Había perdido la esperanza de poder asistir a alguno de los homenajes a Iemanjá que –según los dichos- se celebraban en todo Brasil. Desde que llegué a Río pregunté y pregunté, pero nadie sabía decirme con exactitud qué, en dónde, a qué hora. Sólo se repetían dos ideas: flores y mar. En esta ciudad, hablo desde mi experiencia, cada persona te indica datos distintos sobre una misma cosa. Si preguntás por un ómnibus a, digamos, tres personas distintas, lo más probable es que cada una te indique un recorrido (y una parada) diferente. Así que, como decía, había perdido las esperanzas.
Llegó el dos de febrero. Pablo y Guille, una pareja de cordobeses que conocí en el hostel, me habían dicho de ir a conocer el barrio de Santa Tereza, famoso, entre otras cosas, porque los domingos los artistas que allí viven abren sus atelieres para que turistas y/o curiosxs se acerquen a mirar. Si bien había un bus que nos dejaba en la puerta, decidimos, por alguna razón, ir en metro. La parada en la que debíamos bajar era la zona que, años atrás, se conocía como “la tierra del cine”: Cinelándia. De ahí caminaríamos hasta las famosas Escadas da Selarón, para luego subir al barrio.
Ya en el metro, subió una familia. La mujer, completamente vestida de blanco, brillante su atuendo, con un turbante en la cabeza, impecable y hermoso. Tal como las imágenes que yo había visto de distintos homenajes a la Diosa del Mar. Pensé que tal vez habría asistido a alguno, o lo haría después, quién sabe. Seguimos el camino hasta que nuestra estación llegó. La familia se bajó en la misma. Creo que el Universo es sabio, es algo que cada día reconfirmo. La cosa es que la celebración callejera me encontró a mí, o yo la encontré a ella, en la plaza de Cinelándia, al bajar (o subir) del metro, sin esperarlo. Estaban todos y todas vestidxs de blanco, algunxs de blanco y celeste. Mujeres, hombres, niños y niñas, de todas las edades, luminosxs, felices, rodeadxs de flores. Todos estábamos rodeados de flores: amarillas, rosas, blancas, rojas. Todas para Ella. Al llegar, una señora se acerca hacia mí, y sin decir nada me prende de la remera una medallita de Iemanjá con una cinta celeste. Pronuncia unas palabras en portugués, demasiado rápido, por lo que no logro comprender nada. Le doy dos reales, me mira, pausadamente dice “amor e pax”, y se va. Primer BUM emocional de un día que, sin saberlo, aguardaba mucho más.
Como decía, en la plaza había mucha gente, y cada vez se acercaba más. En el centro un escenario donde un grupo tocaba los tambores, todos de blanco, y pronunciaban agradecimientos a la homenajeada, que todxs lxs presentes acompañaban dando un grito y levantando sus manos, o agitando las flores que –casi todxs- ya tenían. Las manos arriba, extendidas, con las palmas para afuera: un gesto que vería repetirse varias veces durante el resto del día.
A un costado de la plaza distintas agrupaciones de Capoeira se convocaban para practicar, en calidad de homenaje u ofrenda, supongo yo. Otro grupo de personas repartía folletos y calcomanías con la frase “quien respeta la diversidad religiosa, respeta la Naturaleza”.
La celebración, decía entonces, me encontró de casualidad, vestida de blanco, pero sin cámara de fotos ni papel, como invitándome a asistir a la responsabilidad de otro tipo de registro: el sensorial, el corporal. Registrar lo que ocurría, cada pequeño detalle, con mis ojos, con mis brazos, con la piel.
Pablo y Guille decidieron seguir el recorrido que originalmente habíamos planeado. No tuve que decir nada, “es lo que estabas buscando”, me dijo Pablo. Nos saludamos y me quedé. Me dispuse a comprar mis flores: tres. Una por cada núcleo de resistencia en esta, mi vida: Familia, Amor, Amigxs.
Veo que empiezan a llegar unas señoras a las que todxs les hacían lugar para pasar, con señales como de respeto. Parecían más importantes, de alguna manera, que todxs lxs demás. Llevaban sobre sus cabezas enormes canastas colmadas de flores: las ofrendas, pensé. Yo seguía sin entender del todo lo que estaba ocurriendo, nomás me dejaba maravillar por cada cosa que veía. Las señoras comenzaron a danzar, bajo un sol fuerte, fuertísimo. Mucha gente se acoplaba al baile. De repente, un hombre tomó el micrófono para pedir un minuto de silencio por alguien, una compañera, que había muerto. Todxs callamos. Me emocionó esa escena de respeto, de homenaje.
Veo que arranca una procesión. Sin saber cómo ni por qué ni hacia dónde vamos, me dejo llevar. Bailando, caminando. Fueron muchas cuadras, nunca supe cuántas. De casualidad comienzo a hablar con una pareja de uruguayxs, Daina y Guille. Lxs dos estaban muy emocionadxs. Le pregunto a Guille, que parecía ser el que más información tenía, hacia dónde estamos yendo. Me explica que nos dirigimos a Praça XV, donde está el mar. En ese lugar, me cuenta, fue la “revuelta de los esclavos negros”, por eso el homenaje principal se lleva a cabo ahí. “Buscá la historia en Google”, me dice. Nos ponemos a hablar de Iemanjá y de las ofrendas: “Iemanjá es Ola. Ella te da, pero todo eso te vuelve”. Entendido. Los deseos tienen que salir del corazón, y no hacerle mal a nadie.
“Si no vamos adelante, no nos van a dejar pasar después”, dice Guille. No sé a qué se refiere, pero sigo avanzando sin preguntar. Pasamos por un puente que lleva a un túnel. A la derecha sigue el recorrido. A la izquierda se queda el camión con música. La gente alrededor aplaude, susurran cosas, levantan las manos. Llegamos a un puerto. Todos y todas se agolpan en la ventanilla de “venta de billetes”. No entiendo nada de lo que pasa, aunque en alguna parte de mi cabeza resuenan las palabras de Guille. De golpe veo que todxs tienen un precinto en la muñeca. Yo no. Me doy por vencida: mi homenaje terminó ahí, pienso. Pero no. Se abren unas compuertas que llevan al puerto, y como un cuerpo liviano me dejo empujar por la masa, que avanza y me lleva: Como las olas del mar.
Termino subida a un barco, rodeada de vestidos blancos, tambores, sonrisas, flores y devotxs. El barco sale.
No sé hacia dónde vamos, ni donde estamos. Tampoco si el barco va a volver. No entiendo lo que se habla, pero por alguna razón, confío. Algo en mí siente una protección enorme. Recorro el barco. Me pego a una señora anciana, sola, que me pregunta si ese barco “va a voltar”. Tampoco sé, señora. Las dos, evidentemente, estamos eligiendo confiar. Todo está bien. Es el día de Iemanjá.
De repente, la señora se acerca a una ventana. Pronuncia unas palabras por lo bajo y tira, de a una, sus flores al mar. Varias personas, cada una cuando siente que es su momento, repiten lo mismo. Entonces me acerco yo. Repito varias veces cuatro palabras que serán las que resuman, de alguna manera, la razón por la que estoy ahí: Gracias. Amor. Salud. Paz. Acaricio las flores y, también de a una, las regalo al mar. Ahí van mi homenaje, mi ofrenda y mis deseos. Mi agradecimiento a Iemanjá. Veo las flores bailar con las olas y me voy, para dejarle el lugar a otrx.
El viaje sigue un poco más. Todxs estamos felices y emocionadxs: se respira en el aire. El sonido de los tambores suena en cada rincón del barco. Me quedo como perdida en esa música hasta que me doy cuenta de que estamos llegando.
Bajamos del barco y la gente se dispersa. Estoy debajo de un puente, en un barrio que no conozco, que ni siquiera aparece en el mapa que tengo. No se cómo voy a volver, pero nada importa tanto. Hoy me siento más protegida que nunca.