Las visitas a la Argentina eran completamente de trabajo, y así, también viajaba a otras naciones por lo mismo. Perú, Bolivia, Paraguay, etc. Es por eso que, esta vez, acompañado de uno de sus jefes, aprovechó de escaparse a una de las bibliotecas de la ciudad. /Cosa que siempre hace/.
Y en eso estaba, usando sus gafas y con una tenida 'semiformal' por culpa del trabajo. Tenía en sus manos un libro de recopilación de cuentos de Quiroga, leía La gallina Degollada, la misma que leyó hace años en la Universidad, pero se tentó en hacerlo de nuevo.
Por otro lado, esperaba a un profesor que conoció hace dos años en esa misma biblioteca.
Tenía calor, y desabrochó su camisa un poco, acercándose a una mesa y sentándose en un cómodo asiento. Ahí se quedó, tenía tres horas libres hasta la reunión de la tarde en el hotel. Más bien, era como una comida junto a otras delegaciones, pero tenía que estar presente. Así que ahora aprovechaba su tiempo libre.
/Los tres idiotas, observaban el tren.../
(...)
/Bertita gritó.../
Se le notaba completamente interesado, no despegaba los ojos del libro.
MARTÍN HERNÁNDEZ
Había vuelto a su casa apenas la mañana anterior, y no demoraron nada en pedirle que volviera a trabajar, por supuesto. No se tomaba a la ligera sus obligaciones, ni sus jefes le perdían la vista cuando empezaba a hacerse el vago antes de que empezaran las vacaciones de verdad. Claro que le tenían más paciencia (ser al que trasladan y mueven para donde quieren y ser quien es, sirve para eso), pero no quitaba que al menos debiera cumplir la mayoría del tiempo...
Así que volvió, le pasaron un listado de los pacientes que fueron llegando a su oficina personal en el hospital y que hubieron sido atendidos por colegas, para que se pusiera al tanto y lo regresara con las manos vacías. Lo bueno es que ya no lo hacían cumplir horario rotativo en las guardias, a menos que alguien debiera ausentarse por emergencia. Solo era consultorio ocho horitas al día y volver a casa.
Pero cuando vio las hojas se sintió un poco perdido en lo que respectaba al instinto natural de médico. Necesitaba informarse un poco más sobre algunas cosas para recobrar el impulso inicial.
Fue a la biblioteca apenas pudo. Y ahí, después de tirarle un par de piropos a la bibliotecaria ya mayorcita, que lo tenía reconocido desde siempre, vio la silueta familiar. ¿Cómo es que no tenía ni idea de que iba a venir?
Se fue a la sección de medicina. Nunca se quedaba a leer, siempre retiraba los libros como buen socio que viaja 40 o 50 kilómetros para llegar ahí. Pero se conocía la biblioteca como la palma de su mano. Retiró el par de libracos inmensos que también se había releído más de una vez y lento y silencioso fue donde vio a Manuel.
Se le arrimó por atrás, ojeando por arriba lo que leía. Los libros bajo un brazo, se inclinó para apoyar el mentón en su hombro, sin reparo, dejando peso en el gesto.
—Pero mirá qué linda sorpresa~ —sonrió, diciendo de repente. Con la idea vaga de querer asustarlo y a la vez no.
JOSÉ MANUEL
La lectura estaba interesante. No era un texto largo y eso daba aun más interés en terminarlo, en llegar a ese fatídico final. Donde la pequeña era degollada como la gallina, y tal hecho, realizado por sus propios hermanos.
¡No mires!
Gritaba el hombre, mientras un charco de sangre se hacía más y más grande en el suelo.
Manuel había acabado esa lectura cuando la presencia de ese sujeto /su aroma/ golpeó sus fosas nasales y en consecuencia su cerebro. Fue tonto, sí... muy tonto, el cómo su ritmo cardíaco se disparó. Echó la culpa al asombro de la visita inesperada y ahí quedó su pensamiento. Ahora buscaría el cuento del almohadón de plumas para revivir parte del trauma que tuvo cuando lo leyó en la universidad.
(...)
𝘛𝘰𝘮𝘰 𝘭𝘪𝘵𝘳𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘰𝘴
𝘊𝘰𝘯 𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘴
𝘚𝘢𝘣𝘦𝘴, 𝘯𝘰 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘢𝘮𝘰𝘳𝘰
𝘚𝘢𝘣𝘦𝘴, 𝘮𝘦 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘰 𝘢𝘤𝘰𝘴𝘵𝘢𝘳 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘪𝘨𝘰.
—No...
Y alargó esa 'O' como si fuese lo peor del día, claro que pronto todo su ser volvió a la armonía /se obligó/ y levantó la vista, girando su rostro, mirando al argentino allí. Cerró el libro y lo dejó sobre sus muslos. —Yo que pensé que esta visita pasaría piola...—pudo notar...
/esos golpes/.
Arqueó ligeramente las cejas. —Deberíai al menos mantenerte encerrao hasta que esos moretones o chupetones desaparezcan—dijo, con un tono autoritario y serio. Manuel no había sonreído a pesar de tener al Tincho ahí.
MARTÍN HERNÁNDEZ
Se rió con toda la gracia cuando le escuchó la queja muda. Le dejó un beso en la mejilla y retiró la silla de al lado para sentarse, dejando el par de libros gordos en la mesa con cuidado de no hacer mucho barullo. —¿Qué decís, flaco? No pudo haberse vuelto mejor —rió.
Suspiró después, ojeando el libro que tenía en la falda y pasándose una mano por el cuello. No podía disimular el labio roto, o la ceja, o el que tener un poco oscuro el pómulo. Pero los chupones pensó en serio que ya no se deberían ver muy notorios...
—¿Y por qué me voy a encerrar? Me cagaron a palos y me comí a una mina, que se note —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Además no tengo estos señores libros en casa como para quedarme leyéndolos. Y tengo que trabajar el lunes, así que igual me van a ver en el hospital así, jaja. Voy haciéndome a una idea.
Palmeó sus libros grandes, arrimándose más a Manuel y mirando sobre sus piernas. —¡Qué buena onda! ¡Quiroga! Hace como diez millones de años que no lo leo —bromeó, exagerando—. ¿Y vos qué onda? Qué linda sorpresa verte, eh. No me la esperaba...
