ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤhierro: mabel se hallaba de nuevo en
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤla ventana. la nieve caía con más
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤabundancia, más deprisa ( . . . )
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤcada uno envuelto en su propia luz
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤmientras la nieve caía como un
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤvelo entre ellos.
Manhattan, New York.
Diciembre, 2000.
Las escasas luces del día habían conseguido hacerse paso hasta el interior de la habitación, indicando de esta forma el inminente amanecer y comienzo de la jornada. Los sábados solían ser bastante tranquilos en el hogar de los Bergqvist, por lo que al menos la planta superior permanecía siempre en silencio a la espera de que los residentes salieran de sus camas y bajasen a desayunar casi como si estuvieran cronometrados. Cassia saltó de la cama igual que cada vez, dejando que sus pies tocaran la suave alfombra que tenía al costado junto a sus zapatillas, y luego avanzó torpemente hasta la ventana todavía adormilada mientras se frotaba el ojo con su puño para desperarse. Una vez conseguido el cometido, la castaña tomó entre sus manos los bordes de las cortinas y con un rápido movimiento logró empujarlas hacia lados opuestos en la perfecta acción para dejar toda la luz entrar y encandilarla brevemente mientras se acostumbraba a la claridad matutina. Con los ojos entrecerrados y parpadeando aún constantemente en un intento por divisar lo que había al otro lado de su ventana, poco demoró la niña en llevarse la grata sorpresa de que incluso a aquellas horas y con un poco de sol en el cielo, de este caían gruesos copos de nieve que se acumulaban en el borde del balcón.
Jadeó ante la incontenible emoción y sin preocuparse por colocarse las pantuflas, salió corriendo con pies descalzos hasta el dormitorio de sus padres, ubicado al fondo del largo pasillo. No se molestó en llamar a la puerta sino que simplemente se limitó a empujar la misma con ambas manos y se coló al interior del dormitorio, el cual todavía se encontraba a oscuras mientras que sus padres descansaban sumidos en el séptimo sueño. No obstante, eso no la detuvo para saltar justo al espacio medio entre ambos cuerpos y comenzó a rebotar en el esponjoso colchón de rodillas en busca de intentar llamar la atención de Mikael y Leilani.
—¡Está nevando! ¡Está nevando! —repetía en tono agudo, zarandeando ahora el hombro de su madre. —Mami, mami, me prometiste que saldríamos a jugar.
Un quejido fue todo lo que la mujer emitió, el cual fue subseguido por la risa pesada de su padre, quien ya se había dado la vuelta para sujetar a su hija justo antes de que cayera sobre el cuerpo de su esposa semi-dormida. Tras ayudar a la pequeña a enderezarse y aligerar su euforia, Mikael le acomodó los alborotados mechones de cabello antes de acercarse a dejarle un beso en la frente.
—Saldremos a jugar, Cassie. ¿Qué tal si vas a despertar a tus hermanos para que se preparen también?
La niña asintió y con aún más entusiasmo se dispuso a cumplir con el cometido. Ayudada por su padre una vez más, consiguió bajar de la cama sin dificultad y luego de acomodarse su blusa de pijama, guió sus pasos fuera de la habitación de sus padres hacia el corredor y avanzó con más cordura ahora hasta la primera puerta a su derecha: la de Diederik. Sin llamar una vez más, Cassia empujó la misma para poder abrirse paso hasta el interior y caminó de puntillas hasta donde su hermano mayor aún dormía plácidamente; acercó su rostro al ajeno conteniendo la respiración para no alertarlo de su presencia, y justo cuando estaba por gritar para asustarlo el ojiazul se le adelantó al soltar un gruñido a la vez que se enderezaba sobre la cama, asustando así a la pequeña, quien soltó un agudo alarido ensordecedor que obligó a Diederik a cubrirse los oídos. A pesar de que su primer instinto fue salir corriendo fuera del sitio, los brazos del muchacho le impidieron moverse cuando la envolvió con fuerza entre estos tal como acostumbraba cada vez que la atrapaba en sus inocentes travesuras y las risas de ambos retumbaron entre las cuatro paredes mientras Cassia forcejeaba con el ojiazul para liberarse.
