Muriendo por la dulce patria mía”, Roberto Castillo. (Laurel, 2017)
“En este país, todo está dividido así: la palabra privada y la palabra pública jamás pueden ser la misma cosa, si se mezclan viene algún cataclismo”.
Sinopsis.
En la génesis de esta invención literaria que es Muriendo por la dulce patria mía está una de las especialidades de los chilenos, campeones morales de todo lo habido y por haber: una «bellísima derrota disfrazada de victoria», la del boxeador iquiqueño Arturo Godoy, que en los años cuarenta se enfrentó dos veces en Nueva York con el campeón mundial de los pesos pesados, Joe Louis, el Bombardero de Detroit. Mito e historia, humor y nostalgia, naturalidad y artificio, todo se mezcla en el relato portentoso y conmovedor de Roberto Castillo Sandoval, uno de los más dotados narradores secretos de la literatura chilena.
Reflexión.
Fue Arturo Godoy el personaje elegido, razones hay de sobra, las que están a la vista de todos y las personales, esas que solo el autor conoce, pero perfectamente pudo haber sido otro de los tantos chilenos nacidos como patipelados y que en algún instante divino le dieron el palo gato cambiando por completo sus vidas: viajes, dinero, penas, muerte, desolación, mujeres, hombres, fiestas, soledad... todo mezclado año tras año en esta ruleta que es el mantenerse vivo el mayor tiempo posible. Pudo ser cualquiera, porque el Box, Arturo, los golpes y la sangre presentes en el libro, no son si no la metáfora, el tren tosco y robusto que nos va permitir revisar con nosotros mismos temas tan transversales como íntimos: la patria, la pertenencia, la familia y el futuro.
Muriendo… nos narra la travesía del púgil chileno que nació en Caleta Buena, Iquique, que se quedó sin papá a los 12 años, edad en la que tuvo encontrar la suerte y la comida como matutero en las playas de Huara y que a los 27, por esos vaivenes del misterio y el esfuerzo, enfrentó dos veces (oficialmente) al Campeón de los peso pesado Joe “El Bombardero de Detroit” Louis en Nueva York, siendo derrotado en ambas oportunidades pero quedando en la retina nacional como un héroe, de esos que lo dejaron todo por donde pisaron, el alma, la sangre, los huesos, pero que no pudieron, a los que les faltó la escasa fortuna del chileno, pero que de todas formas tienen entrada triunfal para cada uno de los habitantes del terruño, porque “ganó moralmente”, porque “para la otra sí que sí”, porque lo importante fue haber dejado los pulmones en la lona por la patria.
La historia de Godoy, tal como la narra Castillo, va sirviendo para hilvanar una mucho más profunda y latente, que surge no sabemos en qué momento (se dice que en el Combate Naval de Iquique), pero que tienen tanto arraigo en cada uno de nosotros que ya es parte del arquetipo, del “ser chileno, po”: la de los triunfos morales, esos que nos consuelan cada vez que la vida se pone patas pa´arriba, cada vez que nos falta o que perdemos algo, cada vez que necesitamos un aliento para levantarnos al otro día sin sentirnos miserables ni perdedores.
Todos los héroes chilenos están llenos de triunfos morales, desde Galvarino (mencionado en un capítulo hermoso del libro), pasando por O´Higgins y Prat, hasta los iconos deportivos y culturales actuales. Victorias morales inventadas por nosotros como la de ese maldito US Open del 97`, ese que en cuartos de final enfrentaba al gringo / chino que tanto nos había hecho sufrir, el Michael Chang, con nuestro Chino Ríos; mitad de partido y dos set arriba el Chang hasta que el Chino (el nuestro) con esa inspiración divina, con esa zurda envenenada y diabólica puso la cosa en empate con dos 4/6. El quinto set era pura esperanza, era puro triunfo y jolgorio, pero duró poco, porque el Chang, acostumbrado a esos niveles inhumanos de presión se boleteó a nuestro Marcelo con un 6/3 rotundo y lapidario, diciendonos a todos los millones de chilenos que estábamos viendo el partido por la tele, “chao, se me van pa´ la casa”. Quedamos por el suelo, lloramos incluso, y nos preguntábamos para qué servía tanto esfuerzo, entonces, si al final el chileno siempre iba a perder, siempre, no importaba en qué. Pateamos la perra, dejamos que la pena pasara por todo el cuerpo, que hiciera su trayecto natural para volver frente al televisor y ver un par de solitarias banderas chilenas ahí en el Billie Jean King National Tenis Center, flameando por sobre las cursis banderitas de cartón gringas, o las pelotas gigantes, o los dedos índices apuntando al cielo, ahí, en la altura de Nueva York, y repensamos la derrota, miramos para el lado y dijimos, más para nosotros mismos que para el resto, “puta, igual la hizo, mira hasta donde llegó. Bien, igual, para mí es el triunfador…”
Historias como esta, o como las que narra Castillo en poco más de 300 páginas que se hacen nada abundan en las anécdotas familiares, en los cuentos de los viejos, incluso en la política.
