Andrés Neuman: El escritor del siglo XXI
Por Andrea Albarrán
Segunda parte:
Los engranes del tiempo y Fractura
Más allá de lo que podría pensarse, lo que Andrés (amante de la poesía) ha aprendido de la novela es la paciencia. “Yo era muy impaciente de joven y la novela fue como una escuela samurái de la paciencia. Yo entré a la novela impaciente, con una idea fulgurante de la escritura, una necesidad de placer instantáneo. Cuando terminé El viajero del siglo me convertí en un esperador”.
Pero entonces ¿cuándo está listo un libro para publicarse? Andrés habla con ojos cristalinos, mueve sus manos espantando angustias pasadas.
“Cuando la vida, después de 7 años, se ha convertido en un infierno. No puedes avanzar, lloras de miedo por las noches; no tienes vida personal con tu pareja, con tu familia, no sales de tu casa”.
“No sabes ya cómo revisar (el texto): Se lo has dado a todos tus amigos, a tu editor, a tu agente. Lo has corregido 140 veces. La editorial lleva esperando un montón, y sientes que ya no sabes qué hacer ni qué escribir ni cómo. Cuando has llegado al límite de tus fuerzas y dices: mira, no sé si este libro puede estar mejor, porque todos los libros siempre pueden estar mejor, pero yo ya no puedo hacer nada más…”
“Necesito dejarlo ir porque mi vida está completamente bloqueada y paralizada por esta montaña. Entonces lo dejo por desesperación. Pero hasta que llega este punto soy muy, muy, muy paciente. Y muy perseverante. Reescribo y reescribo y reescribo”.
Ya decía que Andrés es una especie de pescador de metáforas. Con oído agudo y vista implacable. Por una extraña coincidencia fonética, la palabra metáfora y semáforo (más exactamente zemáfaro, como aprendió a decirle siendo un bebé) suenan parecido. Se lo mencioné… Me respondió.
“Si la metáfora es un semáforo (escucho zemáfaro), si fuera un semáforo, la metáfora efectivamente pide que te detengas, que pares y que observes un poco más la realidad. La realidad pasa sin ser vista y la metáfora es un semáforo en rojo. Te dice: detente, hay mucho que mirar. No avances más, presta atención”.
“Y otras veces al contrario, la metáfora puede ser también como una advertencia de que pases con cuidado. Es decir, sí hay metáforas bellas pero imprecisas; o hay metáforas inoportunas. Hay una relación entre el dolor y la belleza y el respeto y no cualquier metáfora vale para cualquier momento”.
“En una escena dolorosa, por ejemplo la del organillero (En El Viajero del siglo), fui perdiendo metáforas. Las poquitas que hay incluso están temerosamente incorporadas. Puedes… pero con cuidado”.
“Verde es cuando lo que hace la metáfora es sintetizar, acelerar, simplificar. De millones de palabras una metáfora no solamente resume sino que lo convierte en un misterio para siempre, releíble siempre con otro sentido. Entonces ahí ya pones la quinta y pasas a toda velocidad en el semáforo en verde de la metáfora”.
FRACTURA y el KINTSUJI
Existe un arte oriental que subraya las cicatrices de las cosas: el kintsuji. En lugar de repararlas para que luzcan como nuevas, los artesanos van rellenando las grietas por donde se rompieron con materiales preciosos. Les otorgan otra dignidad a los objetos: uno sabe que algo pasó y son valiosos por eso. Esta es una de las ideas sobre la que se construye Fractura.
El 11 de marzo, cuando un terremoto golpeó Japón y se produjo un accidente nuclear en un territorio que ya había sufrido la caída de bombas atómicas en el pasado, Andrés Neuman se encontraba viviendo en París. Fue cuando cobró conciencia de las conexiones: un argentino, de memoria histórica española, viendo un desastre japonés en tierra parisina. Entonces empezó a unir los fragmentos. El resultado es el que presenta este 2018 tras siete años de trabajo.
