Ruta #1- “Costa Peruana”
¡Devuélveme a mis amigos! - Canta, Obrajillo. (Lima)
Salimos muy temprano de casa, entusiasmados por las expectativas de este nuevo viaje. Habíamos analizado múltiples opciones, pero elegimos la ciudad de Canta - Obrajillo como primer destino; porque era cerca, porque era bonito y sobre todo barato.
Fuimos en auto propio, por lo que nos tardamos unas 3 horas en llegar a Canta, y posteriormente a Obrajillo, partiendo desde la Av. Túpac Amaru en Carabayllo y continuando por la Carretera 20A que nos llevaba a la misma ciudad.
Llegamos a Obrajillo y un ambiente de misterio y sigilo se hacía sentir en cada rincón del pueblo. Muy poca gente vivía allí, según los pobladores muchas personas habían huido hacia Lima, porque ya no soportaban las múltiples manifestaciones paranormales que cada noche atormentaban aquella pequeña ciudad.
Hasta ese momento mis amigos y yo tomábamos las cosas con humor y escepticismo, pues estábamos al tanto de todo lo que se dice de Canta sin embargo esos cuentos para nosotros eran parte de un chiste mal contado, de esas historias que entre broma y broma nos contábamos mientras bebíamos licor.
Ya iba a caer la noche, mis amigos pensaban alquilar un hospedaje pero para poner más emocionante la cosa propuse adentrarnos en el bosque y buscar un sitio donde acampar.
-¡Pero ya es muy tarde y no hay luz en el bosque! -Dijo Micaela-, una de mis amigas.
-Sí, pero, ¿tenemos linternas no? ¡Vamos chicos! ¿O le tienen miedo a los fantasmas? Jaja. -le respondí con tono gracioso e incrédulo-.
Yo era una especie de líder en mi grupo, por lo que al final todos accedieron a seguirme. Sin imaginar las terribles experiencias que viviríamos esa noche y que con miedo y ganas de llorar les voy a contar a continuación.
Todo el mundo nos había advertido sobre los secretos de Canta. Sobre los duendes, las sirenas y otras criaturas fantásticas, sin embargo nosotros decidimos por retar a lo desconocido y adentrarnos en aquél bosque maldito.
Terminamos de armar nuestras cosas, eran aproximadamente las 10 de la noche y empezó a hacer frío por lo cual hicimos una pequeña fogata entre los 4 amigos que nos encotrábamos allí presentes.
Todo iba relajado y tranquilo, el silencio y la quietud del lugar eran increíbles; parecía que nada podía perturbar la tranquilidad que sentíamos en ese instante. Reímos mucho y nos tomamos una selfie para variar en medio de la fogata.
Como toda muchacha pendiente de su apariencia, Micaela le dijo a Luis que le mostrara la foto para ver cómo salía, tomó la cámara y al mirar la imagen dio un grito estrepitoso que acabó con toda la tranquilidad del lugar.
-¡Vamos a morir! -Exclamó con miedo y desesperación.-
-¡Miren la foto! ¡Vamos a morir!-
Con lágrimas en los ojos nos acercó la cámara, nosotros pensábamos que nos estaba bromeando pero al mirar la imagen supimos al instante el horror que había sentido la pobre Micaela y que ahora había invadido a todo el grupo. ¡Estábamos todos muertos!
En la foto todos aparecíamos con signos de haber sido asesinados de una manera sádica y horrible.
Luis había sido decapitado, Pepe estaba tirado boca abajo y todo el cuerpo de Micaela estaba destruido por heridas en su piel que parecían rasguños o puñaladas. -¡Maldición!, exclamé-
Extrañamente yo no aparecía en la foto, pero me percaté de un detalle.
En aquella imagen también aparecía una mujer desconocida, vestida de negro y observándonos de una manera fija.
Inmediatamente apagué la cámara y una carcajada infernal se oyó en todo el bosque.
-¡Corran!- grité.
El camino hacia el pueblo parecía de nunca acabar, y sentimos claramente cómo nos perseguían, aún no sabíamos qué pero ya estábamos muertos de miedo y sabíamos que si no hacíamos algo, cosas malas iban a suceder con nosotros. Corrimos lo más que pudimos, entonces empezó a pasa lo verdaderamente terrible.
Primero fue Luis el que desapareció, regresamos por él pero no estaba en ningún sitio, entonces decidimos seguir con nuestro camino y prometimos volver al amanecer.
Los gritos cada vez eran más fuertes y no lo podía soportar, entonces le tocó a Micaela, que también desapareció entre la oscuridad del bosque.
-¡Es la viuda negra!- gritó Juan- . el único amigo que me quedaba.
-¡Corre todo lo que puedas! -Le dije-, y seguimos nuestro camino.
Estábamos ya casi cerca al pueblo y al voltear para ver donde estaba Juan me dí con la horrible sorpresa de que tampoco estaba, a lo que atiné a tiritar de la desesperación.
-¡No puede ser maldita seaaa!- grité a la nada-.
Llegué al pueblo llorando aproximadamente a las 4:30 de la mañana, estaba desorientado, no tenía noción del tiempo. Sólo me acuerdo que empecé a tocar puertas como loco para conseguir ayuda, pero no obtuve una respuesta. Fui a la plaza de Obrajillo, y estaba totalmente vacía, a excepción de una extraña ancianita que estaba sentada en un rincón cerca a la pileta frente al cementerio.
-¿Qué pasó joven?- me preguntó-
-¡Ssse-se-se han muerto mis amigos señora! ¡Allá adentro en el bosque! -le dije estupefacto-
-¡Ay Joven! ¡¿Por qué se mete en cosas que no sabe?! ¡Ese bosque está maldito!-me rezondró-, y me contó la historia de cómo había perdido a sus hijos casi igual de la misma forma que yo.
-Se los lleva la viuda para el cerro y ya nunca más los trae. Todas las noches me siento aquí en la placita a rezarle, a ver si algún día me devuelve a mis wawitas -dijo la anciana con tristeza y resignación-.
-¿Ahora qué voy a hacer?-pensé- entonces, decidí volver a la mañana siguiente a buscarlos sin encontrar rastro de ellos ni del lugar donde habíamos estado.
En el pueblo me dijeron que La Viuda de Negro sólo se lleva a aquellas personas que no estaban bautizadas como la ley de Dios manda, y mis amigos efectivamente no estaban bautizados, por eso yo no salía en la foto, por eso La Viuda no me llevó a mí, porque mi familia es católica y desde pequeño fui criado en un hogar cristiano, aunque luego de que falleció mi madre decidí apartarme y volverme un incrédulo de la religión.
Ahora sé que existe el bien y el mal. Ahora sé que existe Dios.
Ahora lo sé, después de tanto tiempo, con lágrimas en los ojos y en el cuarto vacío de un hospital psiquiátrico.
¡Canta, devuélveme a mis amigos!















