Entre más días pasaba fuera de la ciudad No. 6, más sentía que él no encajaba para nada en un sitio como "el mundo real", en el cual se veía forzado a vivir en esos momentos. Sin embargo, era sencillo notar que el albino también hacía su esfuerzo por adaptarse a las cosas nuevas y al estilo de vida que todos parecían llevar a su alrededor.
Se había acostumbrado rápidamente a levantarse muy temprano todos los días -o casi todos- para ir a ayudar a la cuidadora de perros con la limpieza de los mismos en el hotel. Sentía que aprendía algo nuevo acerca de la vida en general cada vez que pasaba tiempo ahí, pero a la vez surgían dudas nuevas y terminaba por sentirse un poco ignorante al final de su jornada.
¿Cuántos secretos podía guardar en verdad un solo sitio?
—Bien hecho, Sion —Se escuchó de repente la voz de la cuidadora de perros—. Ya has terminado con todos los perros, cada vez eres más rápido —no era como si lo estuviera felicitando ni nada por el estilo, claro—. Podrás irte cuando termines de recoger todo lo que usaste.
—Sí, gracias —respondió Sion, tan tímidamente como siempre.
—Salúdame al tonto de Nezumi —le pidió antes de alejarse y perderse en el interior de su hotel.
Una vez que el joven de mirada rojiza terminó con todo lo que debía hacer, volvió en busca de Nezumi, esperando que éste ya estuviera en casa.
—¿Nezumi? —Lo llamó al entrar por la puerta.
Aunque no siempre lo admitía en voz alta, no podía evitar preocuparse cuando él llegaba antes que el más alto.