JOSÉ MANUEL
Acomodó sus manos sobre sus propias piernas, apretando ligeramente sus rodillas y escuchando lo que decía el argentino sobre su viaje. Sabía algunos detalles sobre ello, lo habían conversado por wssp una noche.
/Me cagaron a palos y me comí a una mina/.
Manuel negó lentamente y con cierta incomodidad recordaba el beso en su mejilla que antes había dejado Martín allí. ¿En qué momento esa cercanía con el trasandino se había vuelto tan... normal?
—Yo vine por unas reuniones, pero me queda esta noche aquí y volamos mañana por la mañana a Santiago—comentó, apegándose un poco más al sofá, hacia el otro lado en donde estaba Martín. De un momento a otro sintió que la confianza que habían tenido se había esfumado, pero ni idea del por qué.
—Hay una cena en el hotel, ¿no quieres ir?—preguntó, era algo formal, pero Martín seguramente tenía algo que podía encajar con ello.
Se puso de pie y fue a dejar el libro al anaquel correspondiente. Quedando de espaldas a Martín.
Y buscó otro texto, quizá Borges para hacer trabajar su cerebro con tanta parafernalia lingüística.
Se le notaba un poco alejado /bastante/ en realidad, alienado. Y su cuerpo se veía más pequeño entre esas pilas de libros. Él mismo se sentía de ese modo. Ver a Martín no era su objetivo y su presencia le fue una ráfaga de viento imprevisto demasiado fuerte. —Aunque si no podís no importa—le dijo, sin mirarlo claramente. Siguiendo su búsqueda, ¿quizá algún cuento de Cortázar? El surrealismo de ese hombre también le gusta.
MARTÍN HERNANDEZ
Abrió el primero de sus libros, acomodándolo frente a sí para revisar el índice y dirigirse a la sección que buscaba. No planeaba quedarse mucho, pero revisar por mientras si el material le servía, no estaba de más.
—Qué buena onda, che. Con razón no me dijeron nada de que venías, te quedás re poco —comentó, revisando títulos y párrafos por encima—. Yo volví hace poco igual, pasa que ando medio oxidado y me vine a buscar para aclararme unas cosas. No vivo tan cerca de acá, pero por donde vivo no hay una biblioteca como la gente...
Por su parte, sentía un poco esa distancia y al mismo tiempo estaba en su propia. Entre la concentración y la idea de tenerlo más al margen, había una breve incomodidad que tapaba con un poco de cinismo en la /amistad/. No podía ser que la cosa se pusiera más tensa para su parecer.
Lo dejó ir sin prestar más interés, escuchándolo.
—La verdad, no te veo con tantas ganas de que vaya, ni me tienta mucho ir teniendo la cara así —dijo, en tono divertido—. ¿Cómo dijiste? Que me quedara encerrado. Bueno, no viene mal. Además estoy re croto y vivo como a cuarenta minutos de acá, una re paja ir a cambiarme y venir de nuevo —De pensarlo no más le daba pereza excesiva, aunque se sentía medio mal por no acceder.
Casi como si todo se estuviera derrumbando.
—Igual, si vos no querés ir y te dejan, podés venirte a casa también. No me jode —Se encogió de hombros, aunque no lo estuviesen mirando—. De paso conocés... —Seguía con sus ojos las indicaciones médicas de tratamientos y formas de descubrimiento, hablando en lo que parecía a las perdidas.
JOSÉ MANUEL
Autopista del sur.
Ahí estaba ese cuento de Cortázar, otro de sus autores favoritos. Y sintió alegría y una paz enorme cuando abrió el libro y pudo tocar aquella edición que había sido encuadernada de una hermosa forma. Tenía la nuca gacha, con esas mechas chocolates apenas escondiendo su cuello.
—Sí, poco tiempo...—agregó, con la voz arrastrada. Baja, recordando que estaban en un lugar donde el silencio era un tesoro. Levantó la vista y miró los libros, los títulos que, a pesar de pasear sus ojos por esos lugares, no ponía demasiada atención.
No estaba cómodo.
Abrazó el libro como si buscara que esas hojas le devolvieran algo de fuerza y así, de ese modo, se giró y miró al rubio que hojeaba esos libros. Apoyó con mucho cuidado su delgada espalda contra el anaquel y apretó un poco más el texto. —No es necesario que vayai y sí...; /detente Manuel, no lo digas/ ... no quiero que vayas.
(...) mordió su mejilla derecha por el interior de su boca, pero buscó que esas palabras no revelaran demasiado y forzó una mueca que de sonrisa no tenía nada. Volvió a sentarse, y le pesaba el cuerpo, las rodillas. Apretó su mandíbula y dejó salir el aire por su nariz, bastante aire, pero de ese modo ni se notaba. —Tengo unas tres horas para leer, así que, estoy retomando lectura ligera, ¿has leído la Autopista del sur? Es genial...—abrió el libro, fijando su vista en el inicio. Pero volvió su vista hacia los libros de Martín. De puro interés.
MARTÍN HERNÁNDEZ
Sonrió por la aclaración que ya sabía. No le molestaba, porque en realidad le daba bastante alivio el saber que no molestaba con eso. Se lo imaginó eligiendo el libro, y por el tono de voz, voltearse y mirarlo desde su posición. Tenso, igual de delgado que como lo conocía y agarrando el libro contra sí o en una mano.
—¿Viste? Mejor me quedo en casa no más —descartó, con ligereza y sin ni una tensión visible. Se notaba tranquilo aunque le pesara el pecho. Como si no tuviera ningún problema en ese instante con esa situación.
Lo miró cuando se sentó a su lado, directamente y sin mucho espacio, con una sonrisa en calma.
—Es uno de mis cuentos favoritos de Cortázar, sí —respondió, acordándose brevemente de los personajes principales, no del todo los nombres—. La idea de la gente formando una sociedad en conjunto ante una problemática, por medio de la comunicación espontánea y el sentimiento de apego y confianza. Algo medio primitivo que tienen todos... y la pelotudez de no encarar a alguien cuando se debería, obvio. Aunque sea para pedir el número de teléfono —Se rió un poco, volviendo entonces a su libro grande y más aburrido, pasando página y arrimándolo a su rostro, que las letras chicas no ayudaban cuando no tenía los anteojos de descanso.
