Sí, una caja. Una caja simple, sin decoraciones, sin instrucciones, solo con una profundidad que habita en su interior. Y ahí está, en silencio, esperando ser descubierta.
Me sonroja imaginar qué haría un gato con esa caja. Mi gato Netto ama las cajas, sin importar su tamaño; para él lo es todo. Cuando le doy una caja lo primero que hace es analizarla, la huele y después se adentra en ella de una forma tan eufórica, como si nunca hubiera visto una caja en su vida. Y ahí está él, feliz con ella. ¿Qué será lo que causa esa euforia? ¿Su textura? ¿Su simpleza? ¿Su capacidad de poder contener algo? Y pienso: ¿qué nos impide volver a redescubrir cosas ya conocidas? A veces, disfrutar algo tan sencillo nos hace reconectar con nosotros mismos, con ese significado que le damos y que nos olvidamos en algún punto. Capaz redescubrir algo va más allá de su significado, es la simpleza de aprender a darle nuevos sentidos, incluso a aquello que creíamos conocer.