Largo relato de tu muerte
Escrito encontrado en las profundidades...
—Hola Martha Retana, tu padre se está muriendo, reacciona, algo pasa, concéntrate, ayuda a tu madre y a tus hermanos, no estés perdiendo más el tiempo, la hora se llegará y no lo puedes evitar, no eres más que un humano más, y al igual que él se va tú también lo harás, pero tu tienes tu tiempo, y hoy no te toca a ti.
No se por donde comenzar, tengo la esperanza que su partida no haya sido en vano y ciertamente lo sé. Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer.
Veo un ataúd, como viendo a la nada, te veo postrado en él, tu cara reflejaba paz y tus manos un arduo trabajo de los 65 años que estuviste a nuestro lado. Hay un anciano humilde cantándote, cansado por el caminar con su viejo bastón hecho de madera con algunas marcas de tinta negra, una red a su lado tan vieja como su caminar, su voz alzaba canciones para todo aquel que lo escuchara, y tu tan sonriente en esa caja fúnebre. Mi madre en un rincón sollozando. Mi mente se nublaba por el dolor de tu partida.
Recuerdo la capilla llena de flores, me imaginaba que cada una de ellas era en memoria de aquellos momentos que diste a esas personas que no sabía su nombre, quisiera saber qué fue lo que hiciste para que te extrañaran tanto. No sé de muchas cosas que hiciste y me hubiera gustado grabar tu memoria para saberlo.
En un momento en el que estaba tranquila vi a un humilde señor llamado por ti “tapi”, anciano, cansado y triste, me comentó que cuando eras jovencito te enseñó a tapizar, se despidió de mí diciendo que no podría acompañarnos a la misa:
—Hija, no puedo seguirlos, estoy cansado, muy triste, no puedo soportar que Chuy, un hombre tan joven se haya ido, mejor me hubiera llevado a mi el Señor, yo ya estoy viejo y no sirvo a nadie.
Se veía aparte irritado, molesto, le dije que nadie conocía los designios de Dios y que si lo había elegido tendríamos que resignarnos.
Yo estaba paralizada, lloraba y al momento me reponía, ¡no puedo resignarme papá de haberte perdido!, tu vida me la entregaste, tu dedicación y tu cansancio, tu mi mejor amigo, mi mejor mentor.
Veo a Jesús mi hermano, vestido de negro haciéndose cargo de los papeleos que tenían que proceder para el funeral, ni un momento se daba la pausa para llorar, para sentirse dolido por tu ausencia, tomó su gran papel, de hermano mayor.
Por primera vez en muchos años había visto familias reunidas por tu partida, familias que nunca volvimos a ver en los festejos anuales. Un lindo joven paralítico había hecho su primera salida de su casa después de un trágico accidente donde perdió la movilidad y a su lado a sus padres viejos porque quería darte el último adiós.
—Papá, quiénes son ellos y aquellos que vienen a verte? Dímelo. Le preguntaba a tu cuerpo muerto, a tu cuerpo ausente.
Entré cansada por el dolor con los brazos llenos de flores al altar, mi cuerpo se quebró y no podía levantarme, le dije a mi Dios, — ¡si puedo señor, me levantaré! Giré la mirada hacia la puerta y vi que mis compañeros de trabajo ayudaban a mi hermano a cargar el ataúd, salí corriendo para ayudarles, mi madre, hermanos y yo lo sostuvimos para llevarlo ante su altar, fuertes todos como robles pero con el corazón desmoronado, estando en primera fila como espectadora comencé mi trayecto, recordando cada palabra que me dijiste, cada momento que tu me diste y que ahora era el final, tus labios ya no pronunciarían mi nombre y mucho menos como tu me llamabas “chaparrita”. Cuando vuelvo en mí, llevé mis recuerdos a dar un recorrido por la iglesia, y no recuerdo un momento tan importante como ese, el día que a pesar de tu partida me sentí tan orgullosa de ti, paré el cuello y me dije —ese era mi padre y yo fui su hija, la iglesia estaba abarrotada como misa de domingo de resurrección, el doctor del pueblo había muerto y todos tenían una historia que contar.
Se que esto que cuento es doloroso tanto para mi como para todo el que lo lea, pero simplemente fue lo que viví y deseo que sea un homenaje a ti papá.
