Bien. Sabíamos que esto iba a pasar en algún momento, aunque no estuviera preparada. Hay cuaderno de comunicaciones, hay mochila, hay que despertarse temprano. Julia empezó el jardín. Llegó el día: nos escolarizamos.
A pesar de todas mis fobias y mis reticencias, hay que confesar que el Jardín en cuestión resultó idílico, la quetejedi va feliz y creo que fue más larga mi adaptación que la de ella. Después del baldazo de agua fría diario que significa levantarse temprano, elige un amiguito -muñeco del día- y allí vamos, manito en mano, rumbo a la aventura. Podrán adivinar uno de sus momentos favoritos de cada mañana: el desayuno. Las maestras tardaron dos días en reconocer mi retoño de Pochita Morfoni.
En nuestro jardín se acostumbra que cada familia lleve una vez por semana algo para desayunar que nos toca por rotación: frutas, galletitas o, ay de mí, cereales. No sé si entienden la paradoja que significa para mí la semana de cereales. Uno de los grupos de alimentos que más comemos, que más difundo, vamos, que me pongo la camiseta cerealera 100%. Pero a la hora del desayuno infantil y consuetudinario, “cereales” significa otra cosa. Esas rueditas con colorante y azúcar a toneladas. Esas “almohaditas” -no sé qué les ven de almohadas- que se promulgan como avena y tienen cualquier cantidad de ingredientes colados. Digamos que no me resulta fácil enviar en la mochila el aporte semanal cuando llega la semana de cereales fallutos. Así que decidí poner manos a la obra y reencausar el asunto. El resultado, ya lo ven, son estos snacks crocantes con aroma a turrón y conciencia materna tranquila. La receta, haciendo click aquí.











