𝗘𝗟 𝗜𝗗𝗜𝗢𝗠𝗔 𝗦𝗘𝗖𝗥𝗘𝗧𝗢 𝗗𝗘 𝗟𝗔𝗦 𝗟𝗨𝗖𝗜𝗘́𝗥𝗡𝗔𝗚𝗔𝗦.⠀⠀⠀
⠀⠀⠀|ᑦᵒⁿᵛᵉʳˢᵃᶜⁱᵒ́ⁿ ᵇᵃˢᵃᵈᵃ ᵉⁿ ʰᵉᶜʰᵒˢ ʳᵉᵃˡᵉˢ˒ ᵉˢᵗᵃ ᵗʳᵃᵐᵃ ᵗʳᵃⁿˢᶜᵘʳʳᵉ ᵉⁿ ˡᵃ ᵐⁱˢᵐᵃ ˡⁱⁿᵉᵃ ᵗᵉᵐᵖᵒʳᵃˡ˒ ᵃᵈᵃᵖᵗᵃᵈᵃ ᵃˡ ᵖᵉʳˢᵒⁿᵃʲᵉ˒ ˢᵘ ᵛⁱᵈᵃ ʸ ᵉˡ ᵉⁿᵗᵒʳⁿᵒ ۹ᵘᵉ ˡᵒ ʳᵒᵈᵉᵃˑ⠀⠀⠀
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀(𝐕𝐎𝐋 𝐕 — 𝐅𝐈𝐍𝐀𝐋.)
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀ ²⁷/¹¹/²⁰²⁵.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀— 𝐸𝑙 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑎 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑠𝑡𝑖𝑙𝑙𝑎… 𝑒𝑠 𝑞𝑢𝑒, 𝑠𝑖 𝑙𝑎 𝑡𝑜𝑚𝑎, 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑎𝑏𝑙𝑒𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑙𝑒 𝑎𝑏𝑟𝑎𝑠𝑒 𝑝𝑜𝑟 𝑑𝑒𝑛𝑡𝑟𝑜. 𝐴𝑙 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙 𝑒𝑠 𝑚𝑢𝑦 𝑝𝑎𝑟𝑒𝑐𝑖𝑑𝑎 𝑎 𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑚𝑖𝑜 𝑦, 𝑒𝑛 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑑𝑜… 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑠𝑒𝑟 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎𝑝𝑟𝑜𝑑𝑢𝑐𝑒𝑛𝑡𝑒. 𝐿𝑒 𝑐𝑢𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑖𝑟𝑎𝑟 𝑦 𝑒𝑙 𝑑𝑜𝑙𝑜𝑟 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝘩𝑎 𝑡𝑟𝑎𝑠𝑐𝑒𝑛𝑑𝑖𝑑𝑜 𝑙𝑜 𝑓𝜄́𝑠𝑖𝑐𝑜; 𝑠𝑒 𝘩𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑣𝑒𝑟𝑡𝑖𝑑𝑜 𝑒𝑛 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑚𝑒𝑛𝑡𝑎𝑙. 𝐿𝑜 𝑢́𝑛𝑖𝑐𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑝𝑜𝑑𝑒𝑚𝑜𝑠 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑜𝑟 𝑒𝑙𝑙𝑎 𝑒𝑠 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎𝑟 𝑎𝑙𝑖𝑣𝑖𝑎𝑟 𝑒𝑠𝑒 𝑑𝑜𝑙𝑜𝑟 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑞𝑢𝑖𝑡𝑎́𝑟𝑠𝑒𝑙𝑜… 𝑛𝑜 𝑣𝑎 𝑎 𝑠𝑒𝑟 𝑝𝑜𝑠𝑖𝑏𝑙𝑒. 𝐻𝑎 𝑠𝑜𝑝𝑜𝑟𝑡𝑎𝑑𝑜 𝑒𝑠𝑒 𝑠𝑢𝑓𝑟𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑢𝑟𝑎𝑛𝑡𝑒 𝑚𝑢𝑐𝘩𝑜 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜.