Tu deseo mas ferviente fue volver a tu casa, en el hospital lo mencionabas sin descanso; la fila de carros era interminable, mucha gente humilde no pudo seguirnos, y los que fueron lo hicieron sin descanso, mi gran hermano Jesús y yo dirigíamos la larga fila, avanzamos calles y calles hasta pasar por tu adorada casa, hecha por ti.
Llegando al crematorio te rezamos y extrañamente no sentía dolor, te veía ajeno a mi, y un pensamiento se vino a mi mente, tu ya no estabas en ese cuerpo, tan solo la enfermedad, y dije –ganamos la guerra a`pa–.
Mi hermana Graciela, la mayor, dio las gracias a las personas que aun nos acompañaban, y extrañamente no se querían ir. Nos querían acompañar o mejor dicho acompañarte hasta el fin, -¿había otro?
Por papeleos tu cuerpo fue cremado hasta el día siguiente y solo la familia te seguimos.
Una vida nueva nos depara a todos siguiendo tu ejemplo, tu empeño y tu lucha por la vida, para ti y los tuyos.
Un día simple como todos me levanto con la mente muy centrada a alistarme para ir a trabajar, llevar a Naty con mis papás, eran vacaciones de verano. Llego tarde, casi patinando la camioneta:
—Papá, ijola, se me hizo bien tarde, aquí le dejo a Naty.
—No te apures, no vayas a meterle la pata a la camioneta, cuídate. Me dijo al tomar la mochilita de ropa y juguetes de Naty y la bajó cuidadosamente de la camioneta.
—Ay a´pa! Le dije riéndome por dentro, diciendo –sí ya lo sé–.
En ese momento caminó junto a mi pequeña Naty dirigiéndose al consultorio, era común que mientras él consultaba Naty pintaba en el cuartito de al lado. Hasta que se levantara mi mamá se la entregaba para que le diera almuerzo, en otras ocasiones mientras él consultaba, la chiquita se quedaba con King Kong, así le apodamos a mi tío querido, hermano de mi papá, el cual iba a trabajar todas las mañanas en –labores masculinas– de esa gran casa que con sus manos construyó.
Pasadas las horas recogía a Naty, mi papá solía tomar una siesta después de comer y teníamos siempre un dicho para eso, bastante gracioso, –está el doctor? –está dormido, contestaba, nos reíamos porque a veces la gente llegaba a despertarlo y salía adormilado, a veces cansado de tanto trabajar.
Llegada la noche mientras estaba en el patio tendiendo la ropa le pregunté a Fabián:
—Te has preguntado qué es lo que hemos hecho con nuestra vida, algunas veces solo trabajo y trabajo y trabajo, y nunca termina, hay deudas, problemas y caminamos solo por caminar, estoy extraña, presiento algo. La verdad es que deseo que mi vida no sea en vano, que realmente estos 28 hayan sido buenos, ¿seré buena hija?, ¿seré buena madre?, ¿soy buena esposa? Quisiera saberlo porque voy a cumplir 29 años, siento que la vida se está yendo muy rápido.
—Claro que hemos hecho algo bueno, ahí está Naty, con eso basta.
Me sentía un tanto insatisfecha por esa respuesta, quería algo más, ¡algo más!
Amanece y me siento triste, ese día cumplía años, seguía con mi pregunta insistente, me quedé en cama unos instantes más, deseando dormir y dormir por lo menos 5 minutos más. Sonó el teléfono y escuché que Fabián dijo —Sigue dormida, si claro, yo le digo. Y colgó. En cuanto entra al cuarto le pregunté que quién me estaba buscando y dijo que era mi padre, me enfurecí porque no me había hablado para contestarle. Era común que me pusiera las mañanitas con Pedro Infante, siempre me decía que lo había contratado para cantarme, y yo enojada con Fabián le dije –¡era Pedro Infante y no me lo pasaste!–
Con ese enojo me alisté, pero eso sí, quería verme linda y puse mi mejor cara, ya que no había podido escuchar mis mañanitas me iría por la tarde a festejar a su casa, un pastel común y el caluroso abrazo de mi papi, ese fue el plan que llevé a cabo. Comimos pastel, y fui a buscarlo a la sala, siempre se veía su cabecita entrando a la casa, le chiflo, chiflada común y de familia, —hey a´pa ¿qué está haciendo? mientras me acurrucaba en sus piernitas flaquitas, pero era fascinante recargarme en su hombro y oler su aroma; —pues aquí chaparrita viendo una película chafa, otra peliculita de esas y…
—hay pa´, oiga ¿sabía que lo quiero mucho?. En eso siento un fuerte apretón de hombro. —¡cómo nos queremos!
