Rey Lear, lo trágico del egoísmo y la vanidad.
Por Gustavo Adolfo Ambrosio Bonilla
El egoísmo y la vanidad son venenos que se nos suministran a través del poder, la hipocresía y la ambición. La ceguera producida por esos dos males puede llegar a pervertir las relaciones filiales; destruir reinos; cultivar venganzas e impulsar rencores. Una dupla que cobra facturas altas, sobre todo cuando la ceguera se concentra en un solo hombre, a su imagen y semejanza.
Rey Lear es sin duda, una de las tragedias más reconocidas de William Shakespeare, cuya trascendente trama no pierde actualidad, pues esa combinación de intriga política y de los lados más oscuros del ser humano han dado pie a múltiples representaciones teatrales, muchas de ellas recreadas en la actualidad han inspirado a directores de cine como Akira Kurosawa, quien se basó en ella para su cinta Ran, o al británico Nicholas Haytner en su "oscarizada" La locura del rey Jorge.
En esta obra de cinco actos, el decrépito Rey Lear decide repartir su reino entre sus tres hijas; sin embargo, la menor —su favorita— al no querer repetir las lisonjas convenencieras de sus hermanas, se verá expulsada del reino, entonces el anciano Lear, víctima de su decisión ególatra, deberá enfrentar el repudio de quienes se creía amado, así como el ocaso de su poderío.
Adaptar un drama de tales dimensiones no resulta nada sencillo, sobre todo si se considera el bajo presupuesto y el discreto consumo teatral en nuestro país. No obstante, Hugo Hiriart (Galaor), ganador del premio Xavier Villaurrutia 1972, se subió al barco de la adaptación y logró transformar el lenguaje del texto de tal manera que fuera más accesible para el público mexicano.
El libreto deslumbra por sus discretas críticas a nuestra situación política actual y su fidelidad al espíritu del cisne de Avón. Los diálogos desprovistos del rebuscado lenguaje Shakesperiano, no pierden su esencia y la simplificación hace mucho más impactantes, para el espectador actual, ciertas sentencias dictadas por los personajes.
Pero la verdadera joya de la puesta en escena es, sin duda, el actor colombiano Germán Jaramillo (La virgen de los sicarios), quien logra un Lear perdido en la oscuridad de su vejez, devorado por su propia vanidad y que pasa de un estado de soberbia a uno de arrepentimiento doloroso de una forma tan ágil que se devora el escenario y a todos sus compañeros de reparto.
Y es que si bien el actor Álvaro Guerrero logra aguantar el ritmo actoral de Jaramillo, gracias a su Bufón estrafalario, deformado y lleno de humor negro, elloco que guía a los ciegos, los demás actores pasan por una serie de altibajos interpretativos como en el caso de Fabiana Perzábal, quien saca lo mejor de sí hacia el final de su intenso personaje, la pérfida Goneril. Pero otros, definitivamente parecen estar recitando el texto tal cual lo aprendieron, como Frida Castañeda que en su interpretación de Cordelia, carece de toda la fuerza dolorida, resignada y digna de su personaje.
Mención aparte al papel de “Ciego” del señor Roberto Ríos, interesante metáfora sobre la ceguera producida por el poder y la vanidad, y sobre todo, la invidencia de la justicia, de lo cual está plagada la obra, aunque su inserción como narrador podría ser prescindible, ya que corta el ritmo de la historia.
El minimalismo de la utilería resulta adecuado para un foro como el Sor Juana Inés de la Cruz, ya que, ciertamente, en ocasiones eso permite que nuestra imaginación vuele y se conecte más con los actores que con la parafernalia escenográfica.
Aunque elementos como los audiovisuales proyectados para ambientar las escenas resaltan el dramatismo, como en la de la tormenta, en otras realmente distrae y no aporta nada a lo que se desarrolla frente a nosotros.
El vestuario es una extraña combinación entre teatro isabelino y la modernidad, sobre todo el de las damas; pese a su buen uso de color, el morado mortecino y el rojo de la sangre, su estilo hace que desentone totalmente con una estética visual acorde con el rey —sentado en su trono— en la cumbre de su soledad.
Esta versión de Rey Lear de Hiriart, demuestra que se puede hacer teatro de los grandes con pocos recursos y con una accesibilidad más cercana al público. Finalmente, el desbalance de su reparto —eclipsado por el talento histriónico de su protagonista y una dirección forzada— hace que la obra tenga momentos de intensidad, justificada por la calidad de su origen shakespeariano en donde la emoción brota como sangre, pero en otros se vuelve francamente tediosa.