Cartas a él. Carta IV
Enero 24, 2021
Cariño mío:
Hoy mientras ayudaba a mamá en la cocina, y chiles y especias nublaban mi sentido del olfato, recordé a Tita de la Garza, aquella muchacha desdichada que estaba condenada a elegir a su familia por encima de todo, incluso del amor. Supe que sufrir por amor, mientras intento seguir una receta, siempre me recordará a ella sufriendo amargamente por su Pedro Múzquiz, aquél que la cautivó, hechizó, al que le bastó una mirada para hacerla completamente suya. Leí la novela hace varios años, pero en mi mente sigue congelada la imagen del día de la boda de su amado, de ella deshaciéndose en lágrimas sobre el pastel de bodas, o preparando codornices en pétalos de rosas, las mismas que le obsequió el hombre de su vida, pero sobre todo, recuerdo el irremediable sufrimiento que la hacía agonizar por no poder estar con quien quería, con quien su cuerpo le reclamaba, el que le incendiaba los ojos y la piel. Más que recordarlo, lo he sentido, puede sonar tonto y un poco desesperanzador quizá, pero siempre me he sentido un poco como una de la Garza, he sentido una conexión con Tita, he deseado quebrar los dos planos: real y ficticio, para abrazarla sinceramente. ¿Por qué siento su dolor como si fuese mío? Quizá en cierta medida se debe a ti. Al verte, también sentí que algo dentro de mí ardía, colisionaba, explotaba. Creo que no hay mejor comparación que la de Tita al decir que es algo parecido a lo que los buñuelos deben sentir al entrar en contacto con el aceite hirviendo. Sufro con ella, lloro con ella y de vez en cuando incluso maldigo esta vida, ¡Qué canijo es no tenerte!
Admiro su entereza, el no haber desfallecido, el no haber muerto de amor. Me pregunto, ¿qué habría hecho yo teniéndote tan cerca, pero siendo incapaz de besarte, tocarte, siquiera hablarte? Seguramente me hubiera puesto a llorar cual niña, irremediable, inconsolablemente, por días enteros. Todos se preocuparían por mí, pero solo tu voz me podría calmar.
Entonces vuelvo a mí y me digo: ¿La desdichada es ella o soy yo? Ella podía mirar de reojo a Pedro mientras realizaba las labores de la casa, escuchar su voz felicitándole por ser la cocinera del rancho, tocarse discretamente, tener breves encuentros apasionados, besos sabor a sandía helada, mientras casi todo el mundo era indiferente a ello. Él le pertenecía todo cuanto era, corazón, alma, carne, letras, estaban tan cerca, pero tan lejos, con sus acciones siendo condenadas, solo podían vivir en las sombras, en la clandestinidad. Y aunque tú (ahora ya) no me perteneces ni un poco, estoy segura de que tampoco me gustaría no poder besarte cuando yo quisiera, no tomar tu mano e ir felizmente por ahí. Soy terriblemente mala guardando mis sentimientos, seguro que mis ojos me delatarían, y todos sabrían que somos culpables.
Sufrí cuando rechazó al Dr. Jhon Brown, y sin embargo, estoy muy lejos de poder juzgarla. De hecho, me siento conectada con ello incluso en ese aspecto. La misma Tita creía que Jhon era el hombre perfecto, quería adorarlo como él lo hacía con ella. Yo misma creo que hubo o habrá alguien por ahí que me amará con tanta intensidad, capaz de ponerme en un altar, colocar incienso, ponerse de rodillas y hablar de mí como la cosa más bendita del mundo, lo sé, porque yo te dirijo mis más puras plegarias. ¿Lo amargo? Que no puedo querer a alguien que no seas tú con tus ojitos chulos. Podría conocer a ese hombre, y desde ahora sé que terminaría por declararlo como el perfecto, pero para otra mujer.
Ahora lo sé, qué inocentes e ingenuas somos, ¿Cómo una puede creer que el corazón le pertenece? Nunca ha sido así, no podemos elegir en quien depositar nuestro amor, a quien cantarle, quererle, rezarle, a quien tatuarnos en los huesos. El corazón es meramente algo prestado, un contenedor que alguien nos asigna, y que desde el principio de los tiempos, ya está destinado a ser únicamente de una persona. Luego, es insertado en nuestro pecho, esperando que seamos tan inteligentes como para reunirnos algún día con su dueño. Y así andamos torpemente por la vida, regando nuestras semillitas en tierras hostiles, esperando que germinen, pero nunca lo hacen, llorando, sufriendo, en vela por alguien que ni lo merece, obligándonos a querer a quien bien sabemos que no queremos, conformes con alguien cuya presencia no nos embruja, envuelve, enloquece. Alguien que no es fuego intenso, sino una llamita de débil luz. Pero un día, así como así, nos llega la fortuna, nos cobija el cielo. Mas no todos son amores posibles, algunos desde el principio están hechos para durar solo un ratito, como mi amor por ti.
Como si se pudiesen controlar los latidos, como si todos no llevasen ya tu nombre, nunca tuve la posibilidad de evitar que mis ojitos quedaran encantados con tu sonrisa, tonta de mí por creer que sí.
He empezado a leer el diario de Tita por tercera vez, he revivido el dolor, el amor apasionado, pero tan prohibido. Es medianoche aquí y ahora solo tengo ganas de prepararme un chocolate bien batido, comenzando el ritual para agradecerle al Señor Cacao, esperando que pueda calmar un poco el frío que siento por no tenerte.
- Tu eterna Daniela.