Había días que andaba angustiado, el día siguiente sería difícil puesto que Daniel, mi sobrino, sería operado de la nariz, me decía que le preocupaba la inestabilidad de mi hermana, que él deseaba que se topara con un buen hombre, que quisiera mucho a su hijo y saliera adelante, era su gran preocupación, y en esto ciertamente optó por evitar contar tantas cosas que por desesperación decía que anhelaba pero que podría no bien caerle a esas personitas, mi padre era un fuerte roble y por todos se preocupaba. Ese día terminó y el siguiente estaba por comenzar, yo me sentía mejor que el día de ayer, un año más, esa era mi inquietud, y dije, algo he de haber hecho significativo y le dije a mi esposo, —sabes, yo no se qué haría si mi papá un día me llega a faltar, lo adoro.
Al día siguiente continuando con mi ordinaria vida recibo llamadas al celular de mi hermana, diciendo que Daniel ya entraría a operación, al pasar unos minutos me habla mi papá contando lo siguiente:
—Pues he aquí que Daniel ya está siendo intervenido y todo se ve tranquilo, no te apures en venir pronto. En su voz había cierta intriga, como esperando algo.
Contesté —ok a´pa, en una chancita los veo en el hospital, primero tengo que ir por Naty al kinder y solucionar unas cosas, pero sí los veo, no se apure. Oiga, ¿y en cuánto les va a salir la operación, ya les dijeron?
—Aun no sabe nada Chela, según lo que ella ha dicho es que son 3000 porque Eduardo tiene su seguro.
—Papá, mire, yo le dije a Chela que me llegaría un dinerito, que me esperara por aquello de los imprevistos.
—No te apures, al parecer todo está bien.
—Muy bien a´pa, entonces me despido, me avisa si cambia la situación o cuando salga Dany del quirófano.
—Sí chaparrita, yo te marco, adiós.
Al cabo de las horas el panorama cambia y comienzo a recibir llamadas continuamente tanto de Chela mi hermana como de mi Papá, el asunto económico había cambiado, al parecer Chela no había leído las letras chiquitas del contrato, hablando en sentido figurado y resulta que la aseguradora no se había dado a explicar, falta de comunicación, no cubrirían la operación por ser cirugía menor. Y ahí comienza la faena del día. Fueron incontables las llamadas que mi padre me hacía de desesperación, la cuenta se duplicaba cada vez que me llamaba, recuerdo que yo estaba en casa tratando de trabajar con el diseño de un libro que tenía que entregar con urgencia. No me moví por cuatro horas recibiendo sus llamadas,
—Chaparrita, fíjate que estoy dejando que el papá del niño se mueva para conseguir ese dinero, ya asciende a 24 mil pesos.
—No papá!, no puede ser posible!, dígale a Chela que venda la troquita, para eso son los bienes. Es que algo presentía papá, por eso era mejor esperar, no tengo con qué cooperar, porqué no se dejan de orgullos y le hablan a Jesús, él seguramente los podrá apoyar.
—Mira chaparrita, no es orgullo, simplemente no quiero que estos se enfrenten y comiencen los problemas, dejemos que Chela y Eduardo le busquen.
—Ijola, pues bueno papá, pero es bueno bajar la bandera para que le llegue la ayuda. Esta bien, yo estoy aquí al tanto, márqueme si hay otro cambio, a ver qué puedo conseguir.
—Muy bien chaparrita, te dejo pues, hasta luego.
En eso colgó y me quedé desesperada, ansiosa, me molestaba que Jesús y Graciela estuvieran peleados, pero a veces es imposible solucionar todo, era lo que pensaba en ese momento. Anteriormente esos dos hermanos habían tenido una riña y yo salí con unos cuantos moretones que no supe de qué lado habían salido del todo, en fin, tiempo al tiempo me dije. Mientras pensaba en esa situación suena el teléfono, ring!, ring!
—Chaparrita!, jajaja, te hablo aquí desde la Clínica Muguerza, con la novedad que ya deben cerca de 40 mil pesos por cada minuto que permanece Daniel hospitalizado. Y qué crees, pues traté de ayudarlos con mi tarjeta de crédito, jaja, pero me dicen que ¡está vencida! Jajaja. Su risa era forzada lógicamente y hablaba en tono sarcástico.
—Ay no papá! Estaba desesperada por quererlo ayudar.
—Pero al parecer Chela habló con un abogado de aquí y harán un tipo de convenio o algo así.
—Sabe papá, ya llegó Fabián con la camioneta, espere a que llegue, cálmese por favor.
—Estoy calmado, entonces aquí te espero, hay nos vemos. Y colgó. En cuanto entra Fabián le dije del asunto y salimos.
Pasando la puerta del segundo acceso cerca de cajas divisé a mi papá, traía una playera verde aguacate tipo polo, y un pantalón cafecito, su caminar era extraño, como cuando exagera por sentirse muy bien pero en realidad trae un muy buen dolor, y cómo no, había sido un día desgastante para todos, me aprieta el hombro como queriéndose sostener y me dice
—Pues con la novedad que al parecer si pudieron solucionar mediante ese abogado.
—Sí, mira, ahí están firmando un documento en cajas.
En eso vi a Eduardo escribir y Chela estaba a su lado muy estresada por cierto.
—Pues que bueno que esto ya terminó, voy con Chela a ver en qué puedo ayudar papá.
—Muy bien, yo esperaré a que me traigan el carro.
En eso subí las escaleras junto a Chela, y me cuenta todo el alboroto que se armó por culpa de una persona que no sabía usar un sistema, no pudo poner la opción de la aseguradora, algo así fue lo que me dieron a entender. Pasa la hora, sacamos a Daniel caminando y nos dirigimos hacia la casa de mis padres.
Fabián, mi papá, Eduardo, Daniel y yo llegamos primero y le dije a mi papá que yo guardaba los carros, en eso tomó unas botellas de cerveza y se dirigió al expendio. Era común que cuando se tomaba una cerveza o bien quería pensar en algo se sentaba en la cochera mirando hacia el nuevo estadio de béisbol, y dijo:
—¡Qué día chaparrita, qué día!
—Si papá, así pasan las cosas, pero cómo es posible, en fin a’pa, ya estamos aquí y Daniel está bien.
Y se quedó un rato ahí, antes de irme le ofrecí dinero, me dijo que les había dado a los muchachos su quincena y muy a la fuerza lo aceptó, le dije que no me lo regresara, fui insistente, a él no le gustaban las deudas y accedió con la condición que el domingo me los regresaba, más le debía yo, eso pensé. Me despedí y nos fuimos a dormir.
Al día siguiente me marcó a las 8:15, para decirme que no llevara a Naty porque las cosas estaban difíciles por el cuidado de Daniel, y le contesté que me la llevaría a trabajar. A eso de la una de la tarde justo una hora antes de salir me marca al celular para decirme que le llevara a Naty si yo tenía terapia, que él la cuidaría, claro fue que me reí enterneciéndome por su insistencia, era tan preocupón me dije. Llevé a Naty “como de rayo” así decía mi mamá, al estar en el consultorio llega mi esposo y toca la puerta diciéndome que estaba recibiendo llamadas de Daniel y mi mamá, mi papá estaba enfermo, que no sabían qué hacer. En ese momento estaba tratando de posponer lo que estaba haciendo y salí lo más rápido que pude, me marca mi mamá y dice
—Hija, córrele!, tu papá se siente muy mal, parece un infarto! Vuélale!
—Voy lo más rápido que puedo!
Llamé al 060, fue lo primero que se me ocurrió:
—Señorita, por favor, mi padre se puso muy mal, trae un dolor muy fuerte, y mi madre está sola, no alcanzo a llegar, mande a una ambulancia!
Dice la operadora —quiere que un oficial le abra camino? ¿Trae a su papá con usted?
— No señorita, está en esta dirección… por favor rápido!!!
Cuando voy llegando a la casa estaba un carro rojo desconocido, era mi hermana menor Meche que estaba llegando también por la llamada de mi madre, entro a la cochera y estaba Chela muy preocupada y no pude contenerme el llanto, creí lo peor… Entré a su cuarto desesperada con el llanto en los labios,
Estaban tratando de levantarlo para llevarlo al hospital y parecía que me quería calmar y al mismo tiempo llorar por el dolor, yo no me podía contener.
—Tu padre cree que es un infarto
—Llamé a una ambulancia, dijeron que ya venían
En eso suena mi celular y era la operadora preguntando si mi papá padecía de algún tipo de colitis, cosas que se pudieran descartar y que no fueran tan graves. Al escuchar eso me dio rabia, lo que quería era que llegaran a auxiliar a mi madre porque yo no llegaría a tiempo, y mi papá dijo:
—Cómo que una colitis, dile q soy médico, diles que sus servicios ya no son requeridos, que gracias. Retorciéndose del dolor y casi en brazos de mi hermano.
Lo subimos a mi camioneta, el dolor no aminoraba, se retorcía y casi podía escuchar los gritos que nunca había alzado.
Llegamos a Pensiones Civiles del Estado, todos con la preocupación esperando en la sala, entraban los médicos, lo veíamos por la ventanilla que lo dirigían hacia rayos x y Jesús estaba ayudándolos.
Duramos cerca de dos, tres o cuatro horas, la verdad es que perdí la cuenta del tiempo. Con las emociones a flor de piel esperamos y escuchaba los comentarios de mis hermanos, diciendo que a lo mejor si era una colitis y me enojaba con eso, sentía que le restaban importancia al dolor, cosa que comprendí pasado el tiempo, pero más delante explicaré.
Descartaron el diagnóstico del infarto, sale mi mamá de verlo con su ropa en su regazo y nos dice:
— hijos, al parecer no es infarto, dice tu papá que teme que sea una pancreatitis. Me dijo: vieja, ya te vas a quedar solita.
En eso suelta el llanto, pero más que su llanto no comprendíamos lo que había dicho, –¿una pancrea…. qué?– todos nos veíamos a los ojos buscando un significado a esa palabra, nos dijimos, bueno, inflamación del páncreas, será. En eso se me vino a la mente la idea de hablarle a mi padrino Héctor Lozano, ya que era médico y nos pudiera orientar. Pues solo dijo que qué bueno que no había sido infarto, pero que también el pancreatitis era de gravedad. Justamente esa noche fue la noche de las dudas, qué es, como fue que lo tiene, cuáles son las consecuencias. Todos tratamos de calmarnos, yo estaba calmada, tenía que pensar, investigar, calmar a mi mamá, solucionar la noche.
Trasladaron a mi padre a la clínica de su elección y fue la Muguerza, famosa clínica por sus buenos médicos y tecnología.
La noche fue larga, no dejábamos de oír el quejido de mi padre y esta noche precisamente comienza una larga travesía por mi vida y la de los míos, que es lo que deseo contarles y que aun no termina.
Siendo la una de la madrugada esperamos una ambulancia fuera de urgencias del hospital, se comenzaron los papeleos correspondientes a su ingreso. Mi madre no dejaba de llorar y decir que mi padre partiría. Esa noche recibimos el mensaje más importante de parte de él: —¡hijos quiéranse!
Fuimos incrédulos en lo que los médicos diagnosticaban, estábamos renuentes en que esto nos pudiera suceder a nosotros.
El cuarto era cómodo, tres sillones y faltaban más para asistir a todas sus personas queridasl. En su cabecera estaba colgado un cristo rey, y solo Dios sabe que su partida fue el día de Cristo Rey.
Me cuesta tanto quebrar mi coraza para poderte recordar, eso me quebranta y lloro al mismo tiempo con esa fuerza como cuando siendo niña tu me calmabas y curabas mis heridas y decías ánimo, ya se pasará.
Pasaron 12 o 20 horas en ese cuarto en espera de una respuesta favorable, mientras tanto comenzamos a investigar sobre la enfermedad, todas nuestras respuestas eran inaceptables, habían probabilidades de vida, muy escasas, solo pedíamos que mi padre no fuese una probabilidad fallida, que él con sus conocimientos y su gran don de médico lo ayudaría y a nosotros también. Deseaba que alguien dijera, esto pasará ánimo.
Nuestras caras no eran de sobresalto, sabíamos que algo estaba mal, pero no comprendíamos aun no lo que pasaba, lo que pasaría los meses siguientes.
Al paso de las horas el azúcar de mi padre pendía de un hilo, para subir y subir, y queríamos culpables.
Llegan los médicos internos para revisar el azúcar, y de inmediato deciden pasarlo a terapia intensiva. Mi padre nos dijo que estuviéramos atentos a lo que le hicieran, que chocáramos que le dieran todo a tiempo, que anotáramos y fuéramos atentos a los diagnósticos de los médicos. A pesar que mi madre nos dijo que se iría, él seguía firme con nosotros, fuerte como un roble.