JOSÉ MANUEL
Le gustó lo que escuchó, es como si alguien hablara en su lengua. La verdad es que adoraba el hecho de conversar sobre textos literarios, y oír una crítica valorativa o un breve resumen sobre el texto, le resultaba completamente genial.
—Mejor es que volvai a tu casa—dijo—, y sí. Me gusta cómo pasa el tiempo en ese lugar, y cómo los lazos se van haciendo más fuertes con el pasar de los días. Por la costumbre. Cómo se dan cuenta que en unos autos más allá y en otros más acá, la vida seguía. ¡O nacía! —recordaba a la niña teniendo el bebé. La comida que escaseaba, las peleas.
El cómo en un principio no había interés en el otro y al final, se convirtieron en unos vecinos que sabían y se preocupaban del otro.
Leía de apoco, pero no había paz.
Demonios.
¿Y es normal estar así? ¿Pasará esto en algún momento?
Acaso...; ¿no cambiaría la situación? Las preguntas iban una tras otra apareciendo en su cabeza.
Odiaba tanto la normalidad y la paz en Martín.
Uf (...)
Y sentía un ovillo en la garganta, palabras que querían salir pero se acumulaban allí y no salían. Manuel seguía con sus gafas puestas, y verle acercar el libro le causó un poco de diversión.
—Léelo en tu casa, te vas a joder la vista.
MARTÍN HERNÁNDEZ
Asentía con las acotaciones de Manuel a la historia, recordándola de a poco más a fondo y lo que pensaba de ella.
—Me mata que el ingeniero sea tan boludo. Pero me gusta su forma de ver el resto del mundo y de la situación. ¿Era el ingeniero el protagonista, no? Jaja —Llevaba tiempo sin leerlo, y teniendo la cabeza a medias en la medicina, lo complicaba un poco,
Lo que le gustó de ese texto era la magia con la que se veía formar lazos a la gente. Porque le parecía un poco mágico el asunto de las relaciones humanas, sin dudas. Eran algo importante, eran esenciales en la vida. Y ellos eran tan humanos como sus propios hijos, por lo que entendía y era llamativo en parte estudiarlo.
—Me acuerdo que me gustó mucho cómo veía la vida de ella, de la chica del Delphi si mal no me acuerdo, y lo que quería de momento, con solamente tenerla en frente —memoró—. Todo por deducción. Poner en prioridad a unos sobre otros, pasándola bien entre tanto bardo... —asentía, moviendo la cabeza de un lado a otro también, como si razonara.
Lo miró, acercándose un poco hasta que su hombro chocó con el de Manuel. —Me parece más increíble cómo de no saberse nada, terminaron siendo tan... esenciales para el otro. Me gusta esa idea porque es así como resultan todas las relaciones siempre, tan fáciles entre tanta complicación... —comentó, cerrando su libro sin dejar de mirarlo, y cambiándolo por el otro, al que sí le regresó la mirada y que arrimó tan o más que el anterior a su rostro.
Notaba la tensión en el chileno a su lado. Había quedado en no dejarse sentir diferente por él, lo que probaba no ver como imposible.
Porque era bastante imposible negar que /seguía/ queriendo tenerlo cerca y en mismo grado de confianza como hasta antes de irse.
JOSÉ MANUEL
Asentía a cada palabra del otro, a las ideas globales, a esas preguntas. Era como si pudiera imaginarse el mundo de esos humanos atrapados en aquel embotellamiento vehícular. Sí, sí. Sí a todo.
—La aparición de las monjas, o el cómo empezaron a organizarse. También es notable como van formando esa sociedad lentamente—dijo, de apoco, volviendo a tener un poco más de tranquilidad.
Al menos hasta que sintió aquel peso en su hombro y su cuerpo reaccionó crispándose.
/Se noto/.
Porque dio un respingo y removió su cuerpo.
—¿Tení sueño?—preguntó, molestando y removía su hombro, buscando incomodar al argentino. Para que se alejara, aunque hasta ahora, no era tan directo con esas cosas porque, de algún modo, no le molestaba -del todo- la situación. —El punto es que al menos esos personajes mantenían objetivos, si quieres problemizar algo solamente porque quieres y provocas al otro sin objetivos, entonces, sólo estás molestando...; ellos al menos, como dices, de lo complicado, lograron crear lazos. Que es lo más normal. El hombre es un ser social.
Dijo, recordando a su profesor de Ética y Moral en la Universidad.
—Martín... (...)
Y ese nombre salió de su boca como una piedra, como si hubiese lanzado un cuchillo en mitad de la atmósfera. Rompiendo el ambiente, deteniendo el tiempo.
MARTÍN HERNÁNDEZ
La verdad era que la problemática del cuento lo hizo verse con Manuel en medio de su propio embotellamiento. Uno del que igualmente no tenía idea de la mitad de las causas, y que comprendía que no había nada qué hacer para adelantarlo. Simplemente paciencia, esperar...
Sonrió a medias cuando lo notó tensarse más en el contacto, y por su parte se relajó todavía más. —No, no tengo sueño —dijo, como si fuera obvio, empujándolo divertido a su vez, para molestar. Estaba echándosele con más fuerza y muy a la jugarreta infantil—. Siempre se tiene un objetivo, aunque sea el de molestar. Y nunca se sabe si se quiere molestar o en realidad hay otra problemática entre tanto...
Porque bien podía ser que no tuviera ni idea de cuál fueran sus principales motivos, y solo supiera que le quedaba seguir...
Regresó a quedarse quieto cuando escuchó su nombre, casi autoritario a su parecer.
—¿Manuel...? —indagó, a espera de que dijera algo. Notando bien clarito el filo atravesando el aire a su alrededor.
JOSÉ MANUEL
Pero...; dejarse llevar era una mentalidad muy de niño. Y Manuel... Manuel ya había pasado por eso y no había salido nada bien de allí.
—Claro, en ese caso sería crueldad si molestar es el objetivo—tenía una visión más centralizada, más concreta... a pesar que era un hombre de letras, en las emociones y sentimientos, resultaba ser bastante práctico. Quizá demasiado.
Se giró un poco y eso provocó que, en ese sofá, terminara de costado, y observando al fin el rostro del argentino. Volviendo a captar las heridas, las manchas azules. Y eso ayudaba a que su estado de animo no cambiara, y que sus ideas mentales siguieran siendo las mismas con las que se vino de Santiago. Maldita sea la hora en que se encontró con Martín de sorpresa allí.
