Robert Michels analiza por qué algunos intelectuales burgueses abrazan el socialismo. Unos lo hacen por convicción científica y sentido de justicia; otros por ideales humanitarios, ambición, descontento o búsqueda de protagonismo. Un análisis sociológico tan incómodo como actual.
"La justificación legal de este régimen (La monarquía) extrae los motivos de una metafísica trascendente. El fundamento lógico de toda monarquía reside en una apelación a Dios. Dios es bajado del paraíso para servir como escudo del baluarte monárquico, y darle su fundamento de ley constitucional: la gracia de Dios. Por eso el sistema monárquico, en la medida en que sigue apoyándose sobre un elemento sobrenatural, es eterno e inmutable, considerado desde el punto de vista de la ley constitucional, y no puede ser afectado por leyes humanas ni por la voluntad de los hombres. Como consecuencia de esto, es imposible la abolición legal, jurídica y legítima de la monarquía: ilusión del tonto soñador político. La monarquía solo puede ser legalmente abolida por Dios . . . y la voluntad de Dios es inescrutable."
- Robert Michels "Los Partidos Políticos"
El pensamiento de Robert Michels en la comprensión del fenómeno oligárquico de las sociedades postindustriales
por Edgar Ortiz Arellano
El presente ensayo intenta esbozar líneas generales del pensamiento de Michels y su inserción explicativa en las sociedades del siglo XXI que se caracterizan por tener un amplio discurso democrático que pretende legitimar el poder político dominante, es cierto también que la ciudadanía global se distingue por un amplío descontento hacia lo político como resultado de la imposibilidad y apatía de las élites del poder para resolver los problemas sociales y económicos del mundo global.
Introducción
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el posterior arribo de las tecnologías de la comunicación y de la información se desarrolló una sociedad de masas pero ya no sustentada en la producción Taylorista y Fordista que se caracterizó por la utilización de grandes contingentes de masas obreras que eran utilizadas para incrementar el proceso social productivo que el capitalismo necesitaba para ingresar a su fase imperialista y después global.
A principios del siglo XX aparece el pensamiento de Robert Michels con su obra más importante Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, que pretendía llenar el vacío explicativo sobre el comportamiento de los líderes que se encumbraban en el poder de sus respectivos partidos los cuales se caracterizaban por ser de masas y de izquierda, sin embargo el estudio sociológico que desarrolló superó por demás las expectativas y se convirtió en un referente obligado para comprender la etiología de las élites políticas y sus consecuencias para el desarrollo democrático de las sociedades.
En este sentido el presente ensayo intenta esbozar líneas generales del pensamiento de Michels y su inserción explicativa en las sociedades del siglo XXI que se caracterizan por tener un amplio discurso democrático que pretende legitimar el poder político dominante, es cierto también que la ciudadanía global se distingue por un amplío descontento hacia lo político como resultado de la imposibilidad y apatía de las élites del poder para resolver los problemas sociales y económicos del mundo global.
Ley de hierro de la oligarquía
Las sociedades de masas se caracterizan por una necesidad de generar organizaciones y estructuras que permitan la coordinación armónica de los múltiples agentes sociales para la convivencia pacifica y estable. De la necesidad de organización surgen individuos que se ponen al frente de los diferentes grupos sociales y estos comienzan a especializarse como un fenómeno indispensable de los que ejercen el liderazgo y poder.
Así la historia para Michels es una reiterada separación ineludible entre aquellos que mandan y por otra parte están las grandes masas que sólo obedecen, este acontecimiento es propio de las democracias, donde si bien los gobernantes son elegidos, estos por la especialización administrativa, técnica y de ejercicio propio del poder van separándose de los gobernados, un factor determinante para este fenómeno radica en que las sociedades de masas necesitan de la división funcional del trabajo, así bajo estas variantes Michels formula su ley de hierro de la oligarquía: “La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes de los delegados, sobre los delegadores. Quien dice organización dice oligarquía.”