Henos aquí, sentados en una sala fría, un televisor y una luz que nunca se apaga; y una pequeña sala con una puerta de vidrio, un sillón negro de piel y una cafetera a un lado, lo más semejante a un cuarto de interrogatorio o de pesadumbres, así de lúgubre y frío. No había persona que de allí no saliera desesperanzado y con los ojos cubiertos de lágrimas. Pero eso era con otras personas, a nosotros no nos pasarían, o si así pasara por supuesto que saldríamos con noticias favorables.
Comenzaron comentarios en contra de los médicos, habían insultado a mi padre diciéndole alcohólico, cómo es posible que no lo respeten, era nuestro enojo. Dijimos que había sido negligencia del médico tanta inestabilidad en su trato, era domingo y no había sido atendido como hubiésemos querido, nuestra voluntad, nuestra fe estaban al borde de la locura.
Sale el médico tratante de terapia intensiva, un muy reconocido médico, y dijo:
—¿Familiares de Jesús Retana?
Inmediatamente nos incorporamos mi madre, Jesús y yo, nos pide pasar al “cuarto negro” como le comencé a llamar a la cámara del dolor.
—Su padre viene en un estado crítico, una pancreatitis es muy difícil de curar, pero haremos todo lo que esté en nuestras manos. Inmediatamente Jesús comenta de manera serena:
—Doctor, si ingresamos a mi padre el viernes por la noche, ¿porqué hasta ahorita lo están atendiendo?, dijeron que le aplicarían la insulina a ciertas horas y no lo hicieron, aparte ni siquiera había venido a examinarlo.
Los humores estaban al borde de los nervios por parte del médico, contesta:
—El hecho de que no venga no quiere decir que no se esté atendiendo a su padre, yo no vivo en el hospital, y como les dije, haremos todo lo que esté en nuestras manos.
En eso sale bastante enojado del “cuarto negro”, salimos tranquilos aparentemente, o mas bien desconcertados, no asimilamos el asunto en ese momento.
Entré a verlo y estaba lleno de tubos, tubos por todos lados, tomé su mano y le dije –lo quiero mucho a´pa–, para lo cual contesta –cómo nos queremos!– me aprieta con todas sus fuerzas y exagera sus movimientos como si todo estaría bien, hasta en ese momento sentía él que debía ser fuerte.
Salí desorientada buscando algo, inmediatamente algo para cobijarme, para sentarme, para abrazar, para ser consolada, o bien para gritar y aventar todo ese enojo y ese desconcierto que me daba la impotencia de no saber cómo ayudar. No sentía a mi madre, no sentía a mi Dios. Simplemente quería estar en su lugar y sufrir por él. El tiempo no surtía efecto en mí, pasaban las horas como si fueran minutos, no sentía el hambre, no sentía el cansancio, tan solo tenía que estar esperando una buena noticia.
—Alguien pellízqueme, que alguien me golpee tan fuerte como para que me despierte y pueda irme a trabajar y seguir con mi rutina, con mi vida. Y verte papá en las mañanas dándome carrilla para que llegue temprano a trabajar.
Las labores se pararon por esos días, todos teníamos una computadora o un libro o un celular para poder hacer el trabajo mientras nos daban noticias “favorables”.
Tomé mi celular, vi mi agenda y marqué a cuantas personas me fue posible, para decirles que mi padre estaba grave en el hospital. Cada llamada me hacía llorar, cada mensaje suspirar, necesitaba un consuelo, escribir o llamar y contar lo que pasaba, todo eso me llevaba a marcarme a mi, hablarle a mi mente y a mi corazón, diciéndoles que me quebraría, —traigan una ambulancia, porque yo con él me muero, y no me importa lo que yo deje si él se va—
—Hola Pablo, sabes… te marco para saludarte primeramente y para decirte que mi padre está muriendo.
—Hola Ale, fíjate que estoy en el hospital, mi padre está muriendo.
—Hola Ranita, te hablo para avisarte que mi papá está muriendo.
—Hola Martha Retana, tu padre se está muriendo, reacciona, algo pasa, concéntrate, ayuda a tu madre y a tus hermanos, no estés perdiendo más el tiempo, la hora se llegará y no lo puedes evitar, no eres más que un humano más, y al igual que él se va tú también lo harás, pero tu tienes tu tiempo, y hoy no te toca a ti.
Reaccioné por un momento ….