/¿Manuel...?/
Le dedicó una mirada directa, sus ojos avellana observando los verdes. Y se quitó las gafas en ese instante. Dejando las lentes sobre una mesa.
—¿Puedes irte?
(...)
MARTÍN HERNÁNDEZ
Se le hacía muy difícil mantener todo eso de esa manera sin querer, literalmente, ponerse a pensar en el millón de cosas que lo separaban de lo que realmente buscaba y todavía no sabía, entre todo eso.
Suspiró, dándole la razón, pero ya no acotando nada. Pensando en el libro, era bastante parecido en boludo al ingeniero. Dejar pasar oportunidades y no encarar cuando las cosas se ponían más allá de lo fácil, era mucha mala tendencia y costumbre suya.
La diferencia era que, por primera vez, dudaba así de fuerte en cambiar o no eso.
Se encogió de hombros, como si lo que hubiera pedido lo aceptara con facilidad. Regresó la atención a lo suyo, rebuscando de las últimas cosas que precisaba. Se levantó, con ambos libros en los brazos, y se dirigió a la salida, parando en el escritorio para sacar el carnet de socio y esperar a que la bibliotecaria le pasara el préstamo.
Ya parecía que se iba.
Pero volvió.
Y se dejó caer a su lado nuevamente.
—Perdonáme, ¿no? —indicó, realmente no muy llevado a eso—. ¿Por qué querés que me vaya?
JOSÉ MANUEL
Y sus muñecas comenzaron a picar. Pronto sus cortas uñas empezaron a deslizarse por encima de ellas y buscaba, como si pudiera, encontrar sus venas, rozar su propia sangre, saberse vivo.
¿Por qué empezaba a sentirse tan avergonzado?
Pronto el recuerdo de la autopista desapareció... y los recovecos de una cena navideña llegaron a su mente, evocaciones de mapas, de planos de una casa. De una noche fresca en un balcón, con el sonido de la ciudad de fondo, con las conversaciones de personas que caminaban por debajo de aquel lugar.
Se recordó feliz en algún momento.
Y en cuanto el cuerpo del argentino se fue, el peso sobre sus hombros lo hundía con tanta bestialidad en ese sofá, apretando una vez más su mandíbula. Y dañando una de sus muñecas al arrastrar parte de su piel con la uña.
Agachó la vista, abriendo un poco más los párpados y buscando la forma que su mente y pecho se tranquilizara. No quería ver si Martín se había ido o no, ni siquiera fue capaz de despedirse. Ninguno de los dos fue capaz de hacerlo... (...) pero no, pronto el argentino volvió a aparecer y el nudo en su garganta se hizo mayor, y el piquete en sus ojos le alertó. Manuel levantó la mirada y lo observó.
Mordió el interior de su labio.
—No lo sé...
Confesó. Y esbozó una sonrisa nerviosa, se le notó natural. Se le escapó ese gesto.
—Será que tengo miedo a tenerte cerca...
MARTÍN HERNÁNDEZ
Verlo tan... así, le hacía sentirse apabullado y nervioso a su vez.
¿Se creía que no tenía ni un poco de emociones como para no sentirse mal por un rechazo semejante?
Y es que en serio sentía que hacía un sobre esfuerzo para no meter la pata y cagar una relación como la que tenían. ¿Se pensaba que en serio no era difícil para él sentir más de un tipo diferente de cosas encima por el otro?
Se mordisqueaba el labio inferior en espera de una respuesta, evitando el lado dañado, y cuando la obtuvo tembló.
Sí, tembló de ansiedad y de la risa nerviosa que se le salió. Nada ruidosa y no muy extensa. Le subió un nudo a la garganta automáticamente. Y también pensó en una carita bonita, en un mil de situaciones bonitas, en sonrisas hermosas, en risas suaves, en tardes donde podía olvidarse de la vida...
¿Manuel tenía miedo?
Soltó el aire, relajándose todo lo que podía.
—¿Y por qué mierda tenés miedo de tenerme cerca? —preguntó, ya aguantándose como podía las ganas de mandar todo a la mierda. Su amistad, su comodidad, el relativamente poco tiempo que llevaba llevándose bien con él.
Porque le dieron ganas de salir corriendo, y de enfrentarlo. Como había pensado hacía solo cinco segundos atrás.
JOSÉ MANUEL
¿Cómo podía explicarle? ¿Cómo podía decirle tanto? Si ni siquiera él parecía tener claridad en lo que había comenzado a ser algo... tan complejo.
Amistad, cariño. Gusto. /Ahí terminaba/.
¿Pero por qué /dolió tanto/ saber que se había acostado con alguien más?
(...)
Se sentía tan imbécil.
Tan egoísta...; tan falto al respeto con esa persona que una vez amó.
¿Qué significaba todo esto? ¿Por qué se sentía así? ¿Era -acaso- una forma de sobrellevar el dolor acumulado?
Su cabeza y corazón era un caos. Llevaba separado casi un año, /un año/. Y aun así sentía culpa de comenzar a querer a alguien más, como si no se mereciera volver a ser feliz.
Porque, ¿lo merece, verdad? Aunque sea solo un poco.
Pero, ¿por qué justamente /él/?
¡Agh! Su mente lo iba a matar en cualquier momento.
Y su orgullo estaba por lo suelos una vez más, también era algo que dolía y le alejaba de la verdad. Escondiendo los motivos y sólo enseñando las consecuencias de tantas cosas que pasaban. Nunca se había sentido tan abrumado.
—Porque es fácil enamorarse de ti...—el temor que le embargó luego de esas palabras, fue suficiente para que se pusiera de pie, era mucho el sentir para mantenerse quieto y no podía. —Y no quiero...—murmuró tan bajo, tan quebrado, con la voz temblorosa.
/No quiero volver a sufrir una pérdida así/.
Sus párpados se sintieron pesados. Estaban en un lugar público. ¡Repleto de historias! En cada libro una... y ellos dos, ellos dos tenían sus propias historias también.
MARTÍN HERNÁNDEZ
Era un cobarde de los buenos, sí.
Esperaba que escuchar decir algo de eso le instaría a callarse la boca y salir corriendo, sí. Como cada vez hasta entonces que había algún acercamiento así con otra persona, como cada vez desde hace añares.
En algún momento había pensado que era una buena hora para seguir adelante, ¿no? Justo un instante antes de arrepentirse y no sentirse meramente preparado para eso, justo un instante después de conocer a Manuel y decirse que era un buen amigo, una buena compañía, alguien que le gustaba por más de una cosa en específico y que no tenía que ver por el ámbito /seguro/.
Le quedaba grande verlo como amigo. Y sabía que la cobardía era su punto débil ante eso, ¿cómo siquiera podía llegar a pensar en verlo de otra forma? ¿Cómo arriesgarse a cagar a una persona tan jodidamente buena?
Soltó el aire, relajándose, porque con esa mezcla de emociones encima no ayudaría nada. —Te juro que tengo ganas de pegarte una patada en el culo y mandarte a la mierda —sonrió, con aparente diversión y enojo contenido—. Pero ni puedo hacer eso, o pensarlo. O me recrimino yo solo que sos de las pocas personas que me hacen sentir bien y que no te merecés nada malo.
Inhaló una bocanada larga de aire, parándose a su vez y sujetándole de la muñeca por miedo a que se vaya antes de tiempo.
Era un cobarde, ¿lo sabía, o no? ¿Por qué lo retenía?
—Yo no sé —dijo, bajito y para ellos—. Enamorarme de vos... —intentó aclarar. Serio, sí, como podía. Se relamió la boca incómodo y ojeando que no anduviera nadie cerca.
Aunque lo hubiesen pisado como a un bicho la primera vez que se sintiera así de cómodo y seguro de querer a alguien. Aunque eso le tuviera todo ese tiempo a base de jugarretas simplonas.
Incluso quiso besarlo. Por ese instante, la valentía que tenía a principio de todo lo envolvió lo suficiente para decirlo. Y no le molestó quedar a medias porque sabía que se entendía lo suficiente.
JOSÉ MANUEL
Sus piernas estaban fijas al suelo, pero sentía débil esa posición, y de repente, quería abrazarse a sí mismo. Pero mantuvo la compostura, y su cabeza comenzaba a doler, quizá porque estaba pensando demasiado. Y porque temía que, en algún momento, acabara quebrándose.
Eran amigos, y la pasaban bien juntos...; demasiado bien. Y se gustan, ambos lo saben y por un momento pareció ser una jugarreta, y Manuel lo quiso entender de ese modo. Disfrutarlo, quiso conocer esa parte de la historia. Quiso gozar -por primera vez- una relación así.
Pero tuvo que joderlo todo.
(...)
¡Y conoce al argentino! Carajo...; lo conoce tan bien, que por eso mismo tiene miedo de comenzar a sentir algo más. Porque ese Rubio delante de él...; para Manuel, no sabe amar.
Y le duele creerlo de ese modo...; y se sintió tan basura odiando los mensajes que recibía mientras él respondía con comentarios de amigo. Riéndose, cuando en realidad el calor en su pecho había abrasado sus órganos.
Sin poder detenerlo.
Lo vio ponerse de pie, la clara amenaza no fue suficiente para sacarlo del estupor que el momento le provocaba. Pero que le sujetara de la muñeca, le electrizó toda la espalda y nuca. La cercanía comenzó a ser tan clara que su corazón volvía a bombear, a latir tan fuerte que le dolían las costillas. Y si bien todo parecía lento y pausado. Fue el chileno quien alzó una mano, la que Martín no tenía y apoyó de ella en la mejilla del argentino.
Su pulgar quedó en mitad de esos labios. Justo encima, aplastándolos.
Manuel pegó su espalda a uno de los anaqueles, con Martín tan cerca que sus piernas se entrelazaban. Unidas.
Se rozaban.
—No me beses...—pidió—... no seas cruel.
(...)
MARTÍN HERNÁNDEZ
¡Era difícil! Tan difícil como se podía esperar.
No estaba acostumbrado a querer de esa manera, ciertamente. Era como había dicho: huidor. No le gustaba que la única otra vez terminara tan mal. No le gustaba tener esa imperiosa necesidad de tenerlo para sí mismo siempre. Egoísta, celoso.
Y todo nacía con el entendimiento de por medio con tanta fuerza que lo abrumaba, de la misma manera que la cercanía, que la imagen del chileno sobre los libros, en la biblioteca solitaria, tocándolo y pidiéndole que no sea cruel. ¿En serio pretendía que lo pasara por alto?
Tenía los ojos tan fijos en su rostro que parecía que lo fuera a atravesar. Y miró sus labios por un momento, miró sus ojos el resto del tiempo. No quitó la mano de Manuel de su boca, ni hizo un movimiento brusco en lo que recaía: el dolor en su pecho, el de su estómago, su vientre...
Las manos le sudaban y sentía un hormigueo indeciso y pesado en la cabeza, los hombros y cada lugar donde estaba tocando al chileno. Hizo una mueca.
—¿No te parece cruel de tu parte también? Vos también estás siendo muy malo por pedirme eso ahora y así —medio reclamó. Giró la cabeza en dirección a la salida, zafando la boca del agarre de Manuel, y en dirección contraria.
No había nadie... no quería ser malo. No con él después de que lo tachara como tal por sólo pensar en la acción. —Yo no soy así, aunque parezca lo contrario después. También me enamoré de alguien y después me partieron en dos sin que les importara una reverenda mierda. Para vos soy malo si te beso, para mí sos horrible por pensar que no puedo sentir culpa por eso.
Lo besó, sí. Le plantó la boca encima de golpe y con fuerza, haciendo que se golpeara contra los libros de atrás, cruzando una mano entre ellos para sujetarlo de la nuca y que no se le fuera a ir. Movió los labios con fuerza y probó tanto como pudo en los segundos que se sintió normal hacerlo. Aunque se sintiera los músculos contraerse de nervios y ansiedad por lo que hacía.
Que aunque no lo hubiera hecho, hubiese sido lo mismo. Y prefería la culpa después a la incertidumbre de no poder hacerlo más. Prefería recibir así el golpe cruel que sintió llegar por parte de Manuel, así como devolverlo igual. Si después iba a seguir tachándolo como una persona sin alma, ya qué más daba... no tenía que recordarse que, de igual manera, ya no había vuelta atrás.