—¡Derik, no es justo! Déjame ir —se quejó, aunque acabó por rendirse.
—¿No es justo? Lo dice la que se escabulló en MI cuarto para asustarme —enfatizó Diederik liberando a Cassia de su agarre, no sin antes revolverle el cabello.
—¡Ay! —protestó, arrugando ahora el ceño y haciendo un puchero. —Sí, pero yo tengo derecho por ser menor.
Sin mirar atrás, Cassia abandonó a su hermano luego de sacarle la lengua en un gesto bastante infantil y procedió a visitar con mayor delicadeza a su hermana. Para sorpresa suya, Margueritte ya se encontraba en pie y en proceso de terminar de vestirse para salir, lo cual no le robó tiempo para dirigirse a su cuarto y hacer lo mismo. Sobre su pijama, la castaña se puso un abrigo lo suficientemente grueso para mantenerla caliente y optó por usar calcetines que le llegaban hasta las rodillas con las botas de felpa que había adquirido en su primer visita al centro comercial luego de la exhaustiva mudanza que incluso todavía parecía no acabar. Cuando acabó de alistarse bajó por la escalera de dos en dos bastante apresurada y al llegar a la última grada, su padre la recibió con brazos abiertos para que saltara como acostumbraban a hacer. Su madre, quien también se encontraba abajo ya, rebuscaba con una sonrisa entre los discos de acetato que guardaban hasta dar con uno navideño. Lo acomodó bajo la aguja y segundos después Let It Snow inundó la estancia, lo cual provocó que Leilani comenzara a balancearse en un baile bastante hilarante que Mikael siguió con pasos igual de torpes pero divertidos. Leilani estiró la mano hacia su esposo, quien la tomó de inmediato y tiró de ella para acercarla a él para así poder bailar sujetándola de la cintura.
—¡El que llega de último es un huevo podrido! —vociferó Diederik, quien ya bajaba por las escaleras corriendo con Margueritte pisándole los talones.
Ante el reto, Cassia aprovechó su considerable ventaja y corrió en dirección a las puertas francesas de cristal para abrirlas y salir hacia el patio trasero. Estaba a punto de alcanzar el centro del mismo cuando sintió que alguien tiraba de ella y la elevaba en el aire; Margueritte la había alcanzado de alguna manera y ahora le impedía seguir corriendo. Aunque braceaba en busca de su liberación las carcajadas le impedían concentrarse lo suficiente para lograrlo, situación que se agravó más cuando Diederik las alcanzó con una velocidad imparable las sujetó a ambas entre sus brazos y provocó que los tres cayeran de bruces en la capa de nieve helada. Debido a que había quedado encima de sus hermanos, fue ella la primera en levantarse trastabillando y con sus manos agarró un puñado de nieve que intentó convertir en una bola antes de lanzarla hacia los chicos, quienes todavía se arrastraban en un vano intento por ponerse en pie. La revancha no tardó en llegar, pues Margueritte había tomado también un puñado de nieve en su mano y la lanzó justo hacia el cabello de la niña, quien chilló debido al frío impacto del hielo contra su cuello. La guerra que habían desencadenado no tardó en ponerse más interesante cuando sus padres corrieron hacia ellos para unírseles en el lanzamiento de nieve donde todos estaban en contra de todos por mera diversión. La familiaridad de aquella mañana los hizo sentir como si estuviesen en casa, efecto que no habían experimentado hasta ese momento desde que habían dejado Suecia hacía unos meses atrás. Sin darse cuenta y sin intenciones de hacerlo, los Bergqvist habían creado su primer recuerdo en su nuevo hogar, el cual atesorarían por el resto de sus vidas.