Vanellus chilensis
Los treiles cantan anunciando la lluvia. Vuelan bajo un cielo moteado de grises esperanzas que huelen a nefastos llantos asesinos de infantes alados. La naturaleza es cruel, uno puede decir. Pero no es más cruel que su creación más cruel, así como una cadena no es más débil que su más frágil eslabón. A veces uno mira, siente a Natura y no sabe qué pensar... ¿Porqué existe el árbol? ¿La tierra? ¿La nube? Yo mismo. La contemplación de la vida suele llevar a la muerte, a la incapacidad de la creación de enteder su propia existencia. Por miles de años se han preguntado lo mismo, y por otros cientos de miles seguirá haciéndose de la misma manera. Los treiles vuelven a cantar. Qué sonido más peculiar tienen, si uno no los conoce podría pensar que son almas reclamando por sufrimientos pasados, o quizás no, que son simples aves. Todo depende de la perspectiva de uno. Cada uno de esos pequeños animales viven de acuerdo a sus pasiones, a sus instintos, a lo que su organismo les pide que hagan. En cambio uno, ser erróneo de la maravilla, mira el cielo que dispara desde un mar elevado, cómo demonios se puede vivir con esperanzas cuando todo te demuestra que no la hay.
El cielo moteado se ha transformado en un gris intenso, en un negro descolorido, en un infierno apagado. Ya no cantan las aves, ahora se resguardan en sus nidos, impacientes de que la lluvia los limpie de la inmundicia aérea existente en esta pútrida ciudad; ciudad que más que sociedad, acumula vergüenzas y desgracias, tragedias irremediables, luchas inexistentes, guerras de orgullos y acusaciones múltiples. Una ciudad que no cuida a sus hijos, que los maltrata, que los humilla. Que en vez de limpiarlos noche a noche los ensucia día a día.
La lluvia cae fuertemente, se escucha a lo lejos el viento reclamar su presencia. Golpea a los árboles, dejándolos desnudos de sus sustentos. Los deja impávidos ante las heladas y las miradas; las aves no pueden volar, se elevan y revolotean a voluntad del viento. Cuando uno mira a la naturaleza desde un punto seguro, se siente deseoso de estar viviéndola en carne y hueso: sentirse llevar por la fuerza de las ráfagas, de no controlar tu destino, de dejarte ir y venir, de subir, bajar, de no saber el este, el oeste, el norte ni tampoco el sur; no conocer de amistades, de amores fallidos, de intentos mal logrados, de triunfos ni de estudios, ser un simple cuerpo sintiente golpeado por la fuerza de la naturaleza, ser uno con ella, y nada más. Claro, eso es lo que uno piensa calentito debajo de las mantas, mientras observas a un pobre treile que no alcanzó a anidar y grita en desesperación para avisar a sus hermanos que no salgan al aire. Qua acto tan benevolente, dirían algunos.
Treile = Queltehue.