Todas las mañanas me despertaba con un mensaje de Finn dándome los buenos días. Fue el primero en enterarse de la noticia y, desde entonces, no había dejado de escribirme. Sentía su preocupación a kilómetros de distancia. Él no podía estar conmigo y sabía perfectamente que, cada vez que volvía a casa, estaba solo. Así que se limitaba a mandarme mensajes, contarme qué tal le había ido el día, preguntarme qué había hecho y llamarme siempre que tenía ocasión. Perséfone fue otra de las personas que también había vivido algo así de primera mano. Gracias a ellos dos, me sentí arropado. Aun así, la sensación de estar viviendo como un zombi no desaparecía.
Era una sensación extraña. Me levantaba todas las mañanas, me lavaba los dientes y me tomaba un café con una tostada medio quemada. Más por obligación que por otra cosa. Lo hacía porque tenía que hacerlo. Porque era la rutina que había establecido durante los últimos meses y la que me permitía mantener la cabeza ocupada. Preparaba una bolsa grande para llevármela al hospital después del trabajo y me iba a la clínica. Mis días se habían reducido a eso.
Aquella mañana hice exactamente lo mismo. Metí las cosas en el coche y me dispuse a ir a trabajar. Decidí conducir; era otra excusa más para mantener la mente ocupada. El teléfono no dejaba de sonar con cada mensaje que Finn me enviaba hasta que, finalmente, decidí llamarle.
— ¿Carter? —la voz de Finn inundó el interior del coche.
— Hola, Finn. —Le respondí—. Mi hermana está regular. No satura bien en oxígeno y, por lo visto, ya le han dicho a mi madre que vaya pensando dónde va a recibir los cuidados paliativos. Aunque mi hermana no quiere… Directamente quiere morirse ya. Está cansada de las visitas. Pero claro, es que no pueden hacer nada. No pueden dormirla y no entiendo por qué.
— Claro… es lo que me dijiste. No pueden sedarla porque no tiene ningún órgano vital afectado. Entiendo que, por eso, no les permiten hacerlo.
— Me da muchísimo coraje. —Apreté el volante con fuerza. La rabia me atravesó la garganta, aferrada a una esperanza vacía — No sé si están esperando a que se ahogue. Es que no entiendo nada, la verdad.
— Pues sí… ¿Qué necesidad hay de alargar algo que no tiene salida? Porque para personas que ya han aceptado cómo están, que saben que no van a salir de ahí y encima están sufriendo… no lo entiendo.
Me quedé callado, mordiéndome la cara interna del labio mientras los dedos tamborileaban nerviosos sobre el volante.
— No lo sé, Finn. Entiendo que haya situaciones que sean un cincuenta-cincuenta. Pero en este caso no. Es que se va a morir igual.
— Pues que le dejen elegir entre morir agonizando o morirse tranquila ahora que todavía puede, ¿no?
— Claro… porque el tema de la pastilla al final nada, ¿no?
— No. Es una tontería dársela porque no serviría de nada.
— Entonces creo que deberían dejarla elegir cómo hacerlo.
— No sé… Es complicado. Voy a intentar centrarme y animarme en el trabajo porque no me encuentro bien. Mañana, después de trabajar, volveré a pasarme por el hospital. Espera, que me está llamando mi madre. Ahora seguimos.
— Finn. Que me dé la vuelta. Van a sedarla.
— ¿Eso es lo que te ha dicho tu madre? ¿Que vayas al hospital?
— Sí. Tengo que ir al trabajo para decirles a Baldur y a Nora que no voy a estar. —Mi cabeza comenzó a entrar en bucle mientras la angustia me devoraba desde el fondo de la garganta.— Tengo que llegar al trabajo.
— Ten cuidado. Para donde puedas y que vayan a recogerte.
Finn sonaba preocupado, intentando evitar que los demonios de mi cabeza terminaran por nublarme la mente… aunque fue imposible. Escuchaba su voz, pero mi cabeza había entrado en un estado de pánico del que no podía salir. Le oía, pero al mismo tiempo no.
— Tengo que decírselo. Tengo que ir al trabajo. Tengo que llegar.
