The vibe here in Brazil. Come back, Tame! @spinningtopmusic #RioDeJaneiro2014 #TameImpala #FLWOGB (em Rio de Janeiro, Brazil)


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La diosa del Mar
Había perdido la esperanza de poder asistir a alguno de los homenajes a Iemanjá que –según los dichos- se celebraban en todo Brasil. Desde que llegué a Río pregunté y pregunté, pero nadie sabía decirme con exactitud qué, en dónde, a qué hora. Sólo se repetían dos ideas: flores y mar. En esta ciudad, hablo desde mi experiencia, cada persona te indica datos distintos sobre una misma cosa. Si preguntás por un ómnibus a, digamos, tres personas distintas, lo más probable es que cada una te indique un recorrido (y una parada) diferente. Así que, como decía, había perdido las esperanzas.
Llegó el dos de febrero. Pablo y Guille, una pareja de cordobeses que conocí en el hostel, me habían dicho de ir a conocer el barrio de Santa Tereza, famoso, entre otras cosas, porque los domingos los artistas que allí viven abren sus atelieres para que turistas y/o curiosxs se acerquen a mirar. Si bien había un bus que nos dejaba en la puerta, decidimos, por alguna razón, ir en metro. La parada en la que debíamos bajar era la zona que, años atrás, se conocía como “la tierra del cine”: Cinelándia. De ahí caminaríamos hasta las famosas Escadas da Selarón, para luego subir al barrio.
Ya en el metro, subió una familia. La mujer, completamente vestida de blanco, brillante su atuendo, con un turbante en la cabeza, impecable y hermoso. Tal como las imágenes que yo había visto de distintos homenajes a la Diosa del Mar. Pensé que tal vez habría asistido a alguno, o lo haría después, quién sabe. Seguimos el camino hasta que nuestra estación llegó. La familia se bajó en la misma. Creo que el Universo es sabio, es algo que cada día reconfirmo. La cosa es que la celebración callejera me encontró a mí, o yo la encontré a ella, en la plaza de Cinelándia, al bajar (o subir) del metro, sin esperarlo. Estaban todos y todas vestidxs de blanco, algunxs de blanco y celeste. Mujeres, hombres, niños y niñas, de todas las edades, luminosxs, felices, rodeadxs de flores. Todos estábamos rodeados de flores: amarillas, rosas, blancas, rojas. Todas para Ella. Al llegar, una señora se acerca hacia mí, y sin decir nada me prende de la remera una medallita de Iemanjá con una cinta celeste. Pronuncia unas palabras en portugués, demasiado rápido, por lo que no logro comprender nada. Le doy dos reales, me mira, pausadamente dice “amor e pax”, y se va. Primer BUM emocional de un día que, sin saberlo, aguardaba mucho más.
Como decía, en la plaza había mucha gente, y cada vez se acercaba más. En el centro un escenario donde un grupo tocaba los tambores, todos de blanco, y pronunciaban agradecimientos a la homenajeada, que todxs lxs presentes acompañaban dando un grito y levantando sus manos, o agitando las flores que –casi todxs- ya tenían. Las manos arriba, extendidas, con las palmas para afuera: un gesto que vería repetirse varias veces durante el resto del día.
A un costado de la plaza distintas agrupaciones de Capoeira se convocaban para practicar, en calidad de homenaje u ofrenda, supongo yo. Otro grupo de personas repartía folletos y calcomanías con la frase “quien respeta la diversidad religiosa, respeta la Naturaleza”.
La celebración, decía entonces, me encontró de casualidad, vestida de blanco, pero sin cámara de fotos ni papel, como invitándome a asistir a la responsabilidad de otro tipo de registro: el sensorial, el corporal. Registrar lo que ocurría, cada pequeño detalle, con mis ojos, con mis brazos, con la piel.
