El príncipe que debía morir
Si él hubiese podido cumplir su deseo, el mundo no sería lo que es. Las calles estaban en llamas, pero no por el fuego de un incendio, sino por el fervor de todos los hombres del reino que exigían una transformación. Fueron años difíciles desde la muerte del rey, pero todo mejoraría ahora con el joven príncipe... o al menos eso era lo que todos deseaban.
Se encontraba entre las sombras, rodeado por el silencio y encandilado por la soledad en la que se lo había confinado. Sus pies estaban fríos y sucios, apestaban. No vestía harapos, seguía con aquella ropa tan refinada que siempre usaba, pero está ya no deslumbraba, salvo por los pequeños agujeros que las polillas habían hecho en ella. Su hermoso rostro, el del príncipe león, el del joven de oro, ahora estaba aniquilada por una barba poblada, desprolija y llena de piojos. Su piel estaba quebrada, era tan blanca que por poco no permitía que se vieran las venas por donde su sangre azul e imperial fluía. ¿De que valía tanta sangre valiosa si su corazón había sido traicionado? El príncipe tocaba su rostro buscando un pedazo de humanidad en él, pero ya no quedaba. Poder, gloria, fama, placeres, amor... Él siempre lo había tenido todo y ahora no le quedaba nada.
Las calles sufrían por la furia y la pasión, si aquellos espíritus pudiesen verse desde lo lejos hubiesen teñido toda su nación de rojo, incluso desde el espacio se habría podido haber visto aquello que allí sucedía. Lo querían a él, al León de Rockmore.
Su habitación finalmente se empezó a iluminar, ya era hora, finalmente era el momento que él esperaba. Se quito toda su ropa, la arranco de su cuerpo, y se sintió más liviano por primera vez en mucho tiempo. Acaricio su barba rojiza y respiro profundamente. Se vistió con una simple túnica hecha de harapos que perteneció a un granjero ejecutado hace un tiempo atrás y salió de aquel lugar hacia su destino.
Todos deseaban al rey, todos deseaban finalmente ver a su príncipe tomar la corona. Deseaban la paz, deseaban que el finalmente tenga su lugar en el trono de oro que su familia había construido. Que tomara lo que le pertenencia, lo que todos deseaban y solo él tenía. La corona, el trono, el poder supremo. Ese era la revolución del pueblo, una de alegría, de finalmente retomar la protección de aquellos que los habían cuidado y amado. Ellos querían a los reyes de Rockmore.
La Plaza de la Victoria y La Paz estaba repleta, los guardias protegían el lugar, los Vicarios repartían comida y contenían a las masas, todos estaban allí, incluso el Gran Regente Nicolas de Rocherster estaba allí. El joven León se hizo presente finalmente… finalmente era un hombre. Dieciocho años se había esperado este momento, pero nadie jamás pensó que así sería como lo verían. Ya no era hermoso, ya no era un gigante entre los mortales, ya no era un hombre viril, por el contrario, él era un saco de huesos, pálido, triste, cubierto por una barba roja y harapos mugrientos que a duras penas hacían de ropa. Desde aquel escenario miraba a su gente, ellos lo adoraban igual, no les importaba como luciera, como fuera que estuviera él era su amado señor, ellos lo deseaban. Querían su poder y su gloria, deseaban que los salvara. Él lloraba al escucha todo eso, esa era su prisión.
Un solo hombre estaba de su lado, y era tal vez el único que podía hacer algo por su señor. Y lo hizo, cumplió su deseo más importante. El joven León de Rockmore quería una guillotina en su celebración, muchos pensaban que comenzaría su reinado matando a traidores, un espectáculo que el pueblo adoraba; nada iba tan bien con la pasión de un pueblo que la muerte de un enemigo. La corona lo esperaba, toda la ceremonia esperaba al príncipe, pero él no fue hacia ellos. La guillotina lo llamaba, maravillosa máquina de matar.
Toco la cuerda de aquel artefacto lustroso y la contemplo.
...Solo tengo un deseo que cumplir.
Miro su reflejo en aquella hoja metálica recién pulida
... Solo quiero no ser más objeto del deseo.
El filo se sentía incluso con la mirada.
...Que alivio seria tener mi propio corazón para mí.
La hoja era tan fina y final.
... Quisiera tener el único poder que no tuve jamás.
Lo llamaba, cortaba sus ojos y su respiración.
... ¿Como es que tengo todo lo que no quiero?
Ese aroma que impregno el aire repentinamente le gustaba.
...La madera es más cómoda que todas las plumas de mi cama
Solo gritos se escuchaban y la noche caía de golpe.
... Siempre preferí el frío.
El fuego se apagó para siempre, ya no había más deseo que alimentar.
... ¿Esto es la felicidad?
Ya no podía hablar, ya no podía habitar esa tierra.
... Al fin cumplí mi deseo.
La madera tomo un nuevo color,
...Ya no siento ningún peso.
... Que hermoso es cumplir lo deseado.
La hoja no se levantó, ni el viento de los suspiros del mundo entero podría haberlo hecho, pues el daño ya estaba hecho. El blanco rostro cortado recupero su color, y tenía paz. Tomaron el cuerpo, este ya no pesaba ni tenía cargas. El fuego esta vez sí quemo, ya no había deseos, solo decisiones. Nadie resolvería nada por nadie, ni esperaban algo de alguien.
León de Rockmore, el ultimo monarca. Un hombre que pudo tener todo el poder, pero opto por aquel que verdaderamente valía la pena. El de gobernarse a si mismo.