Todo ocurrió tan deprisa que apenas recuerdo cómo pasó. El mundo empezó a dar vueltas. La presión que había acumulado durante semanas fue como si, de repente, estuviera devorándome por dentro. Sentí que en cualquier momento iba a abrirme en canal y a desparramarlo todo por la presión que sentía en la caja torácica. Empecé a hiperventilar e intenté aferrarme al aire que entraba por la ventanilla mientras un mar de lágrimas caía en cascada por mis mejillas. Destellos me nublaban la vista, que seguía clavada en la carretera. No tuve un accidente de puro milagro. Balbuceaba desesperadamente y solo alcanzaba a escuchar la urgencia en la voz de Finn. " ¡𝘊𝘢𝘳𝘵𝘦𝘳, 𝘯𝘰 𝘵𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘯𝘥𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰.ᐟ 𝘛𝘳𝘢𝘯𝘲𝘶𝘪𝘭𝘰. 𝘛𝘪𝘦𝘯𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘦𝘯 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘳 𝘰 𝘵𝘦 𝘷𝘢𝘴 𝘢 𝘥𝘦𝘴𝘮𝘢𝘺𝘢𝘳. ¡𝘊𝘢𝘳𝘵𝘦𝘳.ᐟ "
Llegué a la clínica antes de ser capaz de responderle. Frené frente a la puerta y salí del coche a trompicones. El pecho subía y bajaba a una velocidad inhumana mientras intentaba acompasar aquella respiración desbocada. Pensé que en cualquier momento me desplomaría, pero las puertas me sostuvieron el tiempo justo para abrirlas y llamar la atención de Nora. En cuanto me vio en aquel estado, salió corriendo a avisar a Baldur.
Lo vi aparecer por el pasillo con una expresión sombría. Sus largas zancadas me alcanzaron justo a tiempo para sujetarme por los codos. Yo no dejaba de repetir palabras inconexas, como si mi cabeza hubiera entrado en una espiral de emociones que me había arrebatado cualquier atisbo de cordura. Baldur me colocó los brazos en mariposa mientras intentaba apaciguar el llanto con un suave siseo. Después terminó envolviéndome entre sus brazos.
— Respira conmigo, Carter. —Me dijo mientras exageraba cada inhalación y cada exhalación—. Estás teniendo un ataque de pánico.
Emmet vino a buscarme. Me pasé todo el trayecto mirando por la ventana, ya le había mandado un mensaje a Finn para que estuviera tranquilo y supiera que estaba acompañado. Por otro lado, sentía que había perdido las fuerzas. Mi mente había vuelto en sí, al menos lo suficiente como para comprender que aquello no podía volver a ocurrir delante de Ruby. Íbamos de camino al hospital.
Permanecí callado durante todo el trayecto y, si alguna lágrima se deslizaba por mi mejilla, la borraba de inmediato con el dorso de la mano. "𝘛𝘪𝘦𝘯𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦𝘳 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦. 𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦 𝘷𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘢𝘴𝜄́ 𝘰 𝘴𝘦 𝘱𝘳𝘦𝘰𝘤𝘶𝘱𝘢𝘳𝘢́."
Aquellos pensamientos se habían convertido en un mantra durante meses, pero sabía que me estaba engañando a mí mismo. Sabía que no era verdad. No me sentía fuerte.
Cuando llegué al hospital, toda mi familia estaba allí, dispersa por el largo pasillo mientras sus miradas se clavaban en mí. Algunas reflejaban pena; otras, preocupación. Los saludé como me habían enseñado desde pequeño, fingiendo una normalidad que no existía.
Entré en la habitación y el pitido constante de las máquinas era lo único que rompía el silencio. Mi madre estaba sentada en el sofá. Mi padre, apoyado junto a la cómoda, y hablaba por teléfono mediante mensajes. No tardó en ponerse en pie y salir de la habitación, dejándonos solos.
Me acerqué al sofá y le sonreí a mi madre.
— Bien… ya la ves. Le han dado lo suficiente para que esté tranquila. Cada vez pasará más tiempo dormida.
Mi hermana, postrada en la cama, parecía estar teniendo un sueño tan plácido que hasta las comisuras de sus labios se curvaban en una pequeña sonrisa. Estaba en otro lugar, lejos de nosotros. Aunque ya nos habían advertido de que probablemente aún pudiera escucharnos y ser consciente de nuestra presencia.
Mi madre salió de la habitación para dejarnos un momento a solas. Me quedé un rato en la habitación, observándola, agarrándola de la mano mientras le acariciaba los dedos. Sentí la textura rugosa de ellos bajo mi piel. Hubo un momento de lucidez en el que abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba allí. Me sonrió.