Pablo y Guille decidieron seguir el recorrido que originalmente habíamos planeado. No tuve que decir nada, “es lo que estabas buscando”, me dijo Pablo. Nos saludamos y me quedé. Me dispuse a comprar mis flores: tres. Una por cada núcleo de resistencia en esta, mi vida: Familia, Amor, Amigxs.
Veo que empiezan a llegar unas señoras a las que todxs les hacían lugar para pasar, con señales como de respeto. Parecían más importantes, de alguna manera, que todxs lxs demás. Llevaban sobre sus cabezas enormes canastas colmadas de flores: las ofrendas, pensé. Yo seguía sin entender del todo lo que estaba ocurriendo, nomás me dejaba maravillar por cada cosa que veía. Las señoras comenzaron a danzar, bajo un sol fuerte, fuertísimo. Mucha gente se acoplaba al baile. De repente, un hombre tomó el micrófono para pedir un minuto de silencio por alguien, una compañera, que había muerto. Todxs callamos. Me emocionó esa escena de respeto, de homenaje.
Veo que arranca una procesión. Sin saber cómo ni por qué ni hacia dónde vamos, me dejo llevar. Bailando, caminando. Fueron muchas cuadras, nunca supe cuántas. De casualidad comienzo a hablar con una pareja de uruguayxs, Daina y Guille. Lxs dos estaban muy emocionadxs. Le pregunto a Guille, que parecía ser el que más información tenía, hacia dónde estamos yendo. Me explica que nos dirigimos a Praça XV, donde está el mar. En ese lugar, me cuenta, fue la “revuelta de los esclavos negros”, por eso el homenaje principal se lleva a cabo ahí. “Buscá la historia en Google”, me dice. Nos ponemos a hablar de Iemanjá y de las ofrendas: “Iemanjá es Ola. Ella te da, pero todo eso te vuelve”. Entendido. Los deseos tienen que salir del corazón, y no hacerle mal a nadie.
“Si no vamos adelante, no nos van a dejar pasar después”, dice Guille. No sé a qué se refiere, pero sigo avanzando sin preguntar. Pasamos por un puente que lleva a un túnel. A la derecha sigue el recorrido. A la izquierda se queda el camión con música. La gente alrededor aplaude, susurran cosas, levantan las manos. Llegamos a un puerto. Todos y todas se agolpan en la ventanilla de “venta de billetes”. No entiendo nada de lo que pasa, aunque en alguna parte de mi cabeza resuenan las palabras de Guille. De golpe veo que todxs tienen un precinto en la muñeca. Yo no. Me doy por vencida: mi homenaje terminó ahí, pienso. Pero no. Se abren unas compuertas que llevan al puerto, y como un cuerpo liviano me dejo empujar por la masa, que avanza y me lleva: Como las olas del mar. Termino subida a un barco, rodeada de vestidos blancos, tambores, sonrisas, flores y devotxs. El barco sale.
No sé hacia dónde vamos, ni donde estamos. Tampoco si el barco va a volver. No entiendo lo que se habla, pero por alguna razón, confío. Algo en mí siente una protección enorme. Recorro el barco. Me pego a una señora anciana, sola, que me pregunta si ese barco “va a voltar”. Tampoco sé, señora. Las dos, evidentemente, estamos eligiendo confiar. Todo está bien. Es el día de Iemanjá.
De repente, la señora se acerca a una ventana. Pronuncia unas palabras por lo bajo y tira, de a una, sus flores al mar. Varias personas, cada una cuando siente que es su momento, repiten lo mismo. Entonces me acerco yo. Repito varias veces cuatro palabras que serán las que resuman, de alguna manera, la razón por la que estoy ahí: Gracias. Amor. Salud. Paz. Acaricio las flores y, también de a una, las regalo al mar. Ahí van mi homenaje, mi ofrenda y mis deseos. Mi agradecimiento a Iemanjá. Veo las flores bailar con las olas y me voy, para dejarle el lugar a otrx.
El viaje sigue un poco más. Todxs estamos felices y emocionadxs: se respira en el aire. El sonido de los tambores suena en cada rincón del barco. Me quedo como perdida en esa música hasta que me doy cuenta de que estamos llegando.
Bajamos del barco y la gente se dispersa. Estoy debajo de un puente, en un barrio que no conozco, que ni siquiera aparece en el mapa que tengo. No se cómo voy a volver, pero nada importa tanto. Hoy me siento más protegida que nunca.
la despedida del sol, o aplausos en la playa
La playa de Arpoador se encuentra en el posto 7, camino a Copacabana desde Ipanema. Es famosa porque allí se encuentra una formación rocosa en la que -todos los días- la gente se reúne para despedir al Sol. Y cuando hablo de despedida, es literal: todas, absolutamente todas las personas, dejan lo que están haciendo (ya sea nadar en el mar o vender algo) para aplaudir al Sol cuando se esconde. Silbidos y palmas es todo lo que se escucha en la playa (en TODA la playa) entre las 19.30 y las 20hs. convirtiendo al momento en una especie de celebración.
Algo hermoso pasa, vuelvo a decir: es muy difícil reproducir las cosas que veo, las cosas que acontecen. Cada tarde, cuando los aplausos se van yendo, los morros que rodean la playa van cubriéndose de luces pequeñas, encendiéndose de a una: casi parece un árbol de navidad.
Lo grotesco, lo bello
Río es enorme. Todo ahí es enorme. Caminar en la ciudad es sentirte una hormiga: todo parece estar lejos, muy lejos, y esa es una sensación que lxs petisxs conocemos muy bien.
Algo pasa con la belleza. Todo el viaje estuve preguntándome cómo reproducir lo que veía, cuál sería la imagen que represente, que resuma tanto. "Me voy a ir de Río con los ojos llenos de belleza" fue todo lo que me salió pensar. Foucault hablaba de lo visible y lo enunciable, planteando que, a través de lo que enunciamos, armamos una especie de materialidad que funciona como sustrato visible a nuestros discursos. Yo pensaba, entonces, que lo que me sucedió en Río fue que, más allá de lo que veía, lo increíble era lo que sucedía...¿cómo se comparte todo eso?
La feria de Sao Cristovao, por ejemplo. ¿Cómo describirla? Podría parecerse a La Salada, pero brasileña....ahí conviven carnes, dulces, ropa, zapatos, imágenes del Cristo con luces y movimiento, llaveros, carrusel... Es un espacio en el que se nuclean las tradiciones del Nordeste del país (los platos típicos, la música, los bailes). Ir ahí, que nada está preparado como paseo "para el turista", es como ir a conocer otro Río de Janeiro. Es otra cosa, un aire habitado por tradiciones que poco o nada tienen que ver con aquello que se considera "vendible". No se si existe una imagen que pueda resumirla, describirla. Es una belleza intercultural, esa fue mi sensación: un espacio donde conviven el exceso, lo bizarro, lo típico, lo festivo. Ahí adentro la gente está feliz: eso es lo que me pasó en el cuerpo. La alegría, junto con lo grotesco de lo que hablaba Bajtín en algún texto que leí: aquello que en una época significó simplicidad y belleza, mientras que en otra representa fealdad. El grotesco "espectacular, de las clases bajas, burlesco y ridículo". Para este autor, los procedimientos del grotesco consisten en la creación de “matrices características y monstruosas de objetos y fenómenos en un contexto bastante ordinario, sin ser completamente incompatibles” (Bajtín, M: 1941).
La feria abre todos los días, pero de viernes a domingo "no duerme": los puestos en su mayoría permanecen abiertos, todo el día. Al caminar por los pasillos, se pueden escuchar muchas músicas distintas: en cada rincón, una diferente. Forró, Baiao, Quadrillo. Cuerpos moviéndose, bailando. Eso es parte del escenario que se encuentra al llegar. La feria funciona como una multiplicidad de puntos de encuentro, una mixtura: creo que eso es lo que la hace tan bella.
La obviedad: el Cristo.
Me tomé el 464 a la vuelta del hostel, para ir a conocer el famosísimo, trillado, obvio Cristo redentor. No tanto por el Cristo mismo, si no porque me intrigaba la vista desde ahí arriba: la mejor vista de Río, según mi tío, fan nº 1 de la ciudad. Así que fui. Tuve que esperar un poco porque llegué temprano, pero mi entrada (es decir, mi "pasaje", porque te suben en un trencito) era a las 15.20 hs. Recorrí un poco las calles del barrio, Laranjeiras, donde se encuentra el cerro Corcovado. Por alguna razón que desconozco, me hicieron acordar a La Habana: quizás sea porque hay muchas subidas y bajadas, porque la zona es antigua, no se. Finalmente me subí al trencito. Primera nota mental: llevar siempre auriculares para evitar oír grupo de gringos giles. Miles, miles de muchachitos estadounidenses obvios, con la remera, ojotas, gorrita de "Brazil" verdeamarillo, sacándose fotos, a los gritos....insoportable. La subidita en tren es maravillosa. Me llamó la atención el tamaño de los cocos, el color de las plantas y árboles alrededor, el "olor a verde", tan particular. La vista es impresionante. Tanta inmensidad abruma. Creo que me costaba elegir desde dónde mirar. No podía. Era mucho.
Había demasiadas personas, de todas partes del mundo. Se sacaban fotos casi compulsivamente: "sácate muchas para e Instagram, hija", escuchaba con frecuencia. Yo también quise mi foto obvia con el Cristo detrás, así que tuve que pedirla. Lo gracioso, o no tanto, es que justo el día que fui fue cuando la tormenta le arrancó un pedazo de dedo a la estatua. Evidentemente, estas joditas de la religión y yo no estamos predestinadas...
Ipanema
Ipanema es un mundo en sí mismo. Cada persona, un universo. Una cantidad impresionante de vendedores-personajes, cada cual con su historia, su discurso, sus estrategias para que les compres. Michelle, la famosa vendedora de sanduíches; el chico-sin-nombre que vende "açaí, açaí" (promocionando su "deliiiizia" con un megáfono mientras recorre la playa); la famosísima Bahiana y sus pasteles de frango ... El segundo día que llegamos conocimos a un señor de Suiza de quien nunca supimos su nombre, a pesar de haber charlado casi toda la tarde. El hombre tenía bastantes ganas de conversar, así que no resultó nada difícil que nos cuente toooda su historia. Está casado hace diez años con Renato, un brasileño que vive en Suiza con él. Veranea en Río todos los veranos desde entonces, aunque, nos dice, "esto está carísimo, mi amor, es mi último año en Río". Nos cuenta que es bailarín en el Sambódromo, para Carnaval. Cada año se manda a hacer un traje especial, con arreglos en la cabeza: algunos, como el del año pasado, han llegado a medir un metro de altura (¡¡un metro sobre la cabeza!!). Mientras cuenta, saca fotos de su mochila para mostrarnos "este es el año que fui de amarillo; y este el año de rosado...", nos dice mientras las fotos van pasando. Cada año, un color. En todas las imágenes aparece impecable, colorido, maquillado: una Reina perfecta. El 2014 será el año del blanco: es su aniversario de casado, y diez años es mucho tiempo...este es un año de celebración.
primera impresión
llegamos a la cidade maravillosa, después de un vuelo que podríamos calificar de movidito, a las 11 de la mañana. nos resultó no menos que llamativo descubrir una de las maneras de las que la ciudad se prepara para el mundial de fútbol...poniendo, por ejemplo, un vallado a la "zona de favelas" que se encuentra ubicada alrededor del aeropuerto internacional: un vallado que tapa lo feo, lo in-mostrable, todo eso que no se quiere ver.
Está la limo que usáremos en Río este año .. Y @odel50 @fraito5 @eddy1013 #brazil2014#limousine#caballo#riodejaneiro2014#falcao #limousini #fguarin13