ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤhierro: los niños no saben lo
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤque hacen, ni siquiera saben
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤque realmente pueden herir los
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤsentimientos de otra personas.
Manhattan, New York.
Septiembre 14, 2009.
Era difícil mantener las apariencias todo el tiempo, incluso más cuando todos los ojos estaban puestos sobre ella a la espera de que cometiera el menor error para mofarse de este. Si algo tenía claro ya en su tercer año de secundaria era que no sólo tenía que ser perfecta para mantener una reputación en los pasillos de Spence, sino que además debía resguardar el honor de su familia que Margueritte había dejado tan en alto durante su estancia en el colegio. Sentía la presión sobre sus hombros, sentía las miradas de puñal tras su espalda de aquellos que esperaban verla fracasar, sentía el abrumador temor de no ser capaz de hacer justicia a los estándares, y todo resultaba ir sumando más a sus desórdenes alimenticio y mental. La ansiedad la mataba desde dentro, carcomiéndola lentamente hasta provocar que cada pequeña cosa pusiera de punta sus nervios. Odiaba ser ella algunas veces, odiaba no ser como sus perfectos hermanos o como su madre; se sentía un completo desastre casi a diario, lo cual la mataba despacio y de manera silenciosa iba aniquilando la luz que con duras penas brillaba todavía dentro de ella. Aunque las clases habían empezado tan solo dos semanas atrás, la conminación por no perder la compostura ardía con la fuerza de mil incendios en su pecho; desde que había escuchado a un grupo de chicas murmurar en los pasillos su “evidente” aumento de peso durante el verano, Cassia había adoptado la nueva pericia de no comer en lo absoluto y de forzarse a devolver los alimentos que difícilmente ingería. Con el paso de los días, la chica adquirió práctica para escabullirse a los baños del instituto cada tanto después del almuerzo, colocarse sus dos dedos en el fondo de la garganta y de ese modo expulsar todo lo que previamente había consumido antes de dirigirse a su siguiente clase. Había días en que dicho accionar le resultaba más complicados que otros, pues en dos o tres ocasiones había sido arduo poder detener las arcadas que le rasgaban la garganta como si se tratase de navajas. Casi siempre terminaba temblorosa y con una capa fina de sudor frío que le perlaba la frente y el labio superior, motivo por el cual al ponerse de pie se mareaba y no lograba caminar con apresuro para llegar al salón a tiempo.
Aquel día, justamente, había sido una de esas veces. El timbre en el corredor había soñado aproximadamente cinco minutos atrás, pero sin importar lo que intentara, no conseguía detenerse. Con la cara hundida en el retrete y los mechones de cabello resbalando del moño que tan torpemente había alcanzado a hacerse minutos antes, comenzó a sollozar desconsolada. Aunque intentaba forzarse a ser fuerte repitiéndose que todo aquel trajín era necesario, no fue capaz de retener las lágrimas pesadas que rodaban por sus mejillas como si le quemasen la piel. Le costaba respirar y se sentía acalorada en la parte trasera del cuello, pero el resto de su cuerpo temblaba desecho en el helado suelo de mármol debido al repentino bajón en su presión. A como pudo, la castaña se apartó del inodoro limpiándose con el dorso de la mano la comisura para secarse y recargó la espalda contra la pared del cubículo en el que se había refugiado. Con cuidado subió las piernas, flexionándolas para así poder abrazarse y descansar la frente en sus rodillas una vez el llanto cesó paulatinamente. El labio inferior le temblaba producto del desconsuelo y los ojos, cuyas pestañas estaban empapadas, le ardían como el diablo. Un gemido se le escapaba cada tanto entre dientes, los cuales apretaba también con fuerza como si aquello fuese a ayudar de alguna manera, y yació sentada en el piso del baño durante lo que ella sintió fueron años.
Aunque estaba cansada y habría dado todo por permanecer más tiempo de aquella forma, Cassia tuvo que contener sus lamentos en cuanto escuchó la puerta del lugar abrirse, dando paso a un par de pies que se adentraron al lugar. De un sobresalto pudo incorporarse justo para evitar que quien fuera que hubiese entrado la descubriera rendida a través del espacio abierto que había de la puerta del cubículo y el suelo; su acompañante se mantuvo quieta, hasta que con pasos sospechosamente lentos comenzó a acercarse a los dos servicios que estaban anteriores al suyo. Una vez más la muchacha se detuvo, esta vez frente a su puerta; a través de la ranura del costado deslizó un trozo de papel que con ligereza cayó a la superficie marmoleada y rió presuntuosamente antes de apartarse otra vez para salir de los servicios sanitarios. No fue hasta que oyó la puerta de la entrada cerrarse de golpe que Cassia se movió, inclinándose hacia el frente para recoger la nota. El papel, evidentemente rasgado de algún cuaderno, tenía garabateadas un par de palabras llanas y directas:
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤㅤ¡Maldita bulímica! Arderás
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ en el infierno junto a tu loca madre.
Leer aquello la dejó por completo anonadada pues no alcanzaba a descifrar cómo alguien en primer lugar se habría enterado de su trastorno, o de la razón por la que su madre había fallecido tan solo seis años atrás. Su primer instinto fue experimentar asco, que fue sucedido por desolación y más tarde la vergüenza al sentir que estaba defraudando a su familia, pero más importante, a su difunta madre. Sus ojos se cristalizaron más pronto que luego, impidiéndole ver con claridad las palabras que no dejaba de releer masoquistamente. Jamás en su vida, ni siquiera en los primeros años en Nueva York cuando le era difícil hablar inglés propio, se había sentido tan mal y tan sola. Jamás había experimentado una humillación igual a aquella, lo suficientemente potente como para hacerla desear desaparecer de la faz mundial al menos por aquel día.