Ser chileno es contradictorio, es estar tan fraccionado que entendemos las cosas al revés y por ende, reaccionamos mal. Celebramos las derrotas y enrostramos los triunfos de mala manera, porque no estamos acostumbrados, porque no sabemos lo que es ganar tanto, porque nos incomoda la unión de todo un país celebrando un triunfo, independiente de los ideales de cada uno, no nos vemos en esa, así que salimos a lo loco, gritándole a todo el que consideramos perdedor, humillándolo, para sentirnos 5 minutos mejor que esos a los que todo el resto del tiempo miramos con la mandíbula apretada y los ojos a medio cerrar, conteniendo la envidia, tratando de empaparnos del orgullo del triunfo moral pero entendiendo que no basta, sabiendo muy en el fondo, que queremos algo más y que estamos cansados de las excusas.
El camino que recorre Muriendo... es el que busca el sentido de la patria, de la pertenencia, sin entender muy bien por qué, dejando que el azar tome curso y nos vaya moviendo por aquí y por allá porque en realidad nadie nunca nos ha explicado lo que es ser chileno más allá de la empanada, el vino tinto y la cueca. Es el viaje personal que va involucrando a otros, con todas sus historias y que juntos, en comunidad, como debe ser, van armando algo, algo que no se sabe muy bien qué es, algo que puede ser algún atisbo de identidad, pero que aún está indefinida, porque hay historia que fue borrada y que algunos, incluso hoy, insisten en mantener perdida, por lo tanto no queda más que ser otro Arturo Godoy, buscándose la vida a combos, dejando en cada parada un par de dientes, unos manchones de sangre, dejando en cada triunfo, en cada logro, un trozo de humanidad que se va restando, que nos va adelgazando y que por ende nos va poniendo más viejos, mas cansados y más tristes.
Tal vez, la idiosincracia chilena sea el triunfo moral y si es así ya vendría siendo la hora de aceptarlo, pero falta llenar el concepto, porque lo usamos pero lo renegamos y mientras pase eso, seguiremos incompletos, en pedazos que no calzan, muriendo por la dulce patria nuestra sin lograr nunca entenderla.
Muriendo por la dulce patria mía.
Roberto Castillo Sandoval.
Libros de Laurel, 2017.
ISBN: 978-956-9450-29-7
Presidente de Honduras va en busca de la reelección
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Voz de América – Redacción,- El presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández ganó abrumadoramente las elecciones primarias dentro de su partido venciendo a su rival Roberto Castillo, quien reconoció la derrota.
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Ya lo sabeis, un sitio en Gandía donde exhibir vuestros trabajos o contemplar los de otros. En Av. Beniopa 68.
Taxista dominicano baleado en la cabeza sigue grave
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Miguel Cruz Tejada
NUEVA YORK,- El taxista dominicano Roberto Castillo de 37 años de edad, que fue baleado en la cabeza por un tirador que lo confundió con un pasajero con el que había discutido, sigue grave y conectado a una máquina de respiración artificial en el hospital Elmhurst de Queens.
Castillo, quien no tenía licencia como taxista de la Comisión de Taxis y Limosinas (TLC), para manejar…