"Hey, Kev" Llamó al contrario, mientras se acercaba a él seriamente y lo abrazó con algo de fuerza "Tal vez sea una decisión apresurada, pero..." Lo soltó del abrazo y le mostró una pequeña cajita, abriéndola sin rodeos, mostrando el contenido de esta que era un anillo de plata que había comprado hace unos días "Me gustaría pasar el resto de mis días contigo".
Kevin se encontraba en casa del contrario, recogiendo un poco aquí y allá lo que le permitía la movilidad. No era un chico totalmente limpio, siendo sinceros, a veces tenía problemas hasta para recoger la cocina después de comer en ella, pero mientras recogía pudo escuchar la voz del contrario llamarle.
Volteó lentamente la cabeza un tanto asombrado por el repentino llamado, y en vez de dedicarse a pensar más en trasfondo de la situación, antes de siquiera poder pensar más allá, una caja con un anillo de plata se colocó frente a sus ojos y el sonrojo fue lo que inundo su rostro, ya que seguido de ello las palabras de Oscar endulzaron su alma y cautivaron su corazón.
Le miró, volvió a bajar la mirada, y volvió a subirla donde él se encontraba. Su corazón iba cada vez más rápido y pese a haberlo pensado apenas dos segundos, supo que la respuesta era obvia en esa ocasión. Se abrazó a Oscar por el cuello, robándole un tierno beso, mordiéndole los labios y asintiendo repetitivamente contra su rostro en un intento de hacerle ver que no había más respuesta que la que le mostraba con tanta emoción.
— ¡Claro que sí! ¡Quiero estar contigo toda mi vida, Oscar, toda! —Lo decía como si fuese a acabarse su voz en cualquier instante. Mordió los labios ajenos una vez más, y cuantas veces pudo de ahí en más, murmurando cuánto lo amaba, y que una vida no sería suficiente para expresarse el mutuo amor que se tenían.— Te amo. Quiero estar para siempre contigo. — Extendió su mano en dirección ajena y esperó unos momentos para que en esta fuera colocada el anillo.
Seguramente ese sería el comienzo de los días más felices de toda su vida.