𝗥𝗘𝗦𝗧𝗦 𝗢𝗙 𝗠𝗘.
"𝑂𝑛𝑒 𝑚𝑢𝑠𝑡 𝑠𝑡𝑖𝑙𝑙 ℎ𝑎𝑣𝑒 𝑐ℎ𝑎𝑜𝑠 𝑖𝑛 𝑜𝑛𝑒𝑠𝑒𝑙𝑓 𝑡𝑜 𝑔𝑖𝑣𝑒 𝑏𝑖𝑟𝑡ℎ 𝑡𝑜 𝑎 𝑑𝑎𝑛𝑐𝑖𝑛𝑔 𝑠𝑡𝑎𝑟." — 𝗡𝗶𝗲𝘁𝘇𝘀𝗰𝗵𝗲.
Cuando tocas fondo, el mundo se estrecha hasta parecer un túnel sin salida. Cuesta aferrarse a cualquier resquicio de luz, pero no es imposible. Nadie puede sacarte de ahí si tú no das el primer paso. Lo aprendí a golpes, casi a empujones. Yo, que siempre he tenido la extraña costumbre de revolcarme en mi propio dolor, de abrirme heridas nuevas mientras las viejas aún supuran… incluso yo, en mi momento más hundido, sentí un impulso irracional por emerger de un día para otro. Hay algo adictivo en ese borde de desesperanza. Cuando logras cruzarlo, aunque sea tambaleando, la victoria sabe a aire limpio. Los colores regresan, tímidos pero firmes. Las cosas que dabas por perdidas reaparecen en el mismo lugar donde las dejaste, esperándote. Y, casi sin darte cuenta, descubres versiones inéditas de ti mismo, como si una vida nueva se desdoblara dentro de la antigua.
Así me ocurrió el día en que firmé los papeles que traspasaron la mansión a mi nombre. Aquella construcción, enorme y agrietada, llevaba tanto tiempo siendo un estorbo que mis padres apenas la mencionaban. Para ellos era un gasto inútil. Para mí, en cambio, era una especie de reflejo. Ambos estábamos deteriorados, pero no éramos casos perdidos. Decidí quedármela. Decidí quedarme conmigo. Y mientras los obreros avanzaban por los pasillos desgastados, yo también empezaba a reconstruirme.No sabría decir cuánta gente contraté para la reforma. En medio del caos, las únicas mentes pensantes eran Ruby, Bella y Perséfone, que se erigieron como mis consejeras estéticas. Ellas entendían de colores, texturas y combinaciones imposibles, así que les cedí ese poder. Solo puse tres condiciones: una nevera donde pudiera colocar mis imanes, una biblioteca personal y un refugio donde tocar la guitarra hasta que las manos me ardieran.
Empezar de cero tiene algo de vértigo y algo de magia. Deshaces lo que ya no encaja, rehaces lo que merece permanecer y al final lo moldeas a tu medida. Yo adoraba la elegancia inglesa, esos tonos sobrios que huelen a madera vieja, pero también necesitaba pequeñas pinceladas marinas que me recordaran que el océano, aunque lejano, siempre sería parte de mí. La mezcla era rara, sí, pero no más que yo.
Nos deshicimos de meses de polvo y abandono. Rescatamos la piscina, resucitamos el garaje que parecía un refugio postapocalíptico y reorganizamos los jardines hasta darles un aire que, sin saber cómo, empezaba a parecer hogar. Fueron días de agotamiento, de manos sucias y decisiones improvisadas, en los que la clínica quedó en manos de Baldur. Menos mal. Él decía a los pacientes que me había tomado unas vacaciones. Ojalá hubiese sido cierto. A veces, en videollamadas con Finn y Szöke , comparábamos el caos de nuestras respectivas obras. Entre risas y quejas, yo juraría que los obreros nos estaban tomando el pelo a los tres.
Luego llegaron las entrevistas. Sabía que solo no podría con la magnitud de la casa, así que abrí las puertas a un desfile de candidatos peculiares, cada uno con su rareza a cuestas. Holden me proporcionó algún que otro contacto. Mi lado analítico me salvó más de una vez. Bastaba una pregunta bien lanzada para descubrir qué escondía cada aspirante. Al final, reuní un equipo que permanecería junto a mí durante años: Edwin de Bermondsey como mayordomo, Matilda Gate como ama de llaves, Alice Hering al mando de la cocina, Hugh FitzRenaud como ayuda personal, Emma of Cheapside como doncella, Walter Brook para los jardines y Emmett Larkin como chófer.
Cuando los tuve a todos frente a mí, dispuestos a comenzar aquella nueva etapa, sentí algo parecido a un chispazo. Como si la casa, por primera vez en años, respirara. Como si yo también lo hiciera. Y aunque no lo sabía entonces, esa mansión estaba a punto de revelarme que las reformas, por grandes que sean, son capaces de construir algo nuevo y mejor que lo anterior.
Lo descubrí poco después, cuando mi agenda empezó a transformarse en un auténtico campo de batalla. Ya no se trataba solo de gestionar la clínica y estar pendiente de cada paciente, sino de acudir a las reuniones con mi padre —que últimamente parecían multiplicarse sin aviso—, asistir a los eventos oficiales en los que debía presentarme como parte de la realeza y, por si fuera poco, atender a otros tantos compromisos extraoficiales que nadie mencionaba pero todos daban por hechos. Mi vida se había convertido en un calendario interminable, un laberinto de citas que se encadenaban sin respiro uno tras otro. Tenía tantos proyectos a la vez que, cada vez que miraba mi escritorio, sentía una mezcla extraña de agobio y excitación. Los papeles se amontonaban como si quisieran devorarme, cada uno reclamando una decisión, una firma o una hora de mi tiempo. ¿Era sano volverse adicto al trabajo? Evidentemente no. Pero había algo en aquella vorágine que me mantenía despierto, alerta, casi… vivo.
Quizá por eso volví a fijarme en el rugby. Desde que terminé la universidad no había vuelto a pisar un campo, y sin embargo, en cuanto empecé a informarme sobre equipos locales, algo en mi pecho vibró de nuevo. Recordaba el barro en las botas, los golpes que dejaban moretones orgullosos, el rugido colectivo antes de cada jugada. Me hacía falta volver a eso. Al cansancio real, al sudor que limpia la mente mejor que cualquier terapia improvisada. Quería recuperar ese lugar donde solo importaban la velocidad, la fuerza y la respiración acompasada con los demás. Lo cierto es que, mientras revisaba correos y firmaba documentos como si mi vida dependiera de ello, una parte de mí ya estaba corriendo por el campo, sintiendo de nuevo el peso del balón entre las manos. Y aunque aún no era consciente del todo, aquel impulso por regresar al deporte iba a cambiar muchas más cosas de las que imaginaba.
Lo supe de golpe, una noche cualquiera, cuando cerré la carpeta de expedientes y me descubrí mirando mi propio reflejo en el cristal del despacho. Traje impecable, gesto impostado, la versión correcta de mí mismo que todos esperaban ver. Y, sin embargo, bajo esa apariencia pulida empezaba a formarse algo distinto. Un cosquilleo en el estómago, una chispa que llevaba tiempo apagada. Puede que el rugby despertara mi cuerpo, pero fue otra cosa la que despertó al hombre que había debajo.
Todo comenzó cuando Damián volvió a aparecer en mi vida como un torbellino de ideas imprudentes y sonrisas peligrosas. Él nunca ha sido el tipo de persona que se conforma con lo que le dan, y siempre ha tenido una habilidad innata para arrastrarme hacia lo inesperado. Lo que empezó siendo una invitación a “𝘥𝘦𝘴𝘱𝘦𝘫𝘢𝘳 𝘭𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦” terminó convirtiéndose en algo que ninguno de los dos había planeado… o tal vez él sí. Con Damián es difícil saberlo.
Porque mientras el mundo me veía como un príncipe bajo el ala del Rey, por las noches empezamos a movernos por un sendero muy diferente. Un sendero que, sorprendentemente, me hacía sentir vivo de una forma que ni el trabajo, ni la clínica, ni los compromisos reales habían conseguido en años. Lejos de las cámaras y de la mirada de mi padre, descubrí que era capaz de mucho más que diagnosticar pacientes o estrechar manos en banquetes interminables. Damián lo llamaba libertad. Yo aún no sé qué nombre ponerle. Mi lado coherente y racional lo diagnosticaría como delincuencia.

