Para Michels la organización es una estructura que genera la dominación oligárquica característica de nuestro tiempo. Las sociedades de mediados del siglo XX y principios del siglo XXI dejaron el proceso industrial a un lado y las grandes masas de individuos se distribuyeron en diferentes actividades económicas que hacen que la consciencia de clase se difumine en espacios que se caracterizan por crear condiciones que aumenten la apatía de los individuos y genera ambientes favorables para que las tendencias oligárquicas se acentúen mas, los puestos partidistas viven en la opacidad, los medios de comunicación saturan de información a las personas, las pirámides de mando y liderazgo se vuelven gigantescas, los sistemas electorales se diseñan de tal manera que ya no importa si los partidos tienen seguidores o no, las burocracias partidarias construyen el aparato legal que garantice su permanencia en los escaños parlamentarios y burocráticos con ello aumentando su capacidad para consolidar su posición, así como el ejercicio del poder que les reditúa en más poder.
La masa se deja llevar por el mito de que los líderes son superiores y se sienten mejor cuando son gobernados por otros, pero en los tiempos actuales simplemente no hay interés por saber que hacen los políticos, lo cual les reditúa, ya que las élites se vuelven más cerradas y mejor aun las decisiones escapan de todo escrutinio público.
La ley de hierro de la oligarquía traspasa todas las épocas, tal vez, sea la necesidad inherente de cualquier sociedad humana de requerir un orden mínimo de gobierno así como de tener prioridades básicas para la existencia de la comunidad. La organización democrática se encuentra sustentada en una organización biopolítica que no permite la verdadera representación del electorado ante los órganos de gobierno, dicha tendencia fue observada por Michels al referirse que las democracias necesariamente requieren de funcionarios altamente especializados, que los hace indispensables, de este modo no pueden ser removidos de sus puestos convirtiéndose en una élite que disfruta del poder a perpetuidad.
Lucha y reconfiguración oligárquica
En Michels los líderes sociales terminan convirtiéndose en un grupo dominante de sus propios seguidores, las luchas de emancipación social siempre terminan con el encumbramiento de los jefes del movimiento y estos repiten tarde que temprano los abusos cometidos por los viejos oligarcas derrocados.
Las estructuras actuales rebasan las fronteras nacionales, así que la luchas emancipadoras son también un movimiento global, pero estos grupos libertarios son dirigidos por un grupo pequeño de individuos que tienen como característica fundamental que cuentan con los recursos para operar a nivel mundial lo que los convierte en un grupo faccioso que tiende con el tiempo a representar sus intereses personales convirtiéndose en una élite intermedia que lucha por derrocar a los superacumuladores globales que busca también desequilibrar a las estructuras políticas que normalmente son quienes ponen las condiciones para que la oligarquía global opere cuando menos con mínimas garantías para la reproducción del sistema político y del capital.
La lucha contra las oligarquías en la teoría de Robert Michels que el único desenlace posible es un reacomodo de fuerzas que trae consigo otro nuevo grupo dirigente que se encarga en primer lugar de mantener su poder e influencia y en segunda instancia tratan de construir condiciones para perpetuarse en el poder, esperando que no surja un grupo opositor que pueda poner en riesgo su hegemonía.
En condiciones de pobreza extrema la lucha por el liderazgo político se vuelve aún mas polarizado y exacerbado porque los agentes que participan en ella saben de las ventajas y privilegios que disfrutarán una vez que lleguen al control de la organización social: dinero, recursos casi ilimitados, estatus social entre otras muchas cosas, así los grupos se atacan de manera beligerante, disminuyendo la capacidad de la organización social, ya que las acciones de gobierno son constantemente denostadas y atacadas por las estructuras que aspiran al poder.
Conclusiones
En esta primer entrega esbozamos las ideas generales de la “ley de hierro de la oligarquía” de Robert Michels con no otra pretensión más que la de señalar la vigencia del pensamiento de uno de los grandes teóricos del elitismo político.
La teoría elitista se inscribe en un pesimismo por las formas democráticas de gobierno las cuales son simples círculos donde los grupos de oprimidos logran ascender en los laberintos del poder y una vez alcanzado el mismo, de manera irremediable se especializan olvidando las causas por las que luchaban volviéndose contra sus compañeros de lucha.
Leer a Michels ayuda a explicar el por qué de la búsqueda del sentido en nuestras sociedades posmodernas que no tienen mas lógica que la predominancia económica y la lucha por el poder, ahora bien este fenómeno no es nuevo, el problema consiste hoy en que las grandes masas están individualizadas, segmentadas y focalizadas en estructuras básicas de convivencia, de este modo, el individuo se encuentra en una dicotomía permanente entre lo virtual y lo real, su lógica de comportamiento ya no es según su origen de clase, los conceptos de izquierda y derecha se van diluyendo en al vorágine de la subsistencia, las oligarquías nacionales son una sombra de los hombres que a nivel global detentan el poder económico que les da a su vez una preponderancia también en lo político. Quizás para entender el ascenso de las oligarquías globales el análisis de Michels sea insuficiente pero es sin lugar a dudas una excelente aproximación que nos puede dictar las posibles líneas de futuras investigaciones.
The ideal government would doubtless be that of an aristocracy of persons at once morally good and technically efficient. But where shall we discover such an aristocracy? We may find it sometimes, though very rarely, as the outcome of deliberate selection; but we shall never find it where the hereditary principle remains in operation
Appointment to office for short terms is democratic, but is quite unpractical alike on technical and psychological grounds. Since it fails to arouse in the employee a proper sense of responsibility, it throws the door open to administrative anarchy. In the ministries of
lands under a parliamentary regime, where the whole official apparatus has to suffer from its subordination to the continuous changes in majorities, it is well known that neglect and disorder reign supreme. Where the ministers are changed every few months, every one who attains to power thinks chiefly of making a profitable use of that power while it lasts. Moreover, the confusion of orders and regulations which results from the rapid succession of different persons to command renders control extraordinarily difficult, and when abuses are committed it is easy for those who are guilty to shift the responsibility on to other shoulders. “Rotation in office,” as the Americans call it, no doubt corresponds to the pure principle of democracy. Up to a certain point it is adapted to check the formation of a bureaucratic spirit of caste. But this advantage is more than compensated by the exploitive methods of ephemeral leaders, with all their disastrous consequences. On the other hand, one of the great advantages of monarchy is that the hereditary prince, having an eye to the interests of his children and his successors, possesses an objective and permanent interest in his position, and almost always abstains from a policy which would hopelessly impair the vital energies of his country, just as the landed proprietor usually rejects methods of cultivation which, while providing large immediate returns, would sterilize the soil to the detriment of his heirs.
The principle that one dominant class inevitably succeeds to another, and the law deduced from that principle that oligarchy is, as it were, a preordained form of the common life of great social aggregates, far from conflicting with or replacing the materialist conception of history, completes that conception and reinforces it. There is no essential contradiction between the doctrine that history is the record of a continued series of class struggles and the doctrine that class struggles invariably culminate in the creation of new oligarchies which undergo fusion with the old... in each particular instance the dominance of a political class arises as the resultant of the relationships between the different social forces competing for supremacy, these forces being of course considered dynamically and not quantitatively.
While the majority of the socialist schools believe that in a future more or less remote it will be possible to attain to a genuinely democratic order, and while the greater number of those who adhere to aristocratic political views consider that democracy, however dangerous to society, is at least realizable, we find in the scientific world a conservative tendency voiced by those who deny resolutely and once for all that there is any such possibility... This tendency is particularly strong in Italy, where it is led by a man of weight, Gaetano Mosca, who declares that no highly developed social order is possible without a “political class,” that is to say, a politically dominant class, the class of a minority. Those who do not believe in the god of democracy are never weary of affirming that this god is the creation of a childlike mythopoeic faculty, and they contend that all phrases representing the idea of the rule of the masses, such terms as state, civic rights, popular representation, nation, are descriptive merely of a legal principle, and do not correspond to any actually existing facts. They contend that the eternal struggles between aristocracy and democracy of which we read in history have never been anything more than struggles between an old minority, defending its actual predominance, and a new and ambitious minority, intent upon the conquest of power, desiring either to fuse with the former or to dethrone and replace it.
To-day, all the factors of public life speak and struggle in the name of the people, of the community at large. The government and rebels against the government, kings and party-leaders, tyrants by the grace of God and usurpers, rabid idealists and calculating self-seekers, all are ‘the people’, and all declare that in their actions they merely fulfil the will of the nation.
(Robert Michels, Political Parties, p. 15 Hearst’s International Library Co. New York, 1915).