JOSÉ MANUEL
Su pulgar presionaba esos labios, pero también iba perdiendo la fuerza, porque su tacto conocía en ese instante -de forma directa- la textura de esos labios. Y la atmósfera comenzaba a transformarse en una especie de universo paralelo. Ya no hacía caso a lo que allí les rodeaba, no a la gente. No a las voces en la entrada.
Sólo ellos.
¿Malo? ¿Él? ¡Estaba intentando -de una forma muy escueta en verdad- el que Martín no siguiera! Que se detuviera, que sepa que no era bueno tomar y luego dejar en el olvido. Que esas cosas son crueles, de alguien que prefiere el daño por la paz mental.
Cada palabra de Martín se colaba en su mente. No le quería bautizar como un ser insensible, pero las circunstancias, la fama y todo lo demás, fomentaban que el chileno le creyera como tal. ¡Hasta se lo dejó en claro con lo de la rubia! Se habían dicho que existía un gustar, que había una atracción... y Martín lo primero que hizo fue acostarse con otro. ¿Cómo creerle entonces que gustaba de él? De él.
De un hombre más encima. De un chileno. Él no era nada al lado de una alemana.
(...) y odiaba sentirse así. Aborrecía el sentimiento de inferioridad. Y culpaba a Martín por eso. Esa noche lo hizo, le culpó de muchas cosas.
¿Cómo podía gustar -Martín- de él?
De un idiota que aún le es fiel a su ex...; o eso creyó...
Por los últimos meses, hasta esa noche. Cuando se sintió siendo egoísta con alguien. Con justamente este rubio que ahora le aplastaba las ideas y le revolvía las tripas. —No es es--hmmh—no acabó la idea, no acabó siquiera la frase para cuando esa boca fue a poseer la suya y sintió como si le agarraran el vientre y se lo tirara hacia abajo. Su nuca dolió por esa presión, se removieron algunos libros y su boca, que si bien pareció al principio muy negada al tacto, pronto liberó un jadeo cálido y húmedo. Momento en que esos labios se movían y los suyos, aún algo lentos, intentaron seguirle el ritmo por deseo.
Porque le deseó la boca antes.
Y una mano del chileno buscó apoyó entre los anaqueles, abriendo escasamente sus piernas y montándose poco a poco en una del argentino, simplemente para lograr un roce más cercano. El fuego quemó todo, hasta sus pensamientos. Y su pecho subía y bajaba...; nadie lo había besado hace tanto ya. Y volver a sentir la humedad de uno, la suavidad de los labios, la intromisión, el roce escaso de una lengua mojada.
—Ah--Mhartín...—le mordisqueó el labio inferior y logró de ese modo retirar apenas su boca de la ajena. Usando sus manos empujó el pecho contrario, avergonzado, con las mejillas rojas, con los ojos aguados. Jamás le había dolido tanto besar a otro.
Y las emociones que se iban sumando, entre alegría y miedo, ansiedad. Terror.
—T-tengo que volver al hotel—dijo, y como si la reunión fuera en diez minutos, el chileno salió de esa cercanía, alejando a Martín. Avanzó por el pasillo... un paso, dos, tres... pronto comenzó a trotar, pronto abrió la puerta y se dispuso a correr. Sus piernas aceleraban el paso, se cansaba, el pecho dolía de la fuerza que palpitaba su corazón. Pero el viento golpeaba su rostro.
Se detuvo y sacó su móvil. Caminando y volviendo a respirar, con nerviosismo -porque sus dedos temblaban- y buscó rápidamente el chat de Martín.
#wѕѕp ; 𝚃𝚒𝚗𝚌𝚑𝚘
» Te espero afuera.
(...) se giró, y miró desde allí hacia la puerta de la librería.
Vamos...
Vamos...
Sal, Martín.
MARTÍN HERNÁNDEZ
Le rebotó el corazón en las orejas cuando se sintió correspondido, apretándolo más de lo necesario y reclamándole os labios y la boca con gusto, con un nivel de ansiedad que llevaba muchos años de no sentir. Ni se dio cuenta de la posición que adoptaban ni del calor que le inundó el cuerpo hasta que sintió los dientes ajenos y que respiraba.
Se había olvidado de respirar por un momento, de los músculos tensos, del ambiente en el que estaban. Volvió de golpe la fragancia a Manuel, el olor a papel de los libros.
Y entendía en enorme parte lo que le pasaba por la cabeza al chileno. Porque admitía que era un pendejo para ciertos asuntos. No se había enamorado nunca de alguien que pudiera corresponderle. Y si lo repetía tanto era porque en ese último tiempo fue que empezó a encontrar más motivos.
Le pesó, e intentó no darle importancia. A la mayoría de las personas que apreciaba les veía un tercer ojo, pero a Manuel no. Aunque en serio intentara olvidarse de él, no. Ni siquiera le encontró el defecto necesario en su personalidad como para conseguir una excusa para borrarlo de la dirección que tomaba en su mente. Manuel le gustaba y punto, y lo quería en serio, que era peor para su confianza propia.
Aunque no para la reciente valentía.
Y ¿qué podía reclamarle sobre irse con otro cuando, estando con esa persona, empezó a enviarle mensajes por acordarse de él? ¿Ni siquiera le sonó en la cabeza al chileno que pudo tener más intenciones? No por nada había vuelto más perdido que encontrado al asunto de ellos dos. Aunque igual, sí, no lo detuvo en ese momento.
Apenas regresó en sí, Manuel se le había escurrido de los brazos y lo veía salir corriendo.
—La reputa madre que me parió —murmuró, recuperando el aliento como pudo en un par de suspiros. Fue hasta donde estaban sentados, agarrando los libros.
La había cagado, ¿no? Sí, seguro. Lo que lo sorprendía era la falta de miedo por lo que acababa de hacer. Tenía una seguridad que no cargaba antes. Y se sentía raro e imposible, casi.
Sacó el celular del bolsillo trasero cuando lo escuchó sonar y se apuró a salir cuando leyó el mensaje. Cruzó la puerta de la biblioteca, mirando de un lado a otro para encontrarlo, avanzando cuando lo visualizó a unos metros.
Cada paso suspirando para juntar coraje, no flaquear. Era lo que quería, estar seguro de lo que sentía.
Aunque no tuviera ni puta idea de qué decir.
JOSÉ MANUEL
Su cabeza había dejado de retumbar, pero los labios...; los labios ardían y picaban del recuerdo de esa boca sobre la suya. Había sentido la suavidad, la humedad /el sabor/ de esa saliva. Y sus labios habían correspondido, lo recordaba bien. Se pensaba recibiendo el beso y sin haberse negado a ello. Toda su cabeza iba calmándose lentamente, como lo hacía su pecho, su respiración.
Cuando notó el 'visto' en el teléfono, sus piernas -aún temblorosas- dieron un par de pasos hacia la biblioteca en la que había estado, pero era un caminar lento. A pesar que estando allí afuera le daba un poco más de tranquilidad, seguía nervioso. Temiendo lo que podía significar tener a Martín delante de sí. Había escapado del beso y del calor que le estaba rodeando, no porque no gustara -y bien claro quedó aquello- sino porque la adrenalina le obligó a salir de allí. El nerviosismo le ganó.
Afuera autos pasaban por las calles,la gente avanzaba por las alamedas y Manuel estaba detenido en mitad de ese ir y venir de los argentinos que le rodeaban y no entendían qué hacía ese muchacho de pie allí.
Una nuca amarilla apareció.
Se relamió los labios de acto reflejo. Sudaba, tenía calor. Tenía el estómago destruido. La mente en cualquier parte. Y es que una vez más estaba mirando a Martín desde su lugar. Y el chileno más se aferraba a las calles de Buenos Aires, la suela de sus zapatos más se afianzaban en ese lugar. Hasta que Martín llegó frente a él y pasando unos segundos, fue Manuel quien habló primero.
—Lamento haber salido corriendo—dijo enseguida, aún brillaban sus labios por el beso. Aunque había sido un contacto pequeño, pero el primero que tuvieron y más encima en un nido de libros. No había nada mejor como escenario, ¿verdad? Manuel esbozó una sonrisa avergonzada. Con los hoyuelos remarcados. Se sentía protegido en la calle, y es que estar a solas con Martín comenzaba a ser demasiado peligroso. —Tú me gustas—repitió, porque ya lo había comentado antes—, y comienzo a quererte—¿se estaba confesando? Diablos, ¿y en mitad de las calles? Demonios. —Sólo quiero que lo sepas, Martín. No quise irme sin decirte eso—dijo al final—, voy a volver al hotel.
(...) Manuel miraba al argentino a los ojos, pero se notaba nervioso.
MARTÍN HERNÁNDEZ
A medida que lo tenía más cerca, iba sintiendo el temblor en las piernas, en el pecho, en las manos. Sostuvo con más firmeza los ejemplares bajo el brazo derecho. Tomando aire cuando estuvo frente a él de una vez. Estaba nervioso como nunca, literalmente nunca, lo había estado.
Le hormigueaban los labios de gusto por el beso, seguramente tenía la lastimadura roja de nuevo. Ni había reparado en ella hasta ese momento en que dudó de su imagen. Tenía los pelos en punta y el calor tentativo ahí no más a flor de piel. Miró a Manuel con bastante intensidad. Recorriéndole las expresiones para hacerse una idea de cómo estaba.
Acababa de besarlo.
No se la creía. Estaba entre cargar una emoción poco probable y un nerviosismo incomparable. Le había gustado horrores. Su sabor, su tibieza, su voz hablándole entre tanto, la correspondencia que no se esperaba llegar y que lo hizo subir los niveles de emoción quizá un poco demasiado. Se relamió los labios un poco, con sutileza. Escuchando atento las palabras.
Sonrió, asintiendo.
—Si no salías corriendo vos, lo hacía yo —confesó, muy seguro de eso, contentándose sin querer por la imagen que revelaba el chileno frente a él. La
vergüenza, la sonrisa, los nervios—. Yo también... me gustas, digo. Ya quedó claro de la otra vez. Y... te quiero —dijo, con más seguridad, no con falta de creencia en el medio. Y sintió un alivio en los hombros enorme—. Yo igual, quiero que no te tomes a mal todo esto, que si querés hablar de cualquier cosa yo te la aclaro, pero no la pienses por vos. Porque después de esto siento que pensás muchas cosas por vos y que no me das oportunidad ni a barajar un poco las cartas...
Suspiró, serenándose del todo. —Sé que es difícil y todo. A mí no más se me va a hacer el desastre en la cabeza cuando vuelva a casa, pero por favor; si tenés dudas, preguntáme —Y sonrió, sintiéndose incluso una persona madura por haber podido soltar todo aquello. Todavía se sorprendía no ver a la cobardía aparecer cerca—. Andá con cuidado...
Lo miraba igual a los ojos. Y eran notorios sus nervios, pero su tranquilidad y seriedad igual. Era raro ver al Tincho intentar ser maduro en una situación así, pero ya que había que hacerle frente...
JOSÉ MANUEL
No era tonto y podía notar cómo el argentino también parecía alguien completamente nervioso, como si lo que estuviera viviendo fuese algo bastante nuevo. No sabía cómo concluir todo lo que había pasado, desde que se molestaron con nieve, hasta ahora. Y si lo ponía de ese modo, parecía que habían pasado años. Cuando la verdad, no eran más que meses. Debía ordenar sus ideas una vez más, pensarlas, aclararse para así poder hablar con serenidad. Jamás pensó que terminaría comportándose cual crío de secundaria. Con idas y vueltas. Incluso salió corriendo del beso...; ¿quién diablos hacía eso? (...)
La gente seguía pasando al lado de ellos, yendo con sus vidas mientras estos dos se mantenían de pie justamente en ese mismo lugar. Manuel escuchaba con atención lo que Martín iba diciendo, sobre todo cuando sintió que lo estaban retando por pensar cosas y quedarse con sus propias conclusiones sin preguntar. ¡Cuántas veces fue él quien pidió al otro que eso no pasara! Recordaba perfectamente dicha situación. Acabó con una pequeña sonrisa en la boca, por el recoveco aquel.
Pero, lo más importante para el chileno fue esa correspondencia en los sentimientos. Al parecer, ambos estaban padeciendo el mismo mal. El castaño se acercó un poco más al argentino. —Tenemos que hablar, de eso no hay duda...; pero no ahora. Yo cacho que ni tú ni yo estamos en condiciones para hablar de esto—porque había un sin fin de cuestiones que charlar. —Y haz lo mismo... si quieres hablar algo, o tienes dudas de algo, cuéntamelo la próxima vez que nos veamos, ¿vale?—luego, alzó una mano y apretó el hombro derecho de Martín, más ancho, más atlético que él.
