Saint-Calvaire – Crónica de un hambre lenta
(Primera parte – El primer chico y la llegada de Dimitri)
1. El deseo antes del primer día
Cuando me contrataron como profesor de Literatura en el Instituto Saint-Calvaire, ya sabía lo que era.
Una escuela privada de élite en la sierra de Madrid, chicos ricos y becados, incomunicación total con el exterior, y un “programa de excelencia” que nadie cuestionaba porque las familias pagaban millones.
Lo que nadie decía en voz alta era que los profesores teníamos carta blanca para seleccionar, copiar y… consumir.
Literalmente.
El primer día de septiembre de 2023 entré al aula 3-B y lo vi.
Se llamaba Hugo.
19 años, pelo castaño claro, ojos verdes, piernas largas de corredor, pies 43 que siempre llevaba con calcetines blancos tobilleros dentro de unas Vans Old Skool negras.
Desde el primer segundo supe que sería el primero.
Durante tres semanas lo devoré con la mirada.
• Cuando cruzaba las piernas en clase y el calcetín se arrugaba en el tobillo.
• Cuando después de Educación Física entraba al aula con los Vans mojados de sudor y el olor subía hasta mi mesa.
• Cuando dormía en la sala común y yo, con la llave maestra que me dieron los colaboradores, entraba de noche.
Los colaboradores eran cinco alumnos mayores (Dani, Iván, Marco, Sergio y Álex) que llevaban años dentro y sabían el juego.
Cada noche, a las 2:14 exactamente, uno de ellos echaba tres gotas de midazolam en la botella de agua de Hugo.
Yo entraba, me arrodillaba junto a su cama, le quitaba despacio las Vans y hundía la cara en sus calcetines húmedos.
Olor a sudor adolescente puro, cuero caliente, jabón de ducha barato.
Los lamía despacio, chupaba el dedo gordo a través del algodón, a veces me corría en silencio dentro del pantalón solo con olerlo.
Una noche le quité el calcetín derecho y me lo guardé en el bolsillo. Aún lo conservo.
2. La copia y la zona secreta
El 27 de septiembre llegó la orden: “Hugo seleccionado”.
Esa noche los colaboradores lo llevaron al laboratorio subterráneo.
En menos de ocho horas tenían una copia perfecta: mismo olor, misma voz, mismos recuerdos hasta el día anterior.
El Hugo real fue trasladado al Aula Gourmet 2.
Yo estuve presente cuando despertó atado a la camilla.
Sus ojos verdes llenos de pánico al ver la sierra circular.
Le quité las Vans por última vez.
—Siempre supe que acabarías dentro de mí, Hugo.
Le lamí los pies una hora entera mientras los colaboradores filmaban.
Luego lo desangramos despacio.
Su carne fue el mejor filete que he probado nunca.
Sus pies los asé enteros y me los comí en tres días.
Todavía cuelgan sus Vans en la pared del aula 3-B, junto a la polaroid de sus plantas.