La narración comienza con el quiebre mismo de la tierra que movió diez centímetros el eje del planeta. El protagonista ya era un sobreviviente de Hiroshima y Nagasaki: Yoshie Watanabe, quien es un “ciudadano imaginario y colectivo que se nutre de supervivientes de todas partes”.
Andrés quería que el personaje tuviera la experiencia de amar “que ya es un idioma en sí”, con un pequeño gran problema: no hablar el idioma del otro. Entonces nos narra otras rupturas, las de sus relaciones amorosas con cuatro mujeres de distintas nacionalidades.
Las voces narradoras son las de cuatro mujeres: una parisiense, una estadounidense, una argentina y una española. Desde distintas edades que van desde la adolescencia hasta la vejez. Las mujeres hablan por la humanidad como por milenios lo han hecho los hombres con una especie de justicia literaria.
En la novela se hace un homenaje al periodismo, un oficio que Andrés valora y respeta. En la que encuentra ritmos distintos, lenguajes que suenan de forma especial. Le pregunto sobre la música del periodismo y la literatura.
“El periodismo en cuanto a su precariedad laboral, se me ocurre el sonido de las balas y el ruido de las puertas que se cierran. En su variante heróica uno podría pensar en el Hip-Hop, en la denuncia urbana. Entre lo triste y lo reivindicativo”.
“Y la literatura (depende de qué literatura), siempre me ha gustado la música de cámara, es escucharte la voz y dialogar con el otro”. Está el equilibrio perfecto entre lo importante que es tu voz, lo drástico que es cada sonido que produces y lo mucho que se nota que lo hagas bien o mal y sin embargo, estás al servicio de algo más grande que tú”.
EL DUELO EN EL LIBRO
Uno de los capítulos que más ha impactado a los lectores, es “El tamaño de la Isla” donde se relata la experiencia de Yoshie Watanabe y la caída de la primera bomba. Las letras duelen y son bellas al mismo tiempo, pero pocos saben de los secretos detrás de este texto.
“Fue difícil en todos los momentos, en todas las fases de la escritura por diferentes razones. Antes, porque documentarse sobre qué siente un sobreviviente atómico implica leer y ver muchas cosas terribles que yo necesitaba para generarme un contexto visual, emocional, histórico, para poder inventar con causa. Antes de escribir esa escena ya la estaba sufriendo”.
“Durante, escribí con una gran emoción y con el corazón, el estómago encogido; y tomé una decisión estilística: Aunque (la narración) es a su manera poética, genera una especie de belleza oscura y dolorida: no hay un solo adjetivo. Son 15 páginas sin ningún adjetivo”.
“A veces me salían y los quitaba, y eso para mí era una especie de duelo estilístico. Para narrar a alguien que había perdido yo tenía que perder algo, y lo que yo había perdido eran los adjetivos”.
“El tercer momento fue duro porque al revisarla, por un lado tenía que revivirla y por el otro también tenía que juzgarla literariamente, algo que estaba escrito con las tripas. Tuve que obligarme a distanciarme y decir, ok, ¿y ahora cómo funciona esto como novela? Y corregirlo con el debido respeto pero con la necesaria distancia”.
Y aunque sea difícil de creerlo, Andrés no ha vivido un terremoto. Bueno, en cierta forma sí lo ha hecho. “Escuchar es una experiencia. Escuchaba a la gente que lo había vivido, terremotos serios. Escuchaba, preguntaba, tomaba nota y me iba preparando para narrarlo”.
Andrés Neuman presentará Fractura en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el 28 noviembre de este año.
Por lo pronto es hora de irnos. El tiempo, por más que quiera no se detiene. Es implacable, insoldable, intento fracturarlo unas milésimas más. Para escuchar a Andrés Necesitaría inventar bucles de tiempo. A él no deja de preocuparle, por eso escribe y hace que cada vuelta del engranaje tenga sentido.