—Nos vemos, Martín.
Soltó aquel hombro con una pequeña caricia hasta el codo, para finalmente girarse y avanzar, avanzar porque los nervios volvían y necesitaba su preciada soledad. Sus cuatro paredes. Y pensar.
Y recordar ese beso, rodeado de historias en una biblioteca.
Rol hecho con Aurora, ella maneja a Martín Hernández en facebook.
Data: 11 de noviembre de 2017.
Tenía encima un tipo de delantal blanco, de esos que usó años atrás cuando era lechero en el fundo. Un tanto plástico. Pero se le veía concentrado al viejo, ocupado en verificar si esa guía que se inventó hace horas servía o no. Mira que llevaba dos días de retraso en hacer la chicha y todo porque la guía no servía, el motor de la máquina cortaba la luz.
Ahora sí funcionaba.
Se oía el motor y la piola giraba con fuerza, era momento de empezar el trabajo entonces.
Apoyados contra la casa estaban unos sacos llenos de manzanas, recogidas del mismo árbol que ayudaba como apoyo al gran tronco que aplastaba la manzana molida.
El viejo caminaba con cautela, tomaba el saco de manzana, con el pie de su bota encendía la máquina. Se tiraba la manzana dentro del recipiente, se molía y ésta caía en un balde. De repente un trozo de manzana salía con tanta fuerza que golpeaba a cualquier mirón. La risa del viejo se oía apenas, culpa del motor que seguía haciendo su trabajo. Era de los pocos momentos en que reía, porque era ese viejo antiguo, ese hombre que lleva historias en sus hombros. Que le cuesta sonreír.
Luego, cuando se terminaba de moler el fruto, se envolvía en sacos de género, se metía dentro de un recipiente de madera y encima se iban sumando trozos de tablón en círculo, semi círculos, cuadrados y al final, un rectángulo de madera con un sacado en mitad para hacer de apoyo al tronco que bajaba y aplastaba.
No faltaba el niño que corría con su vaso para llenarlo con chicha recién hecha, todos bebían.
Se sacaban botellas tras botellas. Se bebían durante las fiestas y se acompañaba con los deliciosos alfajores con manjar o chancaca que hacía la vieja. La señora pues; la abuela.
Era todo tan bonito en ese entonces; ni siquiera pensaba que algún día mis viejos ya no estarían.
Por que, a diferencia de lo que opina mucha gente que cree que, por que ha venido por un par de horas a #Chile o ha visto noticias, sabe algo acerca de nosotros, puede llegar a pensar y agresivamente opinar... NOSOTROS NO ESTAMOS EN GUERRA!! NO SOMOS COMUNISTAS NI CAPITALISTAS... NO SOMOS POLITICOS, NI RICOS, NI POBRES U OBREROS.... S O M O S C H I L E N O S ! ! #Repost @nicovoz • • • • • Sin violencia, son saqueos, sin montajes, sin capucha... Así protesta mi Chile! • • • • • #PorUnNuevoChile #PuroChile #PorLaRazonOLaFuerza #NuncaMas #Chile #Chileno #Constitucion #LaPerlaDelMaule #conty #Talca (en Chile) https://www.instagram.com/p/B4Bu9PFgdC-/?igshid=mw3msrpyxxv6
Así como en algún momento se dijo que el sol giraba en torno a la tierra. Así siento ahora mismo el mundo en el que estoy.
Soy yo el detenido, y el universo es el que gira. Soy yo el de pies de cemento, mientras el camino es el que se mueve y avanza por sí solo.
El sol ha dejado de estar quieto. Las tazas de café caen de las mesas y ruedan por el piso inquieto. Las letras se escapan de las hojas y manchan las avenidas movibles. No hay libro con historias ya. Y se mezclan en los senderos Quijotes con Ulises, Dantes con Martínes. Se dan la mano el unicornio azul de Silvio con una marcha imperial.
Mi pies son urbanos, y estoy encerrado entre dos grandes edificios. Mis hombros chocan contra esas murallas, y delante de mí un sólo pasillo de plomo que me hace sangrar la piel.
𝗣𝗔𝗕𝗟𝗢 𝗡𝗘𝗥𝗨𝗗𝗔
Ellos se declararon patriotas.
En los clubs se condecoraron
y fueron escribiendo la historia.
Los Parlamentos se llenaron
de pompa, se repartieron
después la tierra, la ley,
las mejores calles, el aire,
la Universidad, los zapatos.
Su extraordinaria iniciativa
fue el Estado erigido en esa
forma, la rígida impostura.
Lo debatieron, como siempre,
con solemnidad y banquetes,
primero en círculos agrícolas,
con militares y abogados.
Y al fin llevaron al Congreso
la Ley suprema, la famosa,
la respetada, la intocable
Ley del Embudo.
Fue aprobada.
Para el rico la buena mesa.
La basura para los pobres.
El dinero para los ricos.
Para los pobres el trabajo.
Para los ricos la casa grande.
El tugurio para los pobres.
El fuero para el gran ladrón.
La cárcel al que roba un pan.
París, París para los señoritos.
El pobre a la mina, al desierto.
El señor Rodríguez de la Crota
habló en el Senado con voz
meliflua y elegante.
“Esta ley, al fin, establece
la jerarquía obligatoria
y sobre todo los principios
de la cristiandad.
Era
tan necesaria como el agua.
Sólo los comunistas, venidos
del infierno, como se sabe,
pueden discutir este código
del Embudo, sabio y severo.
Pero esta oposición asiática,
venida del sub-hombre, es sencillo
refrenarla: a la cárcel todos,
al campo de concentración,
así quedaremos sólo
los caballeros distinguidos
y los amables yanaconas
del Partido Radical”.
Estallaron los aplausos
de los bancos aristocráticos:
qué elocuencia, qué espiritual,
qué filósofo, qué lumbrera!
Y corrió cada uno a llenarse
los bolsillos en su negocio,
uno acaparando la leche
otro estafando en el alambre,
otro robando en el azúcar
y todos llamándose a voces
patriotas, con el monopolio
del patriotismo, consultado
también en la Ley del Embudo.