no fumo, mejor compramos unas cervezas y escuchamos música hasta que amanezca y pueda irme a mi casa.
–Los mejores amigos de Gonza.
–Mi ex. Necesitan un lugar para fumar. Están aquí cerca.
Llegaron y los conocí, Seba era bajito, rubio y muy simpático. Alejandro de cabello negro despeinado, delgado, desgarbado y de mirada evasiva pero belleza helénica, ¡ja! Venían medios chiles, pero más Alejandro, con media botella de Absolut y dos jugos de uva en las manos. Se presentaron brevemente, pero más Alejandro. Entendí que eran amigos desde niños, habían ido juntos a la escuela y también era súper compás de Gonza, el ex novio de Patricia. Todos eran colombianos, menos Alejandro, él nació en el Distrito Federal pero sus padres eran de Bogotá, quizá por eso en ese conjunto de personas, Ale era (y se comportaba) como un outsider, bueno, ya éramos dos. Pude ver que había una especie de lealtad a Gonza (el ex novio ausente) y que habían venido a ver cómo estaba Patri, en palabras mexicanas, “vinieron a echarle un ojo”, tal acción la hizo sentir importante y los vodkas la desinhibieron. Seba estudiaba “para ser chef” y Alex se drogaba y bebía todo el día.
El chef nos hizo de cenar y de postre hubo canciones de Camilo Sesto, un Alex despejado y sobrio me sacó a bailar, en automático me levanté y bailamos, inventábamos coreografías aún más tontas que la letra de las canciones. La música paró y nos dimos cuenta que estábamos solos. Patri y Sebita habían desaparecido oportunamente. Alex intentó besarme y lo detuve, eso lo molestó y con su pecho me empujó hacia atrás, no sabía si reírme o quitarme, era un niño berrinchudo. Volvió a empujar con más fuerza y el sillón detrás de mí casi hizo que tropezara pero me controlé, Alex, sin perder oportunidad, me empujó de nuevo y como la caída era inminente, lo tomé de la camisa para rebotar ambos sobre el sillón, como había caído encima, rápidamente se acomodó encima de mí a horcajadas.
–Porque no te conozco, ni sé tu nombre.
Yo evadía sus intentos besucones y en su persistencia parecía que me hacía un lap dance. Se escuchó un crujido bajo nuestros traseros y el sillón que nos sostenía se partió en dos golpeando escandalosamente la duela. Alex y yo nos quedamos congelados mientras escuchamos un grito a nuestras espaldas.
–¡El sillón de García Márquez! –Era Patricia casi histérica–. Estaban cogiendo en el sillón de García Márquez y lo rompieron.
Yo quise decir que no era así, contar como pasó todo y que Alex reforzara mi versión, quería justificarme.
–¿Cómo que de García Márquez? –pensé que era una broma.
–Los muebles de esta sala son de García Márquez, cuando se fue de acá se los regaló a Rosario –Patri berreaba.
–La escritora con la que trabajo… y la dueña de este departamento.
–¡Vaya! Qué buena vibra sexual tienen estos sillones –Sebita nos miraba como pervertidos y nosotros seguíamos tirados en el piso encima del sillón demediado.
¡Vaya! Éramos dos sobre el sillón y resultó que la culpa sólo la tenía yo, me di cuenta que era de esas mujeres dependientes que iba a defender a quienes tuvieran verga en ese momento y en ese lugar.
Sí, Alex y yo rompimos el sillón que era de García Márquez esa noche, pero Patricia cogió en el sofá.
A la mañana siguiente me desperté muy temprano para regresarme a casa; la sala tenía restos de la fiesta anterior y había manchas de menstruación en el sofá para tres personas que había sido de García Márquez, no, no había sido un accidente o un descuido. Eran visibles pruebas de que varios dedos utilizaron como lienzo la tela que forraba al sofá para limpiarse la sangre mensual de la única mujer que estaba en sus días en ese momento en el departamento, Patricia.