— Hola, preciosa... ¿Te he dicho ya que 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼?
Ruby me respondió con una voz pesada, arrastrada por los medicamentos que le habían administrado. Los ojos se le cerraban, sonreía como si estuviera en otro mundo y parecía que el sueño volvía a reclamarla.
Yo estuve a punto de romperme en ese instante. Quise llorar otra vez. Decirle que no se fuera de mi lado. Que todo aquello era injusto. Que aún no había visto todo lo que le quedaba por ver. Que siguiera luchando. Que se quedara conmigo. Que la necesitaba.
Me odié por no haberle dicho más veces que la quería. Me odié por no haber pasado con ella todo el tiempo que habría querido. Me odié por todas las veces que habíamos discutido.
Tuve que salir de la habitación. Sentí que volvía a faltarme el aire y aún me había prohibido liberar todo aquel cúmulo de pensamientos que me estaba devorando por dentro.
𝘗𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝜄́𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘯𝘥𝘪𝘥𝘰, 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘮𝘱𝘪𝘦𝘻𝘢𝘯 𝘢 𝘴𝘦𝘥𝘢𝘳 𝘢 𝘶𝘯 𝘱𝘢𝘤𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦, 𝘥𝘦𝘱𝘦𝘯𝘥𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘴𝘰, 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘯 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘳 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘵𝘳𝘦𝘴 𝘥𝜄́𝘢𝘴 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘦 𝘥𝘦 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘳.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀ ²⁸/¹¹/²⁰²⁵.
Mi madre se había empeñado en que quería pasar la noche con ella. Así yo podría volver a casa, ducharme y coger ropa limpia.
Aquella madrugada estaba solo. Dejé el teléfono con sonido y lo más cerca posible de mi cabeza por si recibía alguna llamada. Habíamos acordado avisarnos en caso de emergencia. El final se acercaba, pero ninguno de nosotros estaba preparado para soltar.
A la una de la madrugada recibí la llamada. Todo había terminado. En cuanto a mí... no lloré. No me permití hacerlo.
Mantuve los hombros rectos y fui al hospital a buscar a mi madre para llevarla a casa. La acompañé en su dolor, en su llanto. Acallé sus súplicas y la ayudé a acomodarse en el sofá para que pudiera descansar después de tantos días sin dormir. El cansancio se le había quedado grabado en las cuencas de los ojos. Y yo seguí sin derramar una sola lágrima.
Seguí sin hacerlo cuando me encargué de escribir un mensaje para avisar a familiares y amigos cercanos de que todo había acabado. Seguí sin hacerlo cuando ayudé a mi madre a preparar café y algo de desayuno para quienes empezarían a llegar a casa. Seguí sin hacerlo cuando fuimos al tanatorio y las primeras personas descargaron su dolor en cuanto nos miraron a los ojos.
Mi mente pasó el día entero disociando.
Me reí con gente cuyo nombre ya no recuerdo. Hablé con personas que jamás imaginé volver a ver. Me sentí arropado por mi familia, pero en ningún momento me derrumbé.
Aquella misma noche durmieron conmigo mis mejores amigos. No querían dejarme solo en una casa que, de repente, parecía demasiado grande y demasiado vacía.
Repetí aquella rutina al día siguiente. Pero, al final, solo quedaron los más cercanos. El momento de despedirse se acercaba. Poco a poco, los presentes comenzaron a abandonar la sala y salir a la calle. Fue entonces cuando uno de mis primos pequeños, al que llevaba muchísimo tiempo sin ver, se acercó para abrazarme.
Acepté aquel pequeño gesto de amor y fue ahí donde me rompí por segunda vez. No pude despedirme de ella, ni siquiera me había atrevido a pasar al otro lado para verla descansar entre la madera.
Me rompí antes de tiempo. Agonicé en llanto mientras mi familia se despedía de mi hermana al otro lado, lejos de esa sala. Los pocos familiares que aún quedaban dentro escucharon el sonido desgarrado que escapaba de mi garganta. Incluso algunos lloraron conmigo. Unas manos comenzaron a posarse sobre mis hombros y mis piernas mientras yo gritaba que no quería que nadie me tocara.
No quería que nadie me tocara pero al mismo tiempo yo no paraba de aferrarme al pequeño cuerpo de mi querido primo. No quería que nadie me consolara y estaba aceptando que él lo hiciera. No quería que nadie intentara arreglar algo que no tenía arreglo.
Poco después, alguien me arrancó con suavidad al niño de entre mis brazos y ocupó su lugar. Un cuerpo más grande. Era más cálido y con un aroma a frutas. Me rodeó con los brazos, me sostuvo la cabeza y me susurró algo al oído para intentar tranquilizarme. No recuerdo qué dijo. Solo recuerdo que seguí llorando un poco más hasta que mi respiración volvió a estabilizarse.
A los pocos minutos salí de allí mudo. Vacío por dentro. Inerte. Me habían escuchado romperme en dos incluso desde fuera de la sala. La gente me tocaba, me acariciaba o me besaba otra vez, pero yo ya no reaccionaba. Caminaba con el rostro desencajado, ausente. Mi mirada permanecía fija en algún punto que ni siquiera existía.
Una de mis primas, la misma que me había abrazado allí dentro, me sujetó del brazo al darse cuenta de que mi cuerpo se balanceaba ligeramente de un lado a otro, víctima del shock.
Y entonces la vi marcharse tras el llanto de mi madre que se acunaba en los brazos de mi padre.
𝐕𝐢 𝐜𝐨́𝐦𝐨 𝐬𝐞 𝐥𝐥𝐞𝐯𝐚𝐛𝐚𝐧 𝐚 𝐦𝐢 𝐡𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧𝐚.
/ 𝐸𝑛 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒.
𝐺𝑟𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑝𝑜𝑟 𝘩𝑎𝑏𝑒𝑟𝑚𝑒 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑖𝑑𝑜 𝑎𝑢𝑛𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑒 𝑙𝑜 𝘩𝑎𝑦𝑎 𝑝𝑢𝑒𝑠𝑡𝑜 𝑑𝑖𝑓𝜄́𝑐𝑖𝑙 𝑒𝑛 𝑖𝑛𝑛𝑢𝑚𝑒𝑟𝑎𝑏𝑙𝑒𝑠 𝑜𝑐𝑎𝑠𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠. 𝑇𝑒 𝑒𝑐𝘩𝑜/𝑒𝑐𝘩𝑎𝑟𝑒́ 𝑑𝑒 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠. 𝐴𝑢𝑛𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑎𝑑𝑎 𝑑𝜄́𝑎 𝑠𝑜𝑦 𝑚𝑎́𝑠 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝑎𝑢𝑠𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎, 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒𝑝𝑎𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑡𝑟𝑎𝑛𝑞𝑢𝑖𝑙𝑜. 𝐸𝑠𝑡𝑎𝑚𝑜𝑠 𝑏𝑖𝑒𝑛, 𝑠𝑜𝑚𝑜𝑠 𝑓𝑢𝑒𝑟𝑡𝑒𝑠 𝑦 𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑢𝑛𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑝𝑙𝑒𝑛𝑎 𝑔𝑟𝑎𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑎 𝑡𝑖, 𝑡𝑢 𝑒𝑠𝑓𝑢𝑒𝑟𝑧𝑜 𝑦 𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒 𝘩𝑎𝑠 𝑏𝑟𝑖𝑛𝑑𝑎𝑑𝑜 𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑓𝑎𝑚𝑖𝑙𝑖𝑎. 𝑁𝑜 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑚𝑎́𝑠 𝑜𝑟𝑔𝑢𝑙𝑙𝑜𝑠𝑎 𝑑𝑒 𝘩𝑎𝑏𝑒𝑟 𝑡𝑒𝑛𝑖𝑑𝑜 𝑢𝑛𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑜𝑛𝑎 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑡𝑢́ 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒. 𝑁𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑜𝑠 𝑠𝑒 𝘩𝑎𝑛 𝑠𝑒𝑝𝑎𝑟𝑎𝑑𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑡𝑒 𝘩𝑎𝑠 𝑖𝑑𝑜 𝑓𝑒𝑙𝑖𝑧 𝑦 𝑒𝑠𝑜 𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑒 𝑞𝑢𝑒𝑑𝑜. 𝑇𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎𝑟𝑒́ 𝑒𝑛 𝑚𝑖 𝑐𝑜𝑟𝑎𝑧𝑜́𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑙𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎.