No quiere despertar, está muy agusto con Oscar, asi que con los ojos cerrados continuó durmiendo a su lado.
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No quiere despertar, está muy agusto con Oscar, asi que con los ojos cerrados continuó durmiendo a su lado.
¿Dónde quedó mi { c o r a z ó n } ?
Yo tenía más o menos una rutina. De lunes a viernes trabajaba, y el fin de semana lo dedicaba enteramente a Oscar. Todos los días después de trabajar iba a nuestro apartamento y le sorprendía haciéndole de comer o dándole mimos, jamás lo vi como una carga puesto que él había sido la primera persona que me aceptaba como yo era en realidad. Oscar no exigía ni pedía, él me aceptaba y sabía cómo tratarme, y el hecho de que fuera tan comprensivo y paciente conmigo llenaba mi corazón de entendimiento y felicidad.
Ese era un día normal, iba a hacer la cena, su comida favorita en realidad, y mientras caminaba a casa pues acababa de salir del metro escuché la ambulancia y a la policía hablar acerca de un suicidio. Alcé las cejas lentamente y decidí ignorar tales acontecimientos hasta escuchar aquello que jamás esperé oír en ese instante, ya que mi mente se encontraba pensando en cómo me recibiría hoy mi amado; “¿Acaso ese no era el loco del piso 12?”, Dijeron.
El piso 12… el piso de Oscar. Moví mi cabeza. Me acerqué al cadáver. Vi el cabello rubio saliendo de la manta oscura ya que el suelo se encontraba teñido ya de un rojo oscuro. Vi su mano izquierda que sobresalía de los ropajes, su dedo anular estaba intacto y en el brillaba la joya de compromiso que hacía par con la mia.
Me quedé helado.
“De seguro se suicido porque no tenía a nadie.”
Otra vez dijeron. Mi corazón se achicó. Se me hizo difícil respirar. Mis ojos, usualmente con un brillo peculiar, ahora mismo habían perdido toda clase de vida. ¿Eso parecía? ¿No tenía a nadie?
--¿Quién soy yo entonces…? –Dije en voz baja, tomando esa mano que sobresalía y juntándola con la mia.-- ¿Qué pasó…? ¿Quién soy yo…? No… ¿no soy yo importante…? ¿Está bien dejarme solo, Oscar…? Oscar… … por favor… dime algo… --Mi voz se apagaba lentamente. Las personas callaron. Mis lagrimas bajaban violentamente por el rostro, mi respiración iba cada vez más rápida y pesada, sentía que iba a explotar.
Pronto estuve hiperventilando. Una mano contra el pecho y la otra sujeta a la mano de un muerto.
El de la ambulancia me vio y trató de ayudarme pero lo aparté, traté de safarme. Nadie muere de una hiperventilación y durante un momento quise morir. Era como respirar cenizas del fuego recién apagado, mi garganta se secaba y lentamente se quemaba, abriendo paso al dolor y la desesperación que en mi corazón comenzaban a formar una tormenta de sentimientos perdidos y encontrados.
Otra vez solo.
Otra vez solo, una vez más, siempre solo, siempre escuchando como los pensamientos ajenos carcomían su mente y le obligaban a dar marcha atrás a la decidida y ferviente idea de vivir. De aprender a sentir. De saber valorar…
¿De qué había servido?
Abandonar ese hogar que no era de nadie mas que del silencio, renunciar a lo que tenía allá para vivir un mundo de felicidad acá… ¿qué había necesitado Oscar que yo no pude darle? ¿Qué necesitaba para poder volver a hacerlo respirar?
¿Una vida?
Se la daría. Le daría lo que él quisiera. Un hijo. Dos. Tres. Mil. Que volviera. Le daría todo. Le daría el mundo, las estrellas, los planetas, mi salud. Le daría absolutamente todo lo tangible y lo intangible, lo juraba, solo …
Solo una vez más.
Solo una vez más, una sonrisa, una caricia, un te amo… un sentimiento.
Solo eso…
…por favor.
Devuélvelo.
No te lo lleves.
No me dejes solo.
No me dejes solo, tu lo prometiste…
¿Por qué me dejaste enamorarte si sabías cómo terminaría todo…?
¿Por qué no terminé con mi vida primero?
La hiperventilación fue cesada gracias al paramédico que no se detuvo en el primer intento, y una vez me vio tranquilo me preguntó qué era del herido.
“Su prometido.” Dije en voz baja. “Acabo de llegar del trabajo…” Acaricié esa mano que no solté durante todo ese tiempo e hicieron los preparativos para levantar el cuerpo.
Me levanté lentamente, mis piernas me fallaron y caí dos veces de rodillas, hasta que un extraño me levantó por la fuerza y me miró con una pena que yo no merecía. Cuando logré sostenerme por mí mismo murmuré; “Súeltame.” Él había sido quien había dicho que Oscar no tenía a nadie, y la mirada fría que se dedicaba de mis ojos a sus pupilas era tan fría que congelaría el sol mismo.
Mi corazón iba más lento, la sangre ya no parecía correr por mis venas, no me importaba nada ahora mismo, el ayuntamiento se llevo el cadáver de mi amado y tuve que llamar a una funeraria. Lo enterraría, el ataúd estaría cerrado porque así dijeron que sería menos perturbante. Me quedé esperando por invitados pero nadie llegó, y no me importó, continué yo solo. Se sentía tan solo el existir sin él. Era como vivir una vida que no te pertenece. Todo era tan irreal…
Ahora todo iba peor. En mi trabajo me trataban peor que mal, mi madre me llamaba al celular y por primera vez decidí hacer lo que quise; respondí en el trabajo de mala manera y rompí el celular a la mitad, tirando ambas mitades a la basura.
Todos los días comencé a ir al cementerio, no me importaba nada acerca del que dirían, incluso si llovía o había truenos, o nevaba o estábamos en críticas condiciones meteorológicas. Todos los días iba. Hablaba con una piedra que llevaba el nombre de mi único amor en esta vida, decía las mismas palabras siempre de despedida y continuaba con una sonrisa.
“Te amo Oscar, siempre te he amado y siempre te amaré. Te veo mañana, tengo que irme.”
Pero de regreso a casa lloraba. Lloraba desconsoladamente. Lloraba como un bebé que acaba de perder a su madre, como alguien que ha perdido algo tan importante que la vida jamás volverá a ser igual.
¿Navidad? ¿Año nuevo? ¿Cumpleaños? ¿Todos los días festivos? Todos esos días y más la pasaba al lado de oscar. Todos. Al lado de una lápida.
Al lado de los restos de un amor que fue escrito para vivir la eternidad.
Años pasaron, años pasarán. Kevin no se rendiría, kevin no volvería a creer ni a mirar a otra persona, porque Kevin estaba ciego y ya no sabía cómo podía vivir sin él. Kevin sin Oscar no era Kevin, no podía ser Kevin, a Kevin le faltaba lo más importante, el rasgo más dulce que una persona puede tener, y eso era la felicidad.
Sin Oscar, Kevin no era feliz, él nunca podría alcanzar la felicidad. El nunca podría descansar sin haberle dicho esa noche, “mi amor, ya llegué a casa” y haber recibido como respuesta un “bienvenido a casa”. Porque Oscar era el hogar de Kevin. Era donde Kevin pertenecía, y para Kevin eso fue como encontrar el paraíso en la tierra.
Pero un mortal nunca debe alcanzar tal felicidad.
En el pecado sucumbió y la tristeza se comió su corazón.
Kevin jamás volvería a sonreír igual. Su felicidad había sido arrebatada por el único que podía dársela.
"Hey, Kev" Llamó al contrario, mientras se acercaba a él seriamente y lo abrazó con algo de fuerza "Tal vez sea una decisión apresurada, pero..." Lo soltó del abrazo y le mostró una pequeña cajita, abriéndola sin rodeos, mostrando el contenido de esta que era un anillo de plata que había comprado hace unos días "Me gustaría pasar el resto de mis días contigo".
Kevin se encontraba en casa del contrario, recogiendo un poco aquí y allá lo que le permitía la movilidad. No era un chico totalmente limpio, siendo sinceros, a veces tenía problemas hasta para recoger la cocina después de comer en ella, pero mientras recogía pudo escuchar la voz del contrario llamarle.
Volteó lentamente la cabeza un tanto asombrado por el repentino llamado, y en vez de dedicarse a pensar más en trasfondo de la situación, antes de siquiera poder pensar más allá, una caja con un anillo de plata se colocó frente a sus ojos y el sonrojo fue lo que inundo su rostro, ya que seguido de ello las palabras de Oscar endulzaron su alma y cautivaron su corazón.
Le miró, volvió a bajar la mirada, y volvió a subirla donde él se encontraba. Su corazón iba cada vez más rápido y pese a haberlo pensado apenas dos segundos, supo que la respuesta era obvia en esa ocasión. Se abrazó a Oscar por el cuello, robándole un tierno beso, mordiéndole los labios y asintiendo repetitivamente contra su rostro en un intento de hacerle ver que no había más respuesta que la que le mostraba con tanta emoción.
— ¡Claro que sí! ¡Quiero estar contigo toda mi vida, Oscar, toda! —Lo decía como si fuese a acabarse su voz en cualquier instante. Mordió los labios ajenos una vez más, y cuantas veces pudo de ahí en más, murmurando cuánto lo amaba, y que una vida no sería suficiente para expresarse el mutuo amor que se tenían.— Te amo. Quiero estar para siempre contigo. — Extendió su mano en dirección ajena y esperó unos momentos para que en esta fuera colocada el anillo.
Seguramente ese sería el comienzo de los días más felices de toda su vida.
Está bastante feliz porque Oscar dijo que, a lo mejor, y él pertenecía a sí... no sabía a qué se refería del todo pero lo tomaría como algo bueno, después de todo, siempre había sentido algo especial por ese chico y no se atrevería a negarlo ahora.
-- Ahora tengo que mantener a mi Mun a raya... --Pues realmente representaba un problema que ella también lo deseara... justo ahora quería estar con Oscar, y ante ese sentimiento no pudo evitar sonrojarse.
Kevin Wells
K; Buenos días... --Murmuró desde el sillón un tanto adormilado, acababa de despertar y no estaba acostumbrado a dormir